GALEANO

Claude Lanzmann, el director del impactante documental “Shoah”, hace años, presentó en Sevilla su postrera contribución: “El último de los injustos”. En el coloquio afirmó, que Hannah Arendt se había equivocado hablando de la “banalidad del mal”. Incluso, sugería cierta frivolidad al emitir tal juicio.

Creo que los dos juzgan tan inmensa tragedia humana desde perspectivas diferentes. Arendt pone su acento en la motivación y Lanzmann en el resultado. Arendt en los verdugos y Lanzmann en las víctimas. De alguna manera los dos llevan razón.

Los que torturan suelen ser personas desequilibradas, psicópatas. Los que mandan torturar, sin embargo, suelen ser cariñosos padres de familia, profesionales competentes, creyentes incluso. Ellos obedecen a los mandos superiores y así hasta la cúspide de una infame pirámide. Ascienden en el escalafón, perciben mejores sueldos, sus mujeres se codean en ámbitos sociales más selectos, todo vale. Ellos y ellas con un hemisferio actúan de una manera y con el otro de otra. Doctor Jekyll, señor Hyde. Siempre los peores especímenes humanos son los que aprietan el botón, los que dan las órdenes. A esos le siguen los que callan, no por miedo, por indiferencia. Arendt tiene toda la razón al denunciar la suprema banalidad de los motivos. A ser humanos, a ser “gente” como se dice por el sur del sur.

Lanzmann también acierta. La segunda guerra mundial se llevó por delante a setenta y cinco millones de personas y seis millones de judíos, gitanos y homosexuales. Unos impartían las órdenes y otros las cumplían. Un resultado, sin la menor duda, exento de banalidad. 

Aquella época, no tan lejana, nos persigue. Esos desmanes, en la actualidad, comienzan a cuestionar nuestro mundo ilusoriamente civilizado. El mal absoluto se manifiesta cuando el “otro” ha dejado de existir como persona y se canjea tal cualidad por beneficios económicos, razones de estado, nacionalidades, color de piel, creencias o ideologías del signo que sean.

Aquella época está volviendo. Existen seres humanos de primera, de segunda y de tercera categoría. Muy pocos son los que viajan en primera clase. La mayoría de los pasajeros lo hacen en vagones de tercera. A éstos, se les conocía como untermenschlich (infrahumanos), hoy como inmigrantes sin papeles, moros, negros o sudacas. También los blancos sin recursos, a mogollón, empiezan a hacerlo en tercera.

La banalidad. El cinismo de los políticos hablando de principios supremos. El de algunos jueces invocando al imperio de una ley imparcial. La hipocresía de los que predican la pobreza evangélica. La complicidad de los que silencian perversiones para no dañar a la institución. Igual da a qué partido pertenezcan o a qué confesión religiosa. Dichos que el común de los de a pie hacen “como si” en ellos creyeran. Entretanto, sus vidas están intensamente ocupadas en cómo sobrevivir y saben que esa monserga es falsa.

La responsabilidad. La responsabilidad por tantas víctimas. Eduardo Galeano las dedica un poema. Transcribo una parte del mismo: “Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada/ Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos/ Que no son, aunque sean/ Que no hablan idiomas, sino dialectos/Que no profesan religiones, sino supersticiones/Que no hacen arte, sino artesanía/Que no practican cultura, sino folklore/Que no son seres humanos, sino recursos humanos/Que no tienen cara, sino brazos/Que no tienen nombre, sino número/Que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local/ Los nadies, que cuestan menos que la bala que los mata”.

En el mundo hay dos clases de personas: las decentes y las indecentes. Los espejos no engañan. Uno se mira en uno de ellos y esa imagen devuelta le indica, con absoluta certeza, a que colectivo pertenece.