Jueves, 13 de agosto de 2020

¿Cambio climático, catástrofe o mero "cuento"?


 

 

 

Hace pocos días la prensa local divulgó unos datos alarmantes sobre temperaturas y precipitaciones en la ciudad de Salamanca (observatorio de Matacán). Según la delegación de la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) en Castilla y León, las precipitaciones normales, ya de por sí escasas, habrían caído drásticamente en el último periodo de octubre a julio, ambos incluidos: frente a una media de 328 litros/m2 en los años 1981-2010, se han registrado sólo 181,3 en 2018/19, un 42,7 % menos. De seguir así, el estiaje haría pasar a Salamanca de la España seca a la muy seca y su régimen hídrico sería muy deficitario de no ser por los embalses, algo de lo que esta provincia está muy bien dotada.

 El contraste en cuanto a temperaturas no es menos alarmante: de una temperatura media de 22,1 ˚C en el mes de julio de los 30 años citados, se ha pasado en este año a 24,2, razón por la cual –junto con la sequía– han menguado las cosechas y los abrevaderos y nos ha costado conciliar el sueño más de una noche (la media de las mínimas nocturnas ha pasado de 13, 8 a 16,1 ˚C). Pero no es un año excepcional en este aspecto, ya que ha habido veranos semejantes en los últimos tiempos, como todos recordamos. No es de extrañar que la AEMET haya considerado esta situación como “muy mala”.

El caso es que, por sí a algún tonto le sirve de consuelo, hablamos de un mal de muchos. En Europa, los incrementos de temperaturas medias para los plazos indicados, oscilan entre 1,5 y 3 ˚C según los países y en zonas tropicales las olas de calor están llegando a los límites de la resistencia biológica humana. En el ártico este acaloramiento –que va a un ritmo doble o triple que en el resto del planeta– está fundiendo los hielos a marchas forzadas, de modo que zonas habitualmente blancas muestran ahora paisajes terrestres donde se descubren esqueletos de animales extinguidos y de homínidos prehistóricos. Mientras los osos polares escapan como pueden, submarinos atómicos y rompehielos surcan zonas hasta hace poco impracticables y ya se piensa en rutas interoceánicas polares alternativas a las tradicionales de los canales de Panamá y Suez. Esa situación excita la codicia de las grandes compañías, que se preparan para explotar los recursos petrolíferos, gasísticos, minerales y piscícolas del Ártico, sin mayor preocupación por los efectos medioambientales. Rusia ya está construyendo allí una central nuclear flotante.

A estas alturas hay un consenso científico muy generalizado sobre la gravedad de la situación, expresada principalmente por el panel intergubernamental sobre cambio climático (IPCC), que funciona desde 1988 bajo los auspicios de la ONU, con respaldo de científicos y observatorios de casi todo el mundo. Dado que los acuerdos internacionales sobre emisión de gases de efecto invernadero (Kioto, París) no se están cumpliendo con el rigor necesario se cree que cabe hablar ya de catástrofe climática –si no presente, inminente– más que de mero cambio.

Es un gravísimo problema que ese consenso científico carezca de equivalente político. La administración Trump considera el asunto “un cuento” (an hoax) y de este modo se ve con las manos libres para continuar con un modo de producción y de consumo basado en el uso creciente de materias primas y energéticas, sean cuales sean. Toda una tropa de politólogos y publicistas “liberales”, en nómina directa o indirecta de las grandes compañías, se afanan en maquillar o negar la evidencia y pasan la contraofensiva hablando de “intereses políticos bastardos” detrás de lo que llaman “la religión corrupta del cambio climático”, de “alarmismo medioambiental”, de “tentación ecoautoritaria” y cosas semejantes. Eso dicen publicistas de El Mundo y de La actualidad económica, por hablar de los de casa, que son un poco más garrulos y faltones que los de fuera.

Mientras, el segundero del Doomsday Clock sigue avanzando hacia la medianoche.