Martes, 17 de septiembre de 2019

Tormenta sobre el Campo de Gibraltar

Por haber residido en ella, nunca he ocultado mis simpatías hacia la comarca del Campo de Gibraltar. No es fácil opinar sobre el problema que atenaza a esta parte de nuestra geografía sin haberlo vivido de cerca. Terminada la Segunda Guerra Mundial, la famosa verja que nos separa de la colonia inglesa del Peñón se convirtió en otro muro que dividía dos mundos muy distintos. De un lado, una España renqueante, lamiéndose las heridas de nuestra recién terminada guerra civil, envuelta en escaseces, y peleando por sobrevivir sin ninguna clase de ayuda exterior. Del otro lado de la verja, comenzaba a florecer una extraña población amparada -no lo olvidemos- por una de las potencias del bando vencedor en esa GM II. La inicial desigualdad en el grado de bienestar social entre un español y un inglés, en la franja más próxima a la verja -léase La Línea de la Concepción- pronto fue adquiriendo caracteres apabullantes.

Las políticas sociales emprendidas por el régimen político de aquellos años no permitían solucionar los muchos problemas que acuciaban a todas las regiones españolas. No es ningún secreto que las menos desarrolladas -ambas Castillas, Extremadura o Andalucía- también encabezaron la lista de las menos favorecidas a la hora de reforzar la vida rural con nuevas industrias. En el caso particular del Campo de Gibraltar ya existía una infraestructura nacida durante la Guerra de la Independencia para cubrir las necesidades logísticas del ejército inglés que luchaba contra Napoleón. Terminada la contienda, una modesta flota continuó repartiendo, desde Gibraltar, las materias que llegaban de Inglaterra, y desde Sevilla las que venían de América. Las necesidades de muchos andaluces, y la vista gorda de las autoridades, fueron creando un clima de tolerancia -con lo que ya era simple contrabando-, que ha durado más de cien años. En los años 50 del pasado siglo, la población del Campo de Gibraltar dependía en un alto porcentaje de la economía del Peñón. La mano de obra menos cualificada que absorbía la pujante plaza turística de Gibraltar entraba diariamente desde las poblaciones más próximas. Junto a esta mano de obra -que nunca fue pagada con arreglo al nivel económico de la colonia-, un complemento nada despreciable de los ingresos de todo el Campo de Gibraltar lo constituía el contrabando de tabaco, bebidas y artículos de regalo. La vigilancia aduanera era burlada a diario ideando las más peregrinas artimañas. Si a todo lo anterior se une el boom turístico de la cercana Costa del Sol, entenderemos el incipiente alivio de la zona.

La constante reivindicación del Estado español ante los organismos internacionales provocó no pocas situaciones tensas con el Reino Unido hasta que, en el verano de 1969, el Jefe del Estado español ordenó el cierre de la verja y la interrupción de todas las comunicaciones entre España y el Peñón. Consecuencia inmediata: casi 5000 españoles se quedaron sin trabajo. El intento de paliar la situación con la creación de un Polo de Desarrollo en el Campo de Gibraltar, además de insuficiente, adoleció de la debida continuidad como para acelerar el pretendido desarrollo. Llegó la democracia y prosiguió el contencioso ante la ONU con resoluciones que nunca llegó a aceptar el Reino Unido. Con la habilitad que los caracteriza, los ingleses supieron socavar la firmeza española a cambio de suavizar su postura ante nuestra pretensión de entrar en el Mercado Común Europeo. El acuerdo aduanero logrado con nuestro ingreso en la UE obstaculizó el contrabando con el Peñón y la población con dificultades para llegar a final de mes sustituyó el tráfico de tabaco por el de la droga, mucho más productivo. El auge -y el descaro- que ha experimentado el tráfico de drogas en el Estrecho se ha convertido en un quebradero de cabeza para las FCSE. Son tantas las familias que viven -y muy bien- a costa de la droga que una importante franja de la población entorpece las labores de seguimiento y control de los nuevos “capos”. Ya se ha llegado al enfrentamiento armado entre policía y delincuentes.

Llega ahora la amenaza de un Brexit sin acuerdo y el peligro de un nuevo “cierre de la verja”. Ya son casi 10.000 los españoles que diariamente copan la mano de obra necesaria para a tender a los poco más de 30.000 habitantes de la colonia. La aparente calma que proporcionaron a esa mano de obra los últimos acuerdos entre la UE y Gibraltar, saltó por los aires tras la “gracia” del referéndum aprobado por David Cameron. El espíritu comerciante inglés no está acostumbrado a cumplir cualquier acuerdo que no lleve aparejada una prebenda. Los principios que rigen el espíritu comercial de la UE se supone que auspician, entre otros valores, el de la solidaridad, y el Reino Unido parece que se ha cansado de abrir el monedero. Montaron una campaña de publicidad anti UE basada en la falsificación de datos y cifras, prometiendo, además, un nuevo imperio de Jauja. Cargaron de tal forma las tintas que una escasa mayoría se declaró partidaria de abandonar la UE. Cuando la realidad de los mercados ha demostrado la barbaridad del Brexit, comenzó un tira y afloja entre partidarios y detractores. La fórmula aplicada por los iluminados que siempre han mirado con desdén al continente, consiste en negarse a cumplir las condiciones que establece la UE cuando uno de sus socios desea abandonarla.

El acuerdo alcanzado para ese pretendido abandono formulaba las medidas encaminadas a regular la nueva situación con Gibraltar y todo lo relacionado con las condiciones de vida de los trabajadores foráneos y de los miles de llanitos que tienen su residencia habitual en territorio español. No debemos olvidar que la actual renta per cápita de un “llanito” sobrepasa los 70.000 €, parte de la cual se gasta en establecimientos del Campo de Gibraltar.

Pues bien, no es que ahora se nieguen a cumplir los plazos o regateen las futuras condiciones o el grado de afectación de personas o mercancías. Nada de eso. Sencillamente se niegan al pago de las obligaciones financieras del Reino Unido con la Unión Europea como estado miembro. Cuando Theresa May adelantó a la UE la intención del Reino Unido, ya se le indicó que adquiría la obligación de abonar una cantidad calculada con arreglo a lo establecido. Siguió adelante hasta que comprendió lo equivocado de la medida. Eso le costó el cargo y la llegada del populista Boris Johnson, dispuesto a retomar la bandera del abandono a base de calmar a sus seguidores con la afirmación de no pagar nada y, a ser posible, seguir beneficiándose de las ventajas que disfrutaba hasta hoy. Por si éramos pocos, se ha juntado con su amigo Donald Trump -ese que recorre el mundo preguntado quién quiere pegarse con él- y le ha animado a que mande a paseo a la UE porque le promete la firma de un acuerdo más provechoso con los EE.UU. Comparten los mismos genes. Pura raza inglesa.

Fijémonos en las veces que los ingleses, ante cualquier contencioso, no hayan conseguido llevar al agua a su molino, por las buenas o a la brava. Si se sustancia el Brexit sin acuerdo, lo que conseguirán los ingleses -una vez más- será minimizar los efectos negativos que pudieran recaer sobre sus intereses, cargándoselos en el debe del resto de socios de la UE. Todas las economías se resentirán. Para España, si a las especiales condiciones que afectarán a los trabajadores actualmente colocados en el Peñón, unimos la balanza de nuestro comercio exterior y la gran cantidad de ingleses que sostienen nuestros ingresos por turismo, las consecuencias serán muy negativas y, de nuevo, afectarán primordialmente al Campo de Gibraltar. Tratando con ingleses, si queremos remediar la debacle, el gobierno español tendrá que ponerse el traje de la firmeza y defender nuestros intereses con uñas y dientes.