Martes, 17 de septiembre de 2019

Yo de esto no me río

Por traerle a colación, aunque ya debe estar acostumbrado, donde quiera que se halle, que me disculpe el poeta cubano Julián del Casal, a quien me hubiera encantado conocerle por sus poemas, pero desgraciadamente se interpuso su muerte frívola y esa muerte lo llevó de la página de cultura a la de sucesos, donde ha sido bastante más célebre y esto sí es noticia.

Julián del Casal –uno de los mejores poetas del modernismo latinoamericano– contaba con veintinueve años cuando un ataque de risa, sí, bien leen, un ataque de risa se lo llevó a engrosar la nómina de esos que en la gloria estén. Más de un siglo ya del suceso y por muchos más, caso de que este mundo encauce bien el rumbo y se deje de misiles, seguirá citándosele como “un poeta que murió de un ataque de risa”.

Poco más podemos abundar en el caso. Solo que, estando Julián en una cena de amigos, uno de ellos contó un chiste con mucha gracia y el desdichado poeta no lo pudo resistir: cayó fulminado para sorpresa de los presentes y también para gloria de los teletipos del momento. 

Sirva el caso para que, quienes lo deseen, realicen una autopsia a sus poemas, ya que del infortunado vate no existe dicha prueba post-mortem y el análisis de su fallecimiento son suposiciones: la más cercana, rotura de un aneurisma, y la más certera: que dejó de respirar.

No siendo su aniversario –Julián vivió de 1863 a 1893–, pueden existir otros ejemplos que le traigan a esta columna. De principio, les diré que no sé los conocimientos que el señor Casal tendría de economía o de política, pero como sabemos que abandonó la carrera de derecho para dedicarse a la literatura, no creemos fuera un gran entusiasta de los dimes y diretes de estudios tan encomiables.

Sin embargo, esa su extraña fugacidad de la vida, la de morirse de risa, lo mismo vale para un roto que para un descosío, y el pasado sábado, visualizando parte del programa laSexta Noche, inmerso en el debate entre dos economistas, uno de tendencia socialdemócrata y otro neoliberal –aunque llamémosles presuntos a los dos–, el neoliberal estaba notoriamente satisfecho por la política de bajada de impuestos anunciada por las derechas.

Sus argumentos –nada originales– venían a considerar que, dejando dinero en manos de los grandes poderes, o sea, de los ricos (las rebajas de impuestos directos nada afectan a los pobres), y, o sea, cobrándoles pocos impuestos, esto favorecerá el empleo, puesto que los susodichos tendrán más dinero para invertir. Y, claro, si uno escucha esto recién cenado y sin una copa –soy abstemio por naturaleza– y no le da un ataque de risa, es por recordar a nuestro pobre poeta don Julián del Casal.

Así, contenidos, seguimos metidos en el debate pero un poco perjudicados, ya que de vez en vez nos salta a la cabeza una reflexión: “qué pueden hacer los ricos con ese dinero que les dejan en sus manos”. No es que uno sea envidioso, que no es eso, pero como llego al supermercado y tengo que pesarme la fruta, voy a la gasolinera y debo echarme la gasolina, entro en el banco y me encuentro al cajero como un “cadáver” –con los días contados– que me señala otro cajero, incansable y autómata, para realizar mis operaciones enseguida caigo que lo que quieren es dejar más dinero en manos de los ricos para que compren balanzas, cajeros y demás artilugios, que ya digo que no soy envidioso y me cachi en to lo que he estudiao, pero a mí me parece que de esta manera el desempleo, aparte de que habrá empleos cada vez más precarios, no va a reducirse, y la ayuda a la dependencia, si es de manera voluntaria, acabará con todos como le ocurría a Tony Lebland en Torrente: buscando una esquina y poniendo una gorra.

De todos modos, quizá seamos un poco malpensados, pues hoy las nuevas tecnologías están resolviendo temas urgentes como actualizar los cepillos de las iglesias –que no digo que hagan mal– y así poder echar donativos mediante tarjeta, un hecho imprescindible para limpiar nuestras conciencias de todo mal.