Miércoles, 11 de diciembre de 2019

 1984 (1949 – 2019)

Han pasado setenta años desde la publicación de 1984, la novela de G. Orwell que se sigue editando una y otra vez; es una utopía, mejor distopía, que sigue siendo actual. La publica cuatro años después de Rebelión en la granja, que a su vez sigue siendo también actual después de tantos años y tantos supuestos cambios sociales y políticos.

Se encienden las alarmas al releer este relato de ciencia-ficción o mejor, de ficción política, porque se comprueba la capacidad profética y denunciadora de George Orwell y la incapacidad humana de reorientar la vida y el mundo.

Sólo destaco algunos ejemplos. Prevalece ya una neolengua, un vocabulario elemental que intenta reducir, con éxito y a la vez, la capacidad mental de quien lo utiliza, tanto si envía como si recibe. (Porfa, defiéndete poniendo cada acento en el Wasapp y mientras puedas no saques ningún emoticón, ¡usa palabras!, ese gran descubrimiento siempre actual).

Han sido eliminados los valores humanistas, la divergencia y la discusión política y social en los espacios intermedios entre el estado y los ciudadanos, la libre actividad y expresión de los contrarios, la interacción entre clases sociales, la accesibilidad del y al poder… y a la vez se busca la desaparición de la clase media, el adelgazamiento de lo privado, la independencia del individuo y su libertad de elección, los campos y grupos de pensamiento libre, etc. El Estado, y quien lo controla en cada caso –políticos, élites, ideologías, poderes económicos- lo son todo y el ciudadano es casi nada. Y peor para él si intenta lo contrario. La grave advertencia se convierte en lema de todo el relato: El Gran Hermano te vigila. Está claro y así queda a lo largo y ancho del relato y, en cierta medida, en la actualidad nuestra de todos los días.

Y no deja de ser curioso y sugerente que “los dos minutos d odio”, que en la novela se ofrecen a la gente (como tranquilizante social) para denostar e insultar a quien toque, se parecen demasiado a espacios digitales actuales que sólo buscan el apedreamiento y la descalificación en un facebook cualquiera o en el chat de cada día. Es lo mismo al fin y al cabo. Y el ciudadano descuidado y bien vigilado se dedica a ello con un ahínco admirable digno de mejor causa. Y hasta cree (siempre inocente él) que así ejerce su libertad.

Es inevitable recordar a la vez la obra de A. Huxley, Un mundo feliz, publicada años antes; habría que reunir en una, actual y seria, las dos advertencias que quisieron ser estos dos relatos proféticos en su tiempo.

Todavía están en vigor y nos sentimos avisados.