Lunes, 16 de diciembre de 2019

Brillará tu luz en las tinieblas

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            San Martín, en las puertas de Amiéns, habiendo dividido su manto con un mendigo, ve aparecésele nuestro Señor, quien le dice: “Martín, me has dado tu manto”.

Mientras santa Isabel de Hungría cura a un leproso, he aquí que las facciones de este infeliz se transfiguran; en lugar del rostro roído por el mal horroroso, la santa y el Duque, su esposo, ven la Faz divina de Cristo que sonríe. 

            Con frecuencia nos pasa como a la primera Juana de Arco que pintó Peguy y que la dibujaba amargada y triste después de ayudar a los pobres, porque pensaba: “Yo estoy ayudando a este pobre, pero quedan millones sin socorrer, y además yo le ayudo hoy, pero ¿quién le ayudará mañana?” Hundida en estas ideas, Juana se sepultaba en el pesimismo.

            No cabe duda de que se necesita gran valor para mantenerse en la promoción y ayuda diaria al necesitado. Se nos caen las alas y enseguida desistimos de nuestros propósitos. Sin embargo, somos conscientes de que la religión verdadera consiste en no cerrar los oídos a lo que nos pide el Señor. “El ayuno que yo quiero es éste —oráculo del Señor: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo, y no cerrarte a tu propia carne. Entonces... brillará tu luz en las tinieblas, y tu oscuridad se volverá mediodía” (Is 58,6-10).

            El ser humano quiere vivir, respirar el aire, beber la luz, pero sobre todo quiere ser comprendido, ser amado, de amar, de una mano amiga que le sostenga y apriete en momentos de dificultad.  Los pobres, los miserables se sienten arrinconados, desgraciados, tienen dificultades para compartir y comunicarse con los demás. “¿De qué tiene necesidad el miserable para salir de su miseria? En primer lugar, no necesita dinero. ¡No sabemos lo que hará con él el alcohólico! No sé si habéis leído el libro titulado Le Dépotoir. Una mujer vivía en las cloacas de Sao Paulo. Habla de sus sufrimientos. Día a día cuenta sus experiencias de podredumbre, de muerte, de prostitución.  Es algo inquietante. Escribía su diario todos los días; alguien lo encontró y lo publicó. Empezó a ganar mucho dinero y dejó la chabola. Poco después repartió todo su dinero y volvió a ella. Y allí vive actualmente. Es Catalina María de Jesús. En el fondo, no era dinero lo que necesitaba.

            Al pobre y desamparado, le hace falta alguien que le de un poco de fuerza, un poco de dinamismo, algunas razones para vivir; que no apague, como dice Isaías, la “llama vacilante” de su vida que, de hecho, permanece, aunque muy escondida.

            Hay un poema bellísimo de E. E. Cummings que dice:

            “Dulcemente, dulcemente tu mirada más leve me abrirá”. La acogida del necesitado no debe ser, simplemente, un gesto de piedad, sino una presencia, demostrándole que él es importante.

            ¿Quién de nosotros no ha sentido empatía hacia los pobres, a las víctimas de una catástrofe natural, o  a los inmigrantes que quieren tocar tierra y no llegan, o a los heridos y muertos de una guerra? Pero la avalancha diaria de situaciones dramáticas, de noticias dolorosas y terribles que recibimos a través de los medios de comunicación y de las redes sociales, nos anestesian para sentir el sufrimiento de los demás. Es que nuestra capacidad de asumir el dolor ajeno parece llegar a su límite y, desgraciadamente, por otra parte, bastante dolor tenemos a nuestro lado.

            Lo cierto es que estamos, cansados, fatigados y agobiados por tanto sufrimiento de nuestra humanidad, porque, según afirman los entendidos, cuantas más malas noticias recibe una persona, más disminuye su capacidad de dar una respuesta empática. El cansancio emocional que sufrimos causa en nosotros miedo, incertidumbre y angustia por no poder dar respuestas al dolor humano, nos paraliza para atender a cualquier clase de necesitado.