Viernes, 4 de diciembre de 2020

Hablando claro

Vivimos en las costumbres y retozamos con los tópicos. Ya se sabe: los ingleses, homosexuales. Para los franceses dejamos el chauvinismo. Y para los españoles, la envidia. Bueno, la verdad es que algunos ingleses llevan dentro su propio brexit desde que empezaron a existir. Se nota en su orgullo a la hora de invadir sus islas y hablar con ellos. Aunque te estén entendiendo, si creen que tu acento cojea, ni te contestan. El inglés de Escocia -separatistas, claro- es distinto. Y los escoceses, diferentes. Sobre todo en el Norte, hay una calidez por los de fuera que ya quisieran en Fátima, pongo por caso. Y en Francia el culto  a la memoria de los suyos y de lo suyo no se negocia.

El cainismo español es internacional. Lo mismo que el gusto por escuchar solamente aquello que queremos oír. Esto último se da en la vida, pero en la literatura tu excomunión es fulminante si no endulzas los oídos de quienes te preguntan. Así escriben libros en los que a las primeras de cambio el poema número uno se despeña en un aviso que luego ya es una pandemia.

Existe una España inocente: la de mi pollera que, llevando la contraria a los ingleses, intenta por todos los medios que la alemana del quinto entienda lo que le dice. Por todos los medios, no: por uno sólo que es hablarle a gritos, como si así la alemana supiese mejor el idioma de la pollera. Esto de hablar a gritos no es un tópico. La tarde puede transcurrir apacible, pero en cuanto suena el teléfono, enseguida la gente se viene arriba y contesta a gritos. Así se enteran en Madrid la pollera, la alemana del quinto y toda la Villa y Corte del tiempo que hace en Salamanca, y si la sobrina nieta está encinta o no. ¿Y para esto se molestó tanto Antonio Meucci en inventar el teléfono? A veces pienso que basta con abrir las ventanas en la Gran Vía de Madrid y hablar desde allí con otro paisano que abra también las ventanas de la Gran Vía de Salamanca. Sosteniendo el tono elevado del teléfono, claro.

Es posible que llegue el tiempo de las desmitificaciones y de que escuchemos no sólo a los que piensan como nosotros. No ayudan nada los líderes del pensamiento, como el Papa Francisco que caía bien a casi todos.

El Papa Francisco ha reunido en Roma a otros 200 jefes de la iglesia católica para hablar de los abusos a menores por parte del clero. En la conferencia-reflexión había 21 puntos concretos sobre un tema escandalosamente doloroso. Y a la hora de la verdad, el Papa Francisco ha sacado el ventilador para concluir que los abusos sexuales a menores es un tema universal. Y tiene razón -incluso en el turismo sexual del que demostró tener mucho conocimiento-, pero es que en Roma y en este momento, los 200 líderes que habían acudido a su llamada estaban allí para hablar y  tomar medidas sobre el  clero. Qué penita Bergoglio diciendo “y tú también” o “y tú más”.

Y qué penita que el sexo en libertad siga condenándose en tantas sociedades que creíamos inaccesibles a una moral falsaria que sólo se entiende de cintura para abajo. Porque seguimos viviendo en las costumbres, en los tópicos y en la hipocresía.

Hace poco escuchaba yo a Ingrid Oliveira, una joven y bellísima atleta brasileña que fue lapidada por tener sexo con otro atleta joven y hermoso durante los Juegos Olímpicos de Río. Me siguen zumbando los oídos ante la aberración de ese fanatismo ideológico que ve en la práctica del sexo de dos jóvenes un atentado a la moral.

Al final, concluyes en que las civilizaciones no sólo retroceden sino que avanzan hacia ninguna parte para quedarse donde estaban. No sólo el Papa Francisco y la iglesia católica, sino todas las instituciones con poder de comunicación.

La falta de cultura genera ignorancia. Pero una ignorancia que resiste como un malecón contra todas las libertades. Aquí tenemos a Ingrid dando todavía explicaciones sobre su noche de amor. Y quien ha ido a unos Juegos Olímpicos sabe que en la bolsa oficial que reparten los organizadores  a todos los atletas, junto a las cosas normales como el aseo o tapones para dormir por si los necesitan, hay paquetes de preservativos. El Comité Olímpico sabe que los van a usar y lo que es mejor: que los deben usar porque es natural que atletas sanos de cuerpo, mente y espíritu pongan también sus hormonas a correr. Una vez cada cuatro años miles de ellos  se reúnen para competir. Y cuando han cumplido como gladiadores en las pistas o las piscinas, ejercen su derecho al sexo con la libertad que se merecen y que nadie puede negar.

Un dato para los fariseos: en los Juego Olímpicos de Río los organizadores entregaron a los participantes 480.000 preservativos. Si tenemos en cuenta que los que jugaban eran 200.000, daban por hecho que los iban a usar más de una vez. Pero aparecieron los archiviejos cantores de la discriminación, y mientras lapidaron a Ingrid (aún hoy sigue sufriendo el acoso varonil con definiciones y proposiciones sexuales), al atleta hombre que fue la otra mitad está en el trono de los elegidos como el macho más macho de todos los machos. Qué asco ¿no?

En voz baja, por si alguien se repucha: lo mismo que sucede en los Juegos Olímpicos, sucede en otras muchas reuniones de colegas. Una amiga reumatóloga me decía hace poco que en los congresos médicos hay mucho sexo y que ella, la primera vez que fue a uno pensó aquello de “quién lo diría”. Yo, para contrastar aquella sorprendente afirmación le pregunté a otro amigo neurólogo (más que nada para evitar cualquier atisbo de contaminación en las fuentes) si era vedad lo que me contaba la reumatóloga. Y el amigo neurólogo fue más contundente aún: no sólo sexo, que es muy saludable. Yo tengo tu edad, he ido a decenas de congresos médicos dentro y fuera de España. Y no he pagado nunca  un duro, todos los gastos han corrido a cargo de los laboratorios. Pon tú el nombre a eso- me contestó el neurólogo.

Ay, mi hermosa Ingrid, tan cargada de inocencia y pagando las culpas de tantos.

Ay, Francisco, ahora entendemos por qué en Salamanca ya no quedan seminaristas.