Lunes, 9 de diciembre de 2019

La crudeza del viento nos arropa

Es invisible lo que mueve las ramas, lo que rasga (la brisa) y desteje y cabalga su paisaje acelerado. Con las ropas que, a veces, se levantan. Con los gritos de emoción por el suceso (dicen que lloverá) y entonces llega, con su trueno, la primera tormenta de verano.

(Hablar del viento. Aquí está la arcilla del lenguaje para empezar a amasar. Aquí palabras, aquí libros, aquí mesa, aquí teclado, aquí cinceles, aquí la imagen del relámpago para dejarse vibrar por una idea: este fulgor de electrones haciendo su chispazo entre neuronas, zas, la línea que zambulle).

Hay viento, por fin, cuajando su oleaje en la paciencia del aire. Hay ligereza, por fin, en la sed de un verano paquidermo y en sus patas que estremecen el suelo. Lo invisible se ve en el oleaje de las ramas y esto que no se ve, pero nos mueve, qué misterio.

(Tú sabes que son solo moléculas. A coro y cogidas de la mano, formando su corriente, tú sabes que el aire es como el agua, menos denso. ¿Por qué, entonces, el levante te parece más asombro que las olas con sus glóbulos de sol? A veces, sin haber visto las nubes, dices «huele a lluvia» y sabes que lloverá. ¿Quieres hablar del viento?, me preguntas. Sí, contesto).

Para escribir el viento debo empezar a ulular. La noche, su relámpago, las nubes, sus ronquidos, un perro que contesta, un trueno, un ladrido, la noche, un ladrido y un trueno y el pulso de la vida que no cesa (aquel rayo) y estos dedos, ¿la verdad? Cómo asir el olor de este momento y dibujarlo, con la masa del lenguaje, para meterlo en esta carta (ese aroma) y ponerlo entre tus manos (traducir un perfume de lluvia), cómo decir las cosas que están en el olfato sin derramar las metáforas, cómo esculpir el color de una huella de vuelo en el aire. Su transparencia.

(Ahora es agosto y los pies siguen descalzos y este calor nos ablanda. Las horas sudan sus minutos derretidos. Los pájaros que nacen no paran de piar. ¿Cómo decir el viento, entonces? ¿Cómo envolverlo y colorearlo sin arrancarle los pétalos?).

Camina elástico y golpea cuando quiere. Carece de inocencia: ha probado lo arduo del desierto y su sabor a piedras que rezuman sed. Nadie lo ve, pero se ve en las otras cosas, en las ramas cuando ondean, las transporta y atraviesa y hace fiestas de color en el otoño con las hojas vestidas de rubor y se endereza, la ventisca, rasguñando los susurros. Una hondura trenzada de moléculas y su fricción para elevarse. Mi experiencia de viento sucedió en altamar, mientras estábamos cenando.

El barco empezó a balancearse. En menos de un minuto, los camareros, llevando sus bandejas, tenían que ascender por la cubierta o resbalaban, caminaban en zigzag. El capitán habló, apoyó sus silencios en el énfasis, debíamos quitarnos los zapatos, volver al camarote, estar tranquilos, porque el viento. Está furioso. Sus bufidos. Encabritan el mar. El barco. Sus crujidos protegían nuestros proyectos de mañana: llegar a tierra firme, besar el suelo, descansar. Llegar a tierra firme. Besar el suelo. Y, después, hacer esto posible: dibujarle el alma al aire, sus trazos, su estrategia, (¿cómo escribirlo?), se movía a cabezadas, empujaba, levantaba, irritaba, azoraba nuestra proa (el futuro), y el navío enloquecía equilibrando su quilla en el desasosiego de la espuma, nos hacía mirar la noche en la medula de lo espeso, con latigazos de luz en los relámpagos, manteníamos los ojos abiertos, de par en par. Y el vientre de la borrasca estaba oscuro, crecido de interrogantes.

Por fin conciliamos el sueño. Cuando nos despertamos, el sol había encendido su calma sobre el mar y su pizarra hecha jirones. Supimos que habíamos sobrevivido a la tormenta y todo parecía recién hecho. El olor del pan nos acogía en el callejón de su consuelo. Estábamos despiertos. Y celebrábamos con un jolgorio de voces, rugíamos terrestres, más terrestres que nunca.

(Desde aquel día, cada vez que enfrento el viento en esa esquina en donde ulula sus arias, lo ignoro lo menos posible. Y me habla. Soy un enjambre, me dice. ¿Cómo un enjambre?, le pregunto, ¿un enjambre de qué? Me explica que cada nudo de su espalda es un ovillo de posibilidad: puede ir a izquierda o a derecha, arriba o abajo, puede ir más rápido y despacio, puede arrasar y detenerse, suspira todo el tiempo y contiene en su aliento aquello que tú y yo necesitamos para respirar. Entonces, me golpea las mejillas, me alborota el pelo, me frena los pasos. Y en el desafuero de esa lucha, volvemos a empezar).

Salamanca, 16 de agosto de 2019