Sábado, 28 de noviembre de 2020

Extrañas criaturas III. El minotauro

Joseph Campbell, escritor y profesor norteamericano experto en mitologías y religiones afirmaba: los mitos son sueños públicos, los sueños son mitos privados.

Todos relacionamos al Minotauro con un misterioso laberinto, pero sólo algunos conocen el origen y el final de esta extraña criatura así como de la famosa construcción en la que habitaba.

Aunque existen varias versiones – como de casi todos los mitos clásicos - los relatos más antiguos dicen que Zeus regalo a Minos[1], rey de Creta, un hermoso toro blanco para que lo sacrificara en honor a Poseidón, pero el animal era tan bello que el rey desobedeció la orden y ofreció otro en su lugar pensando que los dioses no se daría cuenta. Pero el dios de los Océanos enseguida se percató del engaño de Minos y para castigarle hipnotizó a su esposa Pasifae haciendo que se sintiera atraída por la bestia de tal forma que engendró a Asterión, el Minotauro, un ser mitad toro mitad hombre, dotado de una fuerza descomunal. ¡La que se le escape a un dios!  

La venganza de Poseidón todavía fue más cruel pues hizo que el hambre de aquella extraña criatura sólo se viera satisfecha comiendo carne humana y cuanta más comía más grande y agresivo se hacía, hasta el punto que toda la población de la isla corría el riesgo de ser devorada.

La casualidad, o tal vez la mano de algún otro dios, hizo que por entonces Dédalo, el famoso arquitecto ateniense se encontrara exiliado en Creta, así que Minos le consulto si sería posible construir algún recinto para encerrar a Asterión salvando así a los cretenses su voracidad y al tiempo ocultar la infidelidad de su esposa. Dédalo construyó un formidable laberinto con innumerables pasillos que parecía no tener principio ni final, pero Dédalo en lugar de obtener los favores del rey fue encerrado en una mazmorra junto a su hijo Ícaro para que nadie pudiese conocer el secreto de la salida del laberinto. Lo que luego sucedió con ellos es otra historia.

El destino, fuerza superior a los hombres y los dioses personificado en las Moiras[2], quiso que el hijo de Minos, de visita en Atenas, fuera asesinado y el rey clamó venganza. Reunió a sus ejércitos y cayó sobre la ciudad que al no estar preparada para un ataque fue vencida. El vencedor hizo una propuesta a los atenienses: "Os ofrezco la paz con la condición de que cada nueve años, Atenas enviará siete muchachos y siete doncellas a Creta para que paguen con su vida la muerte de mi hijo". El rey Egeo no tuvo más remedio que aceptar, aun sabiendo que aquellos jóvenes serían arrojados al laberinto para alimentar al Minotauro. Y Minos añadió: Si alguno de los jóvenes logra matar al Minotauro y salir vivo del laberinto, no sólo salvara su vida y la de sus compañeros, Atenas será libertada de esta condena.

Dos décadas después, Teseo[3], hijo único del ya anciano rey de Atenas y heredero al trono, se ofreció para ser uno de los jóvenes que formara parte del tributo que debían pagar a Creta, prometiendo a su padre acabar con la vida del Minotauro y liberar a la ciudad de tan cruel obligación. Si lo lograba, las velas de sus naves serían blancas a su regreso en lugar de las negras, señal de luto por los jóvenes entregados al monstruo.

Teseo viajó a la isla, y con el resto de sus compañeros fue encarcelado para ser conducidos al día siguiente hasta el laberinto. Estado allí quiso la fortuna que le viera la hija pequeña de Minos, Ariadna. Fue un auténtico flechazo - ¿tal vez Eros, el dios del amor? – la joven le pidió que no luche con la bestia pero Teseo se negó así que ella le propuso ayudarle.

Llegado el momento y sin que nadie la viera, Ariadna, dijo al ateniense "Toma este ovillo de hilo y cuando entres ata el extremo del hilo a la entrada y ve deshaciendo el ovillo poco a poco. Así podrás encontrar el camino de vuelta". Teseo y los demás entraron, y tras algunas horas encontraron al Minotauro. El príncipe ateniense empuño su espada y acabó con la bestia.  

Teseo, salvó su vida, la de sus compañeros y liberó a su ciudad del infame tributo, además, en secreto, llevo a bordo de sus naves a Ariadna y zarpo rumbo a Atenas. Una terrible tormenta les obligó a refugiarse en la isla de Naxos. Una vez llegó la calma buscaron por todos lados a la joven Ariadna, pero fue en vano, así que tuvieron que zarpar sin ella.

Mientras, en Atenas, el anciano Rey Egeo acudía día tras día al puerto esperando el regreso de su querido hijo y, por fin, los barcos aparecieron en el horizonte, pero traía izadas velas negras, lo que significaba que Teseo había muerto y desesperado se lanzó por un acantilado al mar que desde entonces lleva su nombre. Teseo en su desesperación por la pérdida de Ariadna había olvidado elevar las velas blancas, signo de su victoria.

Por desgracia hoy no se cuentan historias como esta, los relatos sobre extrañas criaturas han dejado de tener presencia en nuestra vida cotidiana, una lástima. En la actualidad para explicar el origen y razón de casi todo se utiliza explicaciones racionales y técnicas, dicen que estas son más reales y verdaderas. Pues será, pero de lo que estoy seguro es que no son ni tan apasionantes y ni tan hermosas.

Los mitos forman parte de la cultura de los pueblos, de todos los pueblos. El mito griego cuyo fin es dar una explicación al origen del mundo partiendo del "Caos" tiene la misma función que la narración de este acontecimiento que podemos leer en el Génesis o en la teoría del Big Bang propuesta por Stephen Hawking. Para el filósofo francés Georges Dumézil[4], artífice de que se recuperar el interés por la Mitología Comparada en las últimas décadas del siglo pasado: “Un país sin leyendas se moriría de frío. Un pueblo sin mitos está muerto”.

 

[1] Minos era hijo de Zeus y Europa, la ninfa que el dios del trueno rapto en la misma Creta transformándose en un toro blanco.

[2] Las Moiras o Parcas son representaciones alegóricas del destino. También se conocen como la Hilanderas, Hesíodo cuenta que eran hijas de la Noche.

[3] En realidad no era hijo de Egeo sino de Poseidón, por tanto era un semidiós, aunque su padre no lo sabía, ni él tampoco durante muchos años.

[4] Mito y epopeya I. La ideología de las tres funciones en las epopeyas de los pueblos indoeuropeos. Editorial: Fondo de Cultura Económica