Celebrando un tardío Año Nuevo

Profundo silencio. Hace mucho frío. El jardín comienza a blanquear. En casa, unos troncos arden en la chimenea. Hemos brindado. Nos besamos. Nos sonreímos llenos del mayor afecto. Nos deseamos lo mejor. Lo mejor siempre es para el otro. Si al otro le va mal a uno le irá peor. Vidas entrelazadas. Sufrimientos, frustraciones, desencuentros, incomprensiones todo eso compartido. La vida misma. Pudimos evitar que el árbol se hiciera río. No nos dejamos arrastrar por la correntada. Seguimos a pie firme.

Hace dos horas, dicen, comenzó el nuevo año. Nunca hay años nuevos, tampoco viejos. Nos consuela pensar así. En todo caso escuché alguna música para celebrarlo. También lo hago cada noche. Es lo usual. Una entrada de año hay que hacerla a ras de suelo. Aparqué a los clásicos. Siempre me produce un sarpullido reverenciar a los que dicen debemos admirar. Tanta reverencia me cabrea. Así pues, le di a la tecla y ¡hala! la habitación se llenó de “Un million de roses rouges”. Una canción popular rusa vertida al francés. Un pintor se enamora de una bella actriz a la que le gustan las rosas. El pintor vende sus pertenencias y compra un millón de rojas rosas. Delante de su casa coloca las flores y espera. La amada se asoma. La amada sonríe complacida. La amada emprende viaje. Él se queda, con su millón de roses rouges, contrito y mirada ensimismada.

Seguí buceando en el “arte menor”. A continuación, escuché una canción de cuna. De esas que las “yidishe mamen” cantan a sus pequeños hijos: “Tumbalalika”. Existen una infinidad de versiones de ese “lullaby”. No obstante, una de ellas siempre me conmueve. Se trata de un fragmento de la película “Te doy mi alma”. La misma trata de la relación amorosa de Gustav Jung y Sabina Spielrein. Ella era su paciente. Recuperada, devino en famosa psiquiatra. Murió, por ser judía, en un campo de concentración en 1942. Pues bien, en una escena de la película, los pacientes del manicomio se rebelan, cantan y bailan. Se rebelan contra los electroshocks, las camisas de fuerza y los celadores. Sabina canta el Tumbalalika e invita a bailar a Gustav Jung. Sabina alcanzó así la curación.

Por enésima vez, escuché una composición de Zbigniew Preisner, el “Himno a la reunificación de Europa”. Si han visto la película “Azul” de Krzysztof Kieslowski habrán podido escucharla. Allí se canta, en griego antiguo, algún fragmento de la primera epístola a los Corintios de Pablo de Tarso. La voz la pone la magnífica soprano Edyta Krzemien. Contenido esclarecedor. Se canta a lo único que importa y a lo único que permanece, al agapé, al amor incondicional y reflexivo. El agapé no sabe de dioses, partidos políticos, razas, creencias o clases sociales. El agapé es una actitud existencial que, a nadie, nunca excluye.