Viernes, 4 de diciembre de 2020

Soy feminista

El 8 de Marzo de 2019 pasará a los libros de nuestra Historia como el día en que las mujeres de España salieron en 120 ciudades y las pararon para hacerse visibles. Seis millones de trabajadoras -con el apoyo de algunos trabajadores- hicieron el milagro de que el mundo mirase a este país con asombro. Y en algunas ciudades de fuera  se siguió su ejemplo.

Por primera vez en siglos, España fue territorio pionero, lejos ya la monserga alentada por los Torcuatos en las escuelas y por los obispos desde los gobiernos, de ese esperpento como reserva espiritual de Occidente.

El 8 de marzo de 2019 fue un día de gloria que desde la emoción yo enlazo con aquella terrible resistencia donde  129 trabajadoras murieron quemadas en la fábrica Cotton Textile Factory, en Washington Square, Nueva York. Los dueños de la fábrica habían encerrado a las trabajadoras para forzarlas a permanecer en el trabajo y no unirse a la huelga que 40.000 costureras de la ciudad habían iniciado por  la igualdad salarial, la disminución de la jornada laboral a 10 horas, y un tiempo para poder dar el pecho a sus hijos. Y el propio dueño, desbordado por la razón y el despecho, prendió la mecha.

También fue en marzo cuando se promulgó en España la Ley de Igualdad. Fue en 2007, pero tengo que decir como descargo de conciencia que cuando el ministro que durante meses trabajó a destajo sobre el texto que luego aparecería en el BOE, entre el rastro de castañares y calderetas, yo me opuse. Les ponía yo ante una situación falsa, sin saberlo. Alegaba que no se podía poner azudes en el río de la mujer, para mí ya imparable.

Estaba equivocado. Porque veníamos de este Cotton Textile Factory en 1908 y no habíamos avanzando lo que yo creía. Un férreo feudalismo resistía al paso de las civilizaciones y las conquistas, y el hombre no sólo ejercía el abuso de poder sino que no había soltado la presa del dominio laboral, familiar, sentimental y político.

Alto y claro: yo soy feminista por todo esto. Y, sobre todo, porque no entiendo que se pueda ser otra cosa.

Pero para que quede claro y no me pare en un enunciado vaporoso, digo también que soy feminista y mujeriego. Porque me gusta mucho relacionarme con las mujeres donde habita un mundo emocional y una riqueza sentimental distintos. Aborrezco la palabra conquista y se la cedo gratis total a los señoritos andaluces, así que ya puede ir borrando la RAE esa definición que  atañe a mi feminismo  como una patología por la que he derivado bajito, débil, enfermo, y con un cuerpo escasamente masculino y bastante feminizado. Han pasado casi dos siglos desde que el estudiante francés de medicina, Ferdinand-Valérie Fanneau de la Cour, lo utilizó en su tesis.

Así que ya se puede poner manos a la obra Santiago Muñoz Machado (vaya, otro hombre presidiendo la RAE. La misoginia del templo del idioma es escandalosa: de los 46 miembros, solamente 8 son mujeres).

El ser feminista no quiere decir que esté de acuerdo con todas las feministas de este país, al menos en algunas manifestaciones viscerales que no suman nada sino todo lo contrario. Me pone mal estómago la vulgaridad. Por eso cualquier discurso de una feminista que empiece con los genitales en la boca me parece un tiro en el pie. Y una pequeña  ruina para todo un movimiento social imparable.

Porque yo creía hasta hace poco que nos salvábamos por los jóvenes o nos íbamos definitivamente al pozo de los suicidas. Ahora sé que la puerta de salida del laberinto está en la ira de las mujeres, esa que nos alumbró a todos el 8 de marzo de 2009.

El feminismo, como toda revolución o todo sentimiento, no es totalmente excluyente. La experiencia nos dice que la vida de todos es muy compleja. Y sin llegar al mito de Fedra, como le pasó a Lilian, la mujer del rey Leopoldo belga  tan atareado en el genocidio del Congo que no se enteró de que ella ejercía de amante carnal de su hijastro Balduino a quien dejaba notas como “Soy tuya” y cosas así, dentro de mí conviven el compromiso y el inevitable hedonismo por la belleza femenina.

Para no liarme: quiero repetir otra vez más que soy feminista y mujeriego. Y ni estoy loco ni tengo que renunciar a ninguna de las dos condiciones. Voy donde me lleva el deseo. Y a lo hora de las precauciones, tengo tanto pánico a un heredero que quiere prohibir el marxismo en España como a esa walkiria de buena familia que enviaron a reconquistar Cataluña.

Amor libre, miedo libre.