Domingo, 15 de diciembre de 2019

La Posada del Silencio

Nada perturba en el silencio el reposo del corazón. En la posada del silencio, todo reposa, todo se posa y se remansa: el pasado, las expectativas, las cicatrices, las borrascas, las tempestades, las agitaciones, las dudas, las incertidumbres, las noches de oscuridad espesa, las amenazas. Todo se sedimenta, se asienta. Todo se remansa en la posada del silencio y recobra el ser inmaculado..

Padre Moratiel, La Posada del silencio.

 

 

Cuando se agotan todas las veredas y todos los caminos, siempre nos espera la posada del silencio.

No hay nada en la posada.

Nada hay en el desierto.

Nada hay en el silencio.

Sólo Dios es puro desierto, puro vacío, puro amor. El inefable, el innombrable. Si nombras el árbol te alejas de él, si nombras la mariposa se va de ti, si nombras a Dios te separas de Él. No cabe en las palabras, cabe en el silencio….

Una posada, la del silencio, donde te dice, entra, pasa, esta es tu casa, esta es tu patria, tu hogar.

Padre Moratiel, La Posada del silencio.

El verano es un momento especial para vivir el silencio. Es el momento de las vacaciones, del descanso, de la huida del calor refugiándose en la playa o en la montaña, de volver al pueblo o bien explorar esos lugares soñados. No hace falta acudir a un monasterio para hacer silencio, aunque también es un buen destino para el verano. El silencio no es un consumible más, es viajar a las profundidades de nuestro propio ser y, eso se puede hacer en cualquier lugar. Meditar es sentarse en silencio, es observar los movimientos de la propia mente. Observar la mente es el camino. Un camino que nos lleva a las profundidades del misterio. En el silencio y en el reposo, Dios habla en el alma y se expresa por completo en la hondura del ser.

Entonces descubriremos que el mayor obstáculo para descubrir el misterio no es el ruido, es el “ego”. Más allá del ego, en la vasta llanura de nuestro ser, desde la profundidad del silencio, se atisba ese gran Silencio. En esa hondura interior se hace digno destinatario de la presencia de Dios, misterio que nos habita donándose sin límites, sabiendo que Dios crea al hombre como el mar la playa: retirándose (Hölderlin).

Hoy más que nunca hay una necesidad del silencio, corporal, mental, afectivo, místico. Existen silencios que nos maduran, que hacen brotar las palabras más tiernas y más hondas, que nos permiten escuchar los susurros más finos. Heidegger nos recordaba que el silencio es una forma de habla, no es una mera ausencia de palabras, sino que forma parte de la estructura del comprender. Heidegger, al igual que Witgenstein quieren superar el logocentrismo y rehabilitan es aspecto poético y religioso del pensamiento, dejar que sea el ser el que de nuevo dirija la palabra y aprender a guardar silencio. Un silencio pleno que brota de la experiencia con lo inefable.

Posiblemente sea en el silencio donde se encuentran la poesía y el pensamiento. Paul Celan nos comentaba que en el hablar poético nos encontramos siempre en la pregunta de “dónde vienen” y “adónde van”, una pregunta que siempre queda abierta, ese lugar es el silencio. El silencio revela la experiencia impronunciable y por lo tanto nos lleva a lo más trascendente de la existencia.

El bueno de don Antonio Machado, identifica ese silencio con lo que está más allá y por encima del ser. El silencio remite al misterio, una realidad inabarcable, que transciende toda forma de objetividad. Solo Dios habla en el silencio de la soledad: No desdeñéis la palabra/ El mundo ruidoso y mudo, / poetas solo Dios habla....No, mi corazón no duerme/Está despierto, despierto/ Ni duerme ni sueña, mira/ los claros ojos abiertos/ señas lejanas y escucha/ a orillas del gran silencio. Desde ese silencio en el fondo del alma, resuenan aquellas palabras de San Juan de la Cruz, “una palabra habló el Padre, que fue su Hijo, y ésta habla siempre en eterno silencio, y en el silencio ha de ser oída del alma”.

La filosofía, la poesía, la búsqueda de Dios son los ingredientes de “La Posada del Silencio”. Un entramado complementario entre las diferentes racionalidades donde una se ilumina a la otra y a todos. El cristianismo primitivo se inculturó en el pensamiento griego, sacando sus principales categorías para expresar su pensamiento. Atenas y Jerusalén no son mundos contradictorios, más bien complementarios, ambos coinciden en proporcionar al ser humano una orientación sobre su propia realidad y de la realidad del mundo como un todo. Ambas son necesarias para una comprensión global del ser humano y saber su lugar en el mundo.

Otro elemento esencial es la búsqueda del silencio, necesario para abrirnos caminos hacia lo absoluto. El amante de la verdad siempre será un amante del silencio. Sentir la orfandad, ese desasimiento o epojé, donde uno mismo, el mundo y Dios tienen que ser abandonados para llegar a lo indecible, al misterio y a Dios mismo. El título del blog no es nuestro, lo tomamos prestado de una obra del Padre Moratiel, dominico y fundador de “La Escuela del Silencio”. Fue un gran predicador del silencio, un modo de hablar de la presencia de Dios que anida en el corazón del ser humano y de todas las cosas. Allí, en esas honduras del alma, cuando aflora el silencio, es cuando cambia el sabor de todo.

El Padre Moratiel se ordenó en el convento de San Esteban, donde también había realizado sus estudios teológicos. Desde su residencia en Salamanca, realiza su labor pastoral y predicación en diferentes pueblos de la provincia de Valladolid. También se le encomienda en Salamanca, como socio y ayudante del maestro, la formación de los estudiantes de Teología, cargo que desempeña hasta el año 1966. En ese año es asignado al convento de Santiago Apóstol en Pamplona. En el convento comienza con fieles laicos una serie de reuniones para preparar la liturgia dominical, reuniones que fueron dando paso a encuentros periódicos, que buscan vivir el silencio y en silencio, lo que ya pasaría a denominarse “Escuela del Silencio”.

El Padre Moratiel, recoge en su “Escuela del Silencio” la tradición dominica de la mística renana iniciada en el siglo XIII por el Maestro Eckhart y continuada por sus discípulos, fray Juan Taulero y fray Enrique Susón, también dominicos. La mística renana nos conduce al desasimiento interior, a “vaciarnos” de todo aquello que no nos deja entrar en la presencia de Dios en lo más profundo de nuestro ser. Esta mística será enriquecida por otras espiritualidades, sobre todo orientales, complementadas desde su saber filosófico y literario.

Una de sus obras llegó a mis manos, que se titulaba precisamente: “La Posada del Silencio”, su tercer libro publicado sobre el tema. En él nos ofrece una seria de aforismos y pensamientos sobre el silencio, agrupados en breves capítulos que arrancan de citas bíblicas muy seleccionadas. Cada capítulo viene acompañado con preciosos y delicados dibujos a plumilla realizados por Carmen Mª Hernández. Quieren ser textos vivenciales, inspirados en el corazón de tantas personas habitadas de silencio, acompañantes en el vuelo de esa aventura espiritual que es la “Escuela del Silencio”. Hacemos nuestro ese sentir del Padre Moratiel, y nos dejamos habitar por el silencio, para poder hablar con Dios y de Dios:  Mi posada es el silencio. Mi alcoba y mi descanso es el silencio. Mi paz, mi luz, mi patria, mi país, mi paisaje, es el silencio. Mi libertad es el silencio. Mi maestro, mi hogar es el silencio.