Viernes, 22 de noviembre de 2019

A mí no me "change"

Confieso que tiendo a “escanear” a quienes no les cabe ninguna duda, porque de todo saben y, por lo tanto, de todo no es que opinen, sino que sientan cátedra; en el “escaneo”, además, suelo pillarles en más de un renuncio.

Juzgar a los demás, a mi entender, es algo inherente al ser humano. Sin embargo, la mayoría de la gente, hasta hace no tanto tiempo, juzgaba -juzgábamos- a los y las de la escalera, la barra del bar, la calle o el barrio, como mucho. Y lo solíamos hacer para dentro o en petit comité.

Sin embargo, creo que nos estamos acostumbrando, sin darnos cuenta quizá, a juzgar de más; empezamos hace ya bastantes años, con los jesulines y las belenes, las venas hinchadas, allá, y con las trevis y los fabiruchis, acá; muchas veces le caían mal -o le habían hecho algún feo- a quienes tenían el micrófono, en la mano o en la nómina una coincidencia que, curiosamente, no se solía saber.

Porque los malos y malas suelen ser los malos y malas para alguien, solo que eso no lo dicen; estos programas de casquería -radiofónicos y televisivos entonces; hoy hay que sumar YouTube y cualesquiera plataformas digitales, tanto de fake news como de unnecessary news- tienen peculiaridades propias de cada país -usos y costumbres-, pero también muchas cosas en común.

Lo malo es que ahora parece que quienes salen en ellos, como protagonistas o como velados opinadores, se han vuelto paradigma: a mi entender, esto ha provocado que parezca que ya no hacen falta jueces... ¿Para qué, si en cada casa hay uno, o una, o dos, o varios?...

Ya la tele había conseguido que en cada casa hubiera no sé cuántos médicos o expertos en las más diversas materias... No nos debe extrañar, entonces, que también en el terreno de lo jurídico proliferen tantos “profesionales”.

En ese contexto, hace unos años apareció eso de “Change”: ahora creemos que poner nuestro correo en una lista es democracia y que unos cuantos miles de correos son sentencia. El acabose.

No sé, yo, en general, desconfío hasta de mí, y desde luego, de mi criterio, en los ámbitos en los que, digamos, me debería desenvolver con una cierta solvencia. O sea, que incluso en cuestiones filológicas, dudo, consulto, reconsulto. Y vuelvo a pensar. Con el paso del tiempo, además, a veces me quito la razón.

Creo que esa desconfianza es la base del análisis, del razonamiento; las verdades absolutas suelen ir acompañadas de flojera, pereza, desidia, fiaca. Por eso, si le doy dos o tres vueltas a lo que dicen o escriben “los que saben de algo”, más lo haré cuando la opinión, oral o escrita, la manifiesta alguien que no me parece que sepa mucho. O cuando se quiere imponer una especie de mayoría por cauces poco claros.

Una señal de ese no saber mucho es que la opinión venga envuelta con celofán metálico, o sea, de hierro –vamos, que no sea opinión sino pontificado–. Yo, de esos a los que no les cabe duda, que de todo saben y de todo opinan, huyo como de la peste. Si puedo.

Ya en serio, me parece que hay que ir reivindicando a los profesionales, de lo que sea; o sea, el trabajo bien hecho, la preparación previa, el rigor. Creer más a los que gritan menos. A los que parecen decir la verdad, aunque no nos guste. A los que usan más sustantivos que adjetivos, si me perdonan que me ponga gramático.

@ignacio_martins

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