Lunes, 16 de diciembre de 2019

Las alas en dos ruedas a pedales

Alzar los brazos antes de cruzar una línea y dejar que las ruedas sigan solas, con el cuerpo encima, en equilibrio, sin desviación alguna del manubrio y ganar. Llegar varios segundos antes. Entrenar un día sí y otro también, hasta que las llantas se convierten en el vuelo de los brazos extendidos y la frente es besada por el sol en ese punto en donde todos celebran. Darse cuenta, después, de la proeza, con el cuerpo convertido en un águila a fuerza de alzarse de noche a encender el motor de sus músculos.

Tiene las pantorrillas duras y una firmeza de bambú en los brazos. Dice que amaba la bicicleta, que lo único que hacía todos los días era pedalear y querer pedalear. Frente a él había montaña y había la niebla de un sol dormido. Frente a él había una casa de muros sin refuerzos, una intemperie con hambre, el fogón preocupado de una madre que tenía que fiar lo de comer y, también, la decisión irrebatible de una infancia sin frenos: quería llegar hasta la altura del nido del cóndor, quería aprender a respirar el último resquicio de oxígeno, allí, en donde faltaba el aire, en esa aguja de mundo, en la cumbre de un vértice de tierra ceñuda por el peso de un silencio de siglos.

A veces los veíamos. A otros como él, que también pedaleaban. Lo hacían sierra arriba, situando su equilibrio entre la línea blanca de la ruta y el abismo. Los coches les pasaban por el lado y, cuando íbamos nosotros, decíamos «allí va Lucho Herrera» y les hacíamos adiós. Sentíamos por ellos tanto amor, parecían extraterrestres, con la nariz cubierta por la manta y ondulando el peso de su ascenso a contrafrío. «Allí va Lucho Herrera, ¡Lucho Herrera!», gritábamos los niños, sin comprender todavía que Lucho, el jardinerito, era el héroe mejor (era esperanza) en esa guerra del país sobre la que su heroísmo se alzaba.

Me maravillaban. Crecí en una esquina de mundo que está llena de ciclas (así les decimos allí a las bicicletas) y tengo la impresión de que nos forjan el carácter. En la cordillera, el terreno está lleno de escollos y hay que navegar a dos ruedas, a veces por caminos de mula, para llegar de un lugar hasta el otro. Los domingos, en Bogotá hay ciclovía: las vías principales de la ciudad quedan cerradas al tráfico de coches para que todos saquemos la bici y vayamos, así, a nuestras anchas, a lo largo de ciento veinte kilómetros.

No parece difícil, entonces, contestar cuando alguien me pregunta por los escarabajos (en Colombia se les llama escarabajos a los ciclistas de montaña y de ruta, por causa, como no, de García Márquez). Nuestra infancia estuvo articulada por la ilusión de ver ganar a Lucho Herrera, número uno de la Vuelta a España en 1987. El jardinerito nos regalaba razones para celebrar: un hombre que entrena la fuerza de sus piernas hasta ser más veloz que su mejor tiempo en ascenso, un hombre que se cae y se levanta y muchas veces, hasta superarse a sí mismo.

Cuando un cuerpo pedalea tantos kilómetros en un tiempo inverosímil y anuncia, así, que tal hazaña es posible, los demás se contagian del impulso: Martín Emilio «Cochise» Rodríguez, Alfonso Flórez, José Patrocinio Jiménez, Fabio Parra, Rigoberto Urán, Santiago Botero, Fernando Gaviria, Oliverio Rincón, Cacaíto Rodríguez, Chepe González, Félix Cárdenas, Mauricio Soler, Harrison Pantano, Nairo Quintana, Egan Bernal. A su lado, la bicampeona olímpica de ciclismo BMX, Mariana Pajón Londoño. Todos ellos han rasgado la bruma en las madrugadas de los picos de una dificultad que cruje.

El pasado 28 de julio, Egan Bernal se paró en la cima del Tour de Francia y el murmullo del mundo dijo «Colombia» y, también, empezó a felicitarme. Pero no soy yo quien ha volado, han sido ellos, cómo te sientes, me preguntan y, entonces, lo pienso. Pues resulta extraño celebrar en nombre de un lugar en el que ha nacido un atleta y que, por azar, es el mismo lugar en el que has nacido tú, ¿no te sientes orgullosa?, me preguntan y contesto, con cierta timidez, que sí. Me siento emocionada, sobre todo, por haberlos visto perforando la niebla con el sudor y el hambre de tres días salpicándoles el cuerpo, enfebrecidos por el sueño de poder elevarse.

Embelesada, sí, por saberlos entrenando contra las previsiones del tiempo y en la más estricta ausencia de oxígeno. Inspirada al recordarlos (a otros como ellos, y por miles) sobre la hierba vertical de una ladera, en actitud de oración a la gran madre, concentrando su mirada en esa cumbre y diciendo «sí. Voy a llegar».

Hace cuatro días Colombia tiene un campeón del Tour de Francia y me pregunto si hay algo en ese triunfo que, de verdad, yo sienta mío. Recuerdo, entonces, la montaña: la cordillera de los Andes nos ha entrenado el corazón de manera parecida, su altura nos libra de arrogancia, sus trochas nos obligan a insistir. Superada la crudeza del ascenso todo está, todavía, por descubrirse. Pero sabemos que ya ha sido posible. El héroe ha abierto el camino. Y ha soltado el manubrio antes de cruzar la línea y ha volado, a brazos extendidos, con el oro del sol naciéndole en la frente. Rebosante de amor y de futuro.

Salamanca, 2 de agosto de 2019