Martes, 17 de septiembre de 2019

Devoran tu silencio, Amazonas

Y cada sonido era más tenue en la bruma. En el centro de aquel vapor adormecido, que era el primer bostezo de la tierra, había silencio. Y toda esa humedad nos empapaba de lo fértil. Estábamos allí, enredados en las faldas de una vegetación que derramaba su sinceridad sobre las hojas, y las hojas tenían el tamaño de los mapas o eran, tal vez, más grandes. Debajo de aquella desmesura, faltaban el sol y el horizonte. Recuerdo las cortezas henchidas de zumbidos, los tallos hirviendo de crisálidas. Recuerdo el sendero, humedad sobre humedad, de un caracol color azul efervescente. Recorríamos la selva amasando las esquinas de un respeto solemne. Los pasos nos iban nerviosos. En la jungla, nos habían explicado, se está siempre en peligro de caminar dando vueltas hasta empezar a alucinar por el exceso de espesura y de no saber por dónde. Pero nosotros íbamos jovencísimos, seguros de comernos el mundo: queríamos conocer el Amazonas, adivinarle los bordes, queríamos ponernos de rodillas, sentir las piedrecillas del primer paraíso enterrándose en la carne y saber así que era de verdad.  

La selva estaba ahí, frente a nosotros, abriéndonos los brazos con un mareo de perfumes y haciendo alarde de libido en su plenitud de bestia sabia. Su vaho amasaba nuestra piel reblandecida y el calor golpeaba, acezante, cada una de las fibras de nuestra cordura: era peligroso. Una vegetación llena de nudos que enredaba nuestros pasos y amordazaba el sentido de la orientación. Se nos había pedido muchas veces que estuviéramos atentos. Una vez allí, deberíamos saber reconocer el bisbiseo de cada serpiente, para correr o para quedarnos quietos, según fuera la especie y su voracidad. Aquel paraíso era temible y ningún jaguar habría dejado de mordernos por consideración a nuestras buenas intenciones.

Esa era la textura del pulmón del mundo. Recuerdo bien el chasquido, el chapoteo. Posábamos los zapatos con cuidado y las huellas desaparecían enseguida porque el suelo era mullido-hojas-raíces-un humus esponjoso que recuperaba, de inmediato, su posición inicial. Con toda la dulzura de la que éramos capaces, hollábamos el centro de la fuente del latido cavernario de la fronda y, debajo del ardor del mediodía, encendíamos las linternas, pues estaba oscuro aquel silencio, estaba oscuro trinando sus coros de útero y raigambre, cantando fotosíntesis por los cuatro costados y regalándonos su sobredosis de oxígeno recién parido como ofrenda de su voluptuosidad.

Aquel día regresamos exhaustos. Pero habíamos puesto las yemas de los dedos en las yemas de aquel árbol y habíamos aprendido a escuchar. La espesura había sido generosa con nosotros: nos había abierto los caminos, había entonado su silencio, nos había aleccionado en la ciencia de saber esperar. A nuestra vuelta, trajimos sus regalos atados con un hilo en el cuello: una semilla, una corteza, un pétalo. Regresamos empapados de lo trémulo de aquella fuerza con colmillos que medita, sacudidos por el antes y el después de nuestro viaje iniciático. Y nunca más fuimos los mismos.

Hoy se quema el Amazonas y a nosotros nos cruje una rabia triste entre los dientes (¿cómo? ¿Por qué? ¿Qué ha sucedido?). Su bruma ha mudado en un humo que no sabe por dónde empezar a gritar para que le hagamos caso. Se incendia el Amazonas, decimos mirando en las pantallas cómo se nos seca, resquebraja, un buen pedazo del futuro entre las manos y nos deja, a todos, sumidos en el estrépito de una impotencia sin norte. Es el pulmón. Es el pulmón, ¿entiendes?

Algo está mal (muy mal) en todo este murmullo. La selva ha sido saqueada con saña, ahuecada a golpe de cerilla y de machete. A la selva le han abierto agujeros en el cuenco que protege su silencio y por los rotos se le ha destejido la paciencia que requiere para poder defenderse. Ay, Amazonas. Los que te queman, te temen. ¿Y quién no te ha temido alguna vez? Ay, Amazonas. Tampoco tú eres inocente. Es hora ya de hundir las manos en la tierra para hacernos perdonar. Estremecernos de humedad en el contacto con lo vivo e intentar entender, por una vez, lo que la tierra bien conoce: el prodigio de cuanto nace en su momento, no antes, no después. Hundir estas manos en la tierra y posar allí alguna semilla, hacer un árbol nuevo en nuestra casa y dejar que ese árbol nos arrope, ay, Amazonas, enséñanos también aquel viejo equilibrio de tu noche en la que anida el día, de tu día que contiene tantas noches.

Detrás de la desgracia hay una silla, su ambición de muchos brazos, sus hidras aserradas. Pero tampoco esto se cura con el odio. Y es hora ya de que a todos nos importe.

Salamanca, 30 de agosto de 2019