Desventuras de la familia del Estal

            La familia del Estal, vecinos de escalera, era muy particular. Solía dar muestras de vivir contra corriente. Encuadrada en una clase media baja, al ser familia numerosa -demasiado numerosa- es lógico que atravesara serias dificultades a final de mes y, a veces, al final de cada día. El matrimonio se esforzaba cada vez más en encontrar la fórmula que aliviara sus apuros. En medio de constantes altibajos, la bola de sus penurias crecía y crecía sin parar. Entre sus muchos hijos había de todo. Algunos estaban colocados y percibían lo necesario para cubrir sus necesidades. Otros, por no molestarse demasiado o por encontrarse en peores condiciones que los demás, seguían dependiendo de los limitados ingresos de sus padres. Por desgracia, tampoco faltaban aquellos que, descontentos con recibir lo indispensable, exigían a sus padres un constante aumento de la asignación. Su obsesión era recibir algo más para que, pasado un tiempo, pudieran alcanzar un nivel superior. De nada valían las explicaciones paternas: nuestros ingresos están limitados, pretendemos obrar con justicia, tendremos que solucionarlo entre todos…Nada era suficiente. Siempre pedían más.

              Los del Estal lo pasaron muy mal. La convivencia entre hermanos pasó por serias desavenencias. Pronto se puso de manifiesto que el espíritu de solidaridad pretendido por los padres saltaba por los aires. Unos hijos se quejaban de su situación y otros -precisamente los más acomodados- reclamaban no sólo desligarse de la obligación de contribuir al sostenimiento de la casa paterna, sino que, además, pretendían mayor ayuda de sus padres para no perder el nivel de vida alcanzado. Las disputas fueron subiendo de tono hasta llegar al enfrentamiento físico. Lo que nunca debió suceder entre hermanos, empañó para siempre la paz y la felicidad de la familia del Estal: se llegó hasta el parricidio.

            Cuando la sangre corre entre hermanos, la familia se resquebraja, la convivencia se rompe y los padres se desesperan. El tiempo, no obstante, crea esa pátina que cubre la superficie de la vida y llega a amortiguar las aristas que producen las heridas. En toda familia numerosa los hijos son ramas del mismo tronco, pero todas distintas. Hechas de la misma madera, su grosor es distinto, brotan a distinta altura, proporcionan distinta cantidad de fruto, etc. Con los hermanos del Estal sucedía lo mismo. Los había humildes y soberbios, nobles y perversos, pacíficos y violentos, cariñosos y desafectos. Difícil tarea para aquellos padres. Pero llegó el día que decidieron reunir a toda la familia y, con muy buenos propósitos y a base de ceder unos y otros, consiguieron ponerse de acuerdo para establecer unas normas de obligado cumplimiento, suficientes para rehacer sus vidas y afrontar la nueva situación con muchas posibilidades de éxito. Repartieron entre sus hijos todo lo necesario para poder emanciparse, reservándose para sí las potestades propias de quien debe reponer el orden cuando se infringe cualquiera de las condiciones pactadas.

            Todo marchaba sobre ruedas y la familia del Estal era consciente de las ventajas de la nueva situación. Hasta los vecinos llegaron a apreciar el cambio registrado, hasta el extremo de ser admitidos en los diferentes clubes que funcionaban en el barrio.  El bienestar había regresado al hogar tan agobiado en otras épocas. Mas, ¡ay!, eran humanos y por tanto dispuestos a tropezar en la misma piedra. Pasados los primeros tiempos de paz y bienestar social, los hermanos volvieron a confirmar sus instintos. Unos por malas compañías, otros por envidia y los de siempre por inconformismo, resucitaron las rencillas contra los hermanos que habían prosperado a base de esfuerzo y de cumplir con las normas establecidas. Comenzaron los desplantes, las exigencias y las escaramuzas. Adiós a la solidaridad y a los lazos familiares. Aparecieron los odios, surgieron las amenazas y llegó otra vez la sangre. Nueva papeleta para aquellos padres en su intento por reconducir la situación, intentando emplear la razón sin recurrir a medios dolorosos para todos. Olvidándose de las buenas costumbres y dejándose influir por nuevas modas y extrañas compañías, algunos de los hijos hicieron todo lo posible por romper las relaciones con los demás. Era tal la confusión que hasta los padres sucumbieron a la sinrazón del momento y llegaron a prestar más atención a los rebeldes que a los que nunca se habían apartado de ellos ni dejado de contribuir al sustento familiar. Es más, en el colmo de la enajenación, aquellos padres llegaron a pensar en un plan diabólico destinado a conceder más ayudas a los causantes del desorden, en perjuicio de los hijos fieles y solidarios. Como era de esperar, la familia del Estal acabó como el rosario de la aurora.

            Todo lo escrito hasta aquí -te lo habrás imaginado- es invención del autor. Hagamos unos ligeros cambios y tendremos nuestra situación actual. La familia del Estal es la nación española con sus dirigentes y todos sus ciudadanos. Los hijos, naturalmente, son las distintas Autonomías, y las vicisitudes no es necesario mencionarlas, nos están sacudiendo la conciencia a diario. A la interpretación particular dejo la potestad de asignar el papel de los buenos y malos hijos. Los padres son, en cada momento, el Gobierno de turno.

            Con motivo de la sesión de investidura de la presidenta de la Comunidad de Madrid, ante el anuncio de acometer una bajada de impuestos, la izquierda en bloque ha saltado como un solo hombre. ¡Eso es una barbaridad! ¡Será el fin de la política de bienestar social! La verdad es que no me explico cómo la derecha no opta por aumentar el déficit, fomentar el paro, instaurar el copago, establecer el pago en autovías, subir IBI o el IRPF, que es la fórmula que tradicionalmente emplea la izquierda, con los resultados de sobra conocidos Y todo para no disminuir la deuda exterior, ni las listas de espera, ni el fracaso escolar, ni la desconfianza de los inversores.

            No es casualidad que la bajada racional de impuestos siempre haya servido para estimular el emprendimiento, mejorar infraestructuras, fomentar el empleo, aumentar la exportación y, en una palabra, crear riqueza y bienestar. Tal vez sea esa la madre del cordero. La izquierda, antes de ver el éxito de la política económica liberal, es capaz de proponer su hundimiento con medidas como la sugerida en la Asamblea de Madrid: castigar con menos fondos estatales a las Comunidades que osen bajar los impuestos. Si no se puede vencer al adversario por medios lícitos, compremos al árbitro. Hay que igualar a todos, pero por abajo. Aberraciones de ese calibre califican la ralea moral de quien las vomita. Lo malo es que personas como esas están jugando alegremente con nuestro futuro.