Martes, 17 de septiembre de 2019

Ser agua

El agua me rocía y me envuelve, saluda cada poro de mi piel y me siento acogida

Me coloco las gafas, bien ajustadas, como una ventosa... Después, las chanclas me acompañan hasta la ducha. El agua, a veces, recorre con frialdad mi cuerpo y lo espabila. Otras, lo acaricia con la temperatura adecuada, caldeada por los rayos insistentes del astro (el Sol siempre se las arregla para acariciarnos). El agua me rocía y me envuelve, saluda cada poro de mi piel y me siento acogida.

Los pasos me llevan a las escaleras, dejo el calzado fuera, en el borde, donde no moleste, y mi pie pisa un escalón, después cede su protagonismo al otro, el agua crece y me va cubriendo con su frescor, y así hasta que decido tumbarme y alargarme. Llego a una pared, cojo aire, y me hago agua impulsándome con los pies en ese límite vertical en el que se recoge todo ese líquido que me recibe y me invita a seguir.

Mis manos se deslizan al frente. Abro los brazos girando las palmas, y de nuevo impulso con las piernas y me estiro… Avanzo… La nariz sale para recuperar oxígeno, los pulmones se llenan de aire que bajo el agua se vuelve burbujas que flotan hasta mi frente, y de nuevo los brazos que se estiran y se abren, las palmas que se giran y traen el agua hasta el pecho, las piernas que se abren lateralmente para darse impulso, el canto de los pies que recoge el agua y se vuelven a juntar… Repetir, repetir, hasta tocar la otra pared. Ir contando uno, uno, uno, a cada brazada. Volver a empezar, en este baile de brazos, palmas, pies, oxígeno, respirar, soltar el aire bajo el agua con sonido y burbujas… Tras la pared, dos, dos, dos,… y así volver al inicio.

De nuevo, azul. Intenso arriba. Azul de cuadraditos abajo, azul brillante arriba y, de pronto, azul profundidades, azul visera, azul mar o con destellos del sol bañándose conmigo, rodeándome; azul manto acogedor, azul húmedo brillante abajo.

Burbujas de aire ante mí, silencio abajo, apenas sonido arriba (quizás media palabra, media risa), aire en la frente arriba, azul difuminado con brillos de sol que acompañan mi viaje, silencio y de nuevo dos sílabas, revoltosas burbujas, sólo se ve un pie en el fondo, una pierna desdibujada, un cuerpo que se desplaza levemente, intentando ser apresurado pero resultando ingrávido. De nuevo pared y vuelta a empezar.

Nada, nada. Nada existe. Me digo Nada… Y sigo nadando. El cuerpo funciona solo, sin órdenes, se convierte en una máquina de hacer, obediente, de seguir esta sucesión de movimientos acompasados, fluye, avanza, gana terreno, velocidad… El cerebro se aparta, la mente vacía de todo se hace independiente, se despega, vuela o se acerca, siente, recuerda, proyecta, piensa, se resetea, nada… La mente nada libre en el pensamiento, crea, sonríe, escribe mil palabras, frases sueltas que se harán burbuja y se amontonarán debajo de mi frente para ascender a la superficie, para volverse aire con el aire, y aunque llegue y toque ya no hay paredes que acotan, ya solo existe un cuerpo que nada, nada, nada existe, me digo Nada… Y cuento hasta treinta, treinta, treinta, y de pronto entiendo lo que es ser agua.