Martes, 17 de septiembre de 2019

Gestos

Creo que los habitantes de Buenos Aires andan abrumados y tristes porque son muchos. No creo que esa tristeza tenga que ver con que tocan a menos. Los argentinos ya dieron muestras de su grandeza cuando acogieron a los nuestros en un exilio que pudo tener consecuencias trágicas para la literatura y para la vida. Fue un gesto inolvidable y es difícil medir tanta nobleza. Y luego los gestos siguieron custodiando la memoria de los sueños prohibidos. Y haciéndolos posibles.

Creo que la tristeza argentina es una consecuencia que tiene que ver con gestionar mal las emociones. Y me extraña, porque ellos son maestros en hacer de lo obvio una leyenda. Aquí tenemos el ejemplo de Daniela Riso, una muchacha argentina que con el gesto de poner en pie decenas de cantautores reabriendo el bar musical de los nietos del Tano ha salvado muchas vidas. Empezando quizás por la suya que depositó en el barrio de las letras madrileño llegando de Paraná con veintitantos años y nada en los bolsillos. Pasará la tristeza de Buenos Aires como pasan las noticias, pasaron los viajes submarinos y las páginas amarillas. Todo pasa cuando ya no sirve para nada.

En 1968, acabado el curso como docente en un colegio con cinco profesores y cinco profesoras (hoy está cerrado y desierto, se acabaron los niños y la multitud infantil se convirtió en nada) yo necesitaba trabajar como hice todos los veranos de mi vida.

Una vez finalizada la tesina -hermoso paso del Rubicón que luego se convirtió en libro y yo un corrupto pasivo al ver impasible que el régimen lo impusiese en la universidad- se me abrieron dos frentes: Miranda del Castañar o un colegio de Cádiz donde enseñar lengua y literatura en cuarto de bachillerato. Pero antes había que pasar el verano de las cosechas que ya eran costumbre.

La gran tentación era un hospital de Lyon regentado por luteranos. Necesitaban enfermeros y yo era un enfermero. Necesitaban un enfermero luterano y a mí no me importaba ser luterano, aunque para ello tuviese que apostatar y demostrar mi luteranismo. Dicho de paso, a mí el ser luterano no me costaba tanto, porque era como volver a los orígenes de la pureza, y a la defensa a ultranza de la libertad individual que durante toda mi vida he practicado. Pero a fin de cuentas era un luterano de mentira.

Como también era un enfermero de mentira, a pesar de que durante el curso me había entrenado poniéndole las inyecciones a un compañero que padecía del riñón. Se las habían recetado en la capital y al médico del pueblo no podía ir porque el médico y los profesores no nos hablábamos. La razón: él era también el alcalde y ninguno de nosotros ni nosotras íbamos a misa. A un alcalde franquista eso le resultaba intolerable.

Así que yo le pinchaba las inyecciones en el culo del compañero maestro de párvulos. Clavar la aguja era fácil: hasta el fondo, como si el culo fuese el del alcalde franquista. Luego, que el líquido de la jeringuilla entrase ya era otro cantar. Algunas veces parte del líquido entraba y parte se escurría por el glúteo del maestro de párvulos. Él preguntaba: ¿entró? Y yo le mentía: tranquilo, que entró todo.

El cura de Salamanca ante quien solicité mi apostasía para luego ser luterano, se llevó las manos a la cabeza. Que un español en los años sesenta, y en Salamanca, quisiese apostatar le buscaba la ruina al cura, y el obispo le iba a desterrar al último pueblo de la provincia, por dejarse escapar una oveja en vez de aumentar el rebaño. Eso decía él, casi llorando.

Así que me desdije del gesto que iba a protagonizar, dejé de lado Lyon con su montón de francos, trabajé en Candelario, y después de un fugaz paso por Portugal para un trámite administrativo, acabé en Madrid, primero en un colegio para subsecretarios, y enseguida en el raro y lujurioso oficio de escribir. La culpa otra vez también fue de Amparitxu.

Hay gestos que te cambian la vida.

Y hay gestos que no aportan nada, innecesarios como una campana muda. O un palacio de orgullo de células señoritas cuando estás de pie junto al mar y no hay mar, cuando tiendes tu vida al sol y no hay sol, cuando masticas el pan y no hay pan, ni quiera el de Silvia Pérez Cruz que no alimenta pero mata el hambre.

El gesto de Rita Maestre sacándose las tetas en una capilla no tiene ningún sabor, y menos el del fuego de los puros que antes y después de ella alimentaron rebeldías como arcángeles de viento caminado mañanas mejores que hoy. Las tetas de Rita Maestre venteando tontunas donde algunos rezan por miedo o por amor, no saben ni sirven para nada.

Antes que ella fue Maruja Mallo, esa enorme mujer y pintora que vivió una vida de transgresión y libertad a su manera. Pero a Maruja Mallo le sobró aquel gesto de maestra de escuela entrando en la iglesia mientras el cura de Arévalo decía misa, darse una vuelta en bicicleta ante la perplejidad de los arevalinos, y salir por la puerta principal pedaleando como una mujer solitaria que fue siempre.

Los gestos y las dudas se parecen mucho: yo mismo me miro en mis gestos y no sé si soy un revolucionario frente al pelotón de fusilamiento de la esposa de Millán Astray -que murió virgen porque se casó después de hacer voto de castidad y lo cumplió- o un viejo verde ante las tetas de Rita al que no le dicen ni fú ni fá.

Así que me refugio en la sonrisa de dos gestos distintos pero llenos de ese hedonismo que tienen las pequeñas historias. El primer gesto de un indio que se presentó a las elecciones para cambiar su país y sólo le votaron cinco indios. El candidato indio, a la hora de finalizar el recuento, se echó a llorar y con razón. Porque había sacado cinco votos, pero es que en su familia había nueve indios. No hay mayor frustración, creo yo.

Y el último gesto que dejo a la interpretación de quien pase por estas líneas: en el pueblo uruguayo de Paisandú un agente multó a una mujer por exceso de belleza. De verdad, de verdad que los poetas no sabemos qué decir cuando lees un poema que tú no serías capaz de escribir. Como este de Pisandú.