Jueves, 17 de octubre de 2019

Salgadela, la batalla que no se estudia en los libros de historia españoles

La paz definitiva entre los reinos ibéricos comenzó con este episodio, vivido a orillas del río Águeda en 1664

Monumento conmemorativo de la Batalla de Salgadela, en las inmediaciones de Castelo Rodrigo/ FCR

Durante los días 9, 10 y 11 de agosto se recreará en Castelo Rodrigo la batalla que el ejército portugués y el español libraron a las puertas de esta ciudadela y en las tierras llanas adyacentes el 7 de julio de 1664 y que ha pasado a la historia como Batalla de Castelo Rodrigo o Batalla de Salgadela.

Por éste y muchos otros acontecimientos y porque preserva el patrimonio material de otros tiempos, aquellos en que fue protagonista involuntario de la historia ibérica, Castelo Rodrigo forma parte de la red de doce Pueblos Históricos de Portugal.

Como consecuencia de la Batalla de Salgadela se produjo la contundente derrota del ejército español, comandado por el duque de Osuna que, aunque muy superior en hombres, caballería y artillería, fue sin embargo sorprendido por la osadía y la táctica militar de Pedro Jacques de Magalhães, Gobernador Militar de la Beira portuguesa en aquel momento. Pero todo había comenzado mucho antes.

Estas tierras, denominadas ribacudanas por encontrarse en los márgenes del río Côa, están  encuadradas por varios cursos de agua y varias sierras, componiendo un fértil valle que va desde el Côa, por el oeste, hasta el río Águeda, por el este, teniendo como límite por el norte, el Duero. Durante mucho tiempo fueron españolas, formando parte de la Extremadura Leonesa, hasta que por el Tratado de Alcañices de 1297, pasaron al reino de Portugal. Siendo una región de frontera, tuvo que soportar a lo largo de la historia sucesivas tentativas de conquista, reconquista, invasiones y pillajes, lo mismo que la comarca de Ciudad Rodrigo, en la otra orilla del río Águeda.

Todo ello la fortaleció, incluso, literalmente, porque la fortaleza de Castelo Rodrigo fue construida en el siglo XII con el objetivo de ser una atalaya defensiva del perímetro de frontera. Las murallas que envolvían la plaza fuerte estaban guarnecidas por trece torreones, de los que actualmente se conservan tres. Se accedía a la ciudadela por tres puertas: la Puerta del Sol, la de Poniente y la de la Traición. En la zona de la antigua alcazaba fue edificado el palacio de Cristóvão de Moura a finales del siglo XVI y principios del XVII, cuyas ruinas forman parte hoy de la imagen de marca de este pueblo.

Pero las circunstancias de su ubicación también enriquecieron su patrimonio, tanto material como inmaterial, convirtiéndola en una tierra hospitalaria y noble, que acogió a las tres religiones peninsulares durante siglos.

Romanos, árabes, judíos, cistercienses y peregrinos de Santiago

Situada en una zona de paso, por aquí trascurría la calzada romana que unía Mérida con Astorga pasando por la ciudad de Guarda. Durante siglos esta región estuvo bajo dominio musulmán y, tanto el Condado Portucalense como el Reino de León, tenían sobre ella el mismo derecho de reconquista. Fue asentamiento de una importe comunidad judía, ya que se ubicaba en el corredor comercial que unía las comunidades hebreas del litoral atlántico con las de la meseta castellana. Acogió a muchos judíos castellanos cuando fue ordenada su expulsión por los Reyes Católicos.

A finales del siglo XII se instalaron aquí unos monjes cistercienses, fundando el Monasterio de Santa María de Aguiar. Sus conocimientos en técnicas agrícolas propiciaron el desarrollo económico de estas tierras, que aún hoy vive en gran medida de la vid, el aceite, los almendros y otros frutales y cereales, cultivos introducidos por los monjes del Císter.

Castelo Rodrigo se sitúa en la ruta de uno de los caminos de Santiago, que atraviesa la península ibérica de este a noroeste. A partir de la Edad Media comenzaron a llegar aquí muchos peregrinos, por lo que contaba con un hospital para atenderlos y varias posadas.

Dadas estas circunstancias, siempre fue tierra de todos y tierra de nadie. Tuvo un papel importante durante los sesenta años en que Portugal perteneció a la corona española de los Austrias, entre 1580 y 1640, pues uno de los virreyes de Felipe II en Portugal era de Castelo Rodrigo. Y así, llegó el mes de julio de 1664, cuando, una vez más, Castelo Rodrigo se convirtió en protagonista de la historia a su pesar.

El duque de Osuna y Pedro Jacques de Magalhães

Los hechos que se recrearán durante los días 9, 10 y 11 de agosto entre los muros de esta ciudadela tienen su origen en la guerra de la Restauración, que comenzó una vez que Portugal recuperó su independencia de España, sin llegar con ello la estabilidad. Las ‘comarcas-espejo’ de Ciudad Rodrigo y Castelo Rodrigo fueron escenario de invasiones mutuas durante casi treinta años.

El 25 de junio de 1664 el duque de Osuna partió de la localidad salmantina de Ciudad Rodrigo con un ejército de 4.000 soldados de infantería, 700 de caballería y nueve piezas de artillería con la intención de conquistar Castelo Rodrigo. La fortaleza estaba defendida por apenas 150 soldados dirigidos por António Ferreira Ferrão, pese a que era una de las plazas más importantes para la defensa de la región de la Beira.

Los españoles se concentraron en las llanuras existentes a los pies de Castelo Rodrigo, situado en un montículo a 900 metros de altitud.

Pedro Jacques de Magalhães, Gobernador Militar de la Beira, que se encontraba en ese momento en el frente de Valencia de Alcántara, partió inmediatamente para tomar el mando de la situación, junto con 2.500 soldados de infantería y 500 de caballería, todos cuantos pudo disponer. Llegaron a Almeida el 5 de julio de 1664.

El día 6 de julio salieron hacia Castelo Rodrigo, bordeando la sierra de la Marofa por la ladera que los españoles habían dejado desprotegida. Una vez en lo alto de la sierra que se alza frente al pueblo amurallado, Pedro Jacques de Magalhães observó la situación enemiga y planeó la táctica del ataque. Al amanecer del 7 de julio de 1664 un ejército motivado avanzó contra las tropas españolas. Levantando un estruendo infernal de clarines, timbales y tambores, sorprendieron al duque de Osuna, que juzgó al ejército portugués mucho más numeroso de lo que en realidad era, ordenando prender fuego a las trincheras y retirarse. El ejército español, confuso, intentó una huida precipitada por las arribes del Águeda hacia la frontera española. La persecución acabó en las llanuras cercanas a Mata de Lobos, donde se produjeron numerosas muertes y muchos soldados españoles fueron hechos prisioneros.

La tradición oral contribuyó a magnificar la hazaña militar, sosteniendo que los campos quedaron yermos durante décadas debido a la gran cantidad de sangre vertida sobre ellos, cuya sal los esterilizó. Por ello, el lugar y la batalla pasaron a la Historia con el nombre de Salgadela. Fuese por eso o por la superstición, la población rechazaba sembrar unas tierras donde se había producido tal horror.

El comienzo de la paz entre España y Portugal

Este territorio continuó siendo inseguro y víctima de asaltos todavía durante un tiempo. Tanta inseguridad y pobreza hizo mella en la resistencia de sus pobladores y estas tierras se sumergieron en un prolongado periodo de despoblación.

La Batalla de Salgadela, o Batalla de Castelo Rodrigo, fue el principio del fin del conflicto entre España y Portugal, el comienzo de una duradera etapa de paz que se mantiene hasta nuestros días. Lo que se conoce de ella viene principalmente del lado portugués, dado que en España está poco documentado este episodio y las relaciones ibéricas que lo propiciaron. En el Monumento a los Restauradores en Lisboa encontramos una alusión a esta batalla, por su contribución a la identidad de Portugal como nación.

Durante los días 9, 10 y 11 de agosto, Castelo Rodrigo revivirá estos hechos, recreando los pormenores de la táctica militar empleada por ambos bandos, así como las circunstancias y usos de la época. Habrá vestimenta al estilo del siglo XVII para todos aquellos que deseen acompañar desde dentro la representación.

Estas tierras ribacudanas, unas veces españolas, otras portuguesas, intentaron mantener la coherencia en unos momentos históricos en que eran objeto de la soberbia ambición de dos reinos. Antepusieron el pragmatismo de la vida cotidiana a las leyes, siempre cambiantes, relacionándose de muchas formas con el vecino de al lado.

Además de ser uno de los doce pueblos históricos de Portugal, Castelo Rodrigo fue considerado en 2017 una de las ‘7 Maravillas de Portugal’ en la categoría de pueblos auténticos.

Quien desconozca esta historia, podrá conocerla en Castelo Rodrigo durante los días 9, 10 y 11 de agosto, contada por sus propios protagonistas de forma teatralizada.  Quien ya la conozca, la revivirá. Una historia local e ibérica, pero con repercusión internacional, cuando el imperio de ambos reinos se extendía por medio mundo.