Domingo, 15 de diciembre de 2019

Pedos de las vacas y población

Resulta que ahora uno de los culpables del cambio climático es el ganado. Según los expertos (?), el 18% de los gases del efecto invernadero se debe a los pedos y las heces de las vacas. Tal cual. O sea, que tiene que haber menos reses y nosotros, en consecuencia, comer menos carne.

Bueno: es la última teoría sobre el calentamiento global, tan apocalíptica y surrealista como la mayoría y con su cuestionable rigor científico a cuestas.

En nuestro afán de no coger el toro  por los cuernos (nunca mejor dicho), los problemas del futuro de la humanidad los achacamos a todo tipo de causas, desde ecológicas hasta sociales, desde productivas hasta ideológicas y nos permitimos, incluso, ponderar la feliz Arcadia en la que viven los ignotos nativos de la amenazada selva amazónica, aunque ellos, si tuvieran una patera a mano, como sus colegas subsaharianos, saldrían cagando leches hacia la civilización y sus generosos subsidios.

En cambio, ignoramos lo evidente: que la humanidad se reproduce de forma exponencial y que el estrés al que estamos sometiendo al planeta con nuestra multiplicación indiscriminada lo está agotando. He aquí unos fríos datos: cuando yo estudiaba Bachillerato (hace bastante más de medio siglo), la población mundial era de 3.600 millones; ahora, de 7.500.

 Vamos, pues, a toda leche. Más aún si consideramos que hace dos siglos rondábamos los 2.000 millones y que a finales de este siglo seremos unos 11.200.

Para más inri, la avalancha humana que se genera no viene con el pan bajo el brazo, como en el antiguo refrán: crecen más las regiones más pobres (cuatro a uno); aumentan los viejos sobre los jóvenes, como consecuencia de la mayor longevidad, con una medicina más eficaz (y cara) y el coste de supervivencia de la especie se multiplica.

En este contexto, que ya previó Thomas Malthus hace dos siglos y fue considerado un extremista, el echar la culpa del agotamiento de la tierra a los pedos de las vacas me parece una frivolidad. Nos vamos al carajo, sí, pero lo hacemos con una alegría y una irresponsabilidad que sólo las guerras (¡ay!) podrían poner en su sitio.

Pero solucionar un problema con otro mayor es cosa de imbéciles, aunque lamentablemente todos los indicios apunten en ese sentido.

Enrique Arias Vega