Martes, 17 de septiembre de 2019

Carta a Carola Rackete

Querida capitana:

Tendría que felicitarla porque el Gobierno italiano hubiera decidido distinguirla con la medalla de oro al mérito en el trabajo, pero el Gobierno italiano, como la mayoría de los gobiernos, actuaciones como la suya las castiga; a los gobernantes les molesta que los ciudadanos sean más resolutivos que ellos.

Supimos de su existencia el pasado mes de junio cuando el barco Sea Watch 3 que usted capitaneaba rescató a unos 50 emigrantes que iban a la deriva en alta mar frente a las costas de Libia e intentó llevarlos a un puerto seguro en Italia. El Gobierno italiano, con el ministro del Interior Matteo Salvini al frente, le denegó el acceso, pero después de dos semanas de espera y ante la gravedad de la situación decidió atracar sin permiso en la isla de Lampedusa en la madrugada del 29 de junio.

La reacción de las autoridades italianas no se hizo esperar. Inmediatamente fue detenida y acusada de los delitos de resistencia y violencia contra un buque de guerra porque durante la maniobra de atraque chocó contra una patrullera de la Guardia de Finanza que intentó frenarla. Estos delitos pueden conllevar penas de entre tres y diez años de prisión .

No es la primera vez que alguien tiene problemas con los tribunales por estas razones. Parece que los gobiernos, en lugar de resolver el problema de la inmigración acabando con las guerras, el hambre y la extrema pobreza que son las principales razones por las que estas personas se ven obligadas a dejar sus países, quieren resolverlo acabando con ellas, y ponen trabas a las ONG que con tanto esfuerzo y tan pocos medios les ayudan, y vigilan fronteras, y levantan vallas metálicas cuajadas de cuchillas de acero, que no consiguen reducir el flujo de inmigrantes pero sí y contribuyen a que el número de hombres, mujeres y niños sepultados en el mar aumente. La cifra de los que han quedado sepultados en el Mediterráneo en lo que va de año da frío pese a los días de calor que tenemos y que ellos aprovechan para huir mientras que nosotros los aprovechamos para disfrutar de sus playas: más de seiscientas personas y no serán las últimas.

Si usted hubiera abandonado a estas personas a su suerte, mejor dicho, a su desgracia, no habría tenido ningún problema, pero optó por desafiar al ministro Salvini y se metió en el lío. Por esto hoy quiero felicitarla. Salvar vidas, digan lo que digan las leyes, no es un delito, el delito es ponerlas en peligro. Y también darle las gracias por haber tenido el arrojo de cumplir con un deber que muchos tenemos y sólo lo ejercen unos cuantos.

 Usted misma lo explicó en un periódico italiano que quiso saber por qué había tomado esta decisión que sólo podía traerle problemas. "Mi vida ha sido fácil, —dijo—, he podido frecuentar tres universidades, me gradué con 23 años. Soy blanca, alemana, nacida en un país rico y con el pasaporte correcto. Cuando me di cuenta sentí la obligación moral de ayudar a quien no tenía las mismas oportunidades que yo".

 En efecto, capitana, los que tenemos otras oportunidades tenemos la obligación moral de gritar por ellos, de exigir sus derechos, de luchar por sus anhelos, sobre todo porque los gobernantes, hasta que no demuestren lo contrario y de momento no parece que tengan intención de hacerlo, sólo quieren a los pueblos hasta que empiezan a gobernarlos, y los que hoy necesitan nuestra ayuda, puede que mañana tengan que ayudarnos a nosotros.      

Para terminar, desearle suerte. De momento los apoyos recibidos han conseguido que el 2 de julio fuera puesta en libertad  por la juez Alessandra Vala. Según la juez usted estaba cumpliendo “un deber”, y “el deber de socorro no termina en el mero embarque a bordo de náufragos, sino en su conducción a un puerto seguro”. ¡Menos mal que todavía quedan personas con las que podemos contar para defendernos de otras!