Jueves, 29 de octubre de 2020

El espejismo de la distracción

Guardaos de la codicia; aun en la abundancia, la vida de uno no está asegurada por sus bienes

Lc. 12, 15

 

Hay que ver en el capitalismo una religión, es decir, el capitalismo sirve esencialmente a la satisfacción de las mismas preocupaciones, suplicios e inquietudes a las que daban respuesta antiguamente las llamadas religiones.

Walter Benjamin

Después del “eclipse de Dios” parece que todo lo invade el mercado, el consumismo y el dinero. Muchos ponen en el dinero toda su apuesta y todo su ser, más allá de la necesidad. El dinero no es el salvador del mundo, Jesús advirtió que era “el tirano del mundo” (Jn 12, 31) y el origen de muchos males. El imperio del dinero o mejor del capital, es posiblemente el mayor adversario del proyecto humanizador de Dios, busca a toda costa maximizar sus beneficios y oculta los sufrimientos que genera en cientos de víctimas.

Nadie niega que el dinero es necesario, tanto como la comida o el agua. Estamos hablando de la idolatría del dinero, que comienza cuando se tienen las necesidades cubiertas y nos empeñamos en acumular más. La codicia es la carcoma y la polilla que acaba con todo, incluso con lo más guardado y sagrado, ya que en ella queda atrapado el corazón, “donde está tu tesoro, allí está también tu corazón” (Mt 6, 21). Es el mayor enemigo de Dios, ya que es el mayor enemigo de la igualdad de los hombres, como comenta González Faus, es Omnipotente y cada vez más invisible. Con esos atributos casi divinos, parece que en la sociedad en la que vivimos, después de Dios…, el dinero.

En nuestra sociedad neoliberal, el dinero se ha convertido en el gran ídolo que para subsistir necesita cada vez más víctimas, deshumanizando a todos aquellos que le rinden culto. El acaparamiento, el consumismo, la posesión, escalar puestos en el estatus social, el individualismo, la competitividad, van asociados al dinero. Nos ha hecho esclavos del sistema, consumimos sin control y todo es consumible. Vivimos un exhibicionismo consumista que necesita vivir nuevas experiencias afectivas y sensoriales, afectado por la enfermedad del cansancio, perdiendo libertad y capacidad de decidir.

Un imperialismo capitalista siempre en transformación, enfrascado en aumentar sus riquezas. Cada vez, más consumo, más bienestar, más tecnología, más petróleo, más poder, un deseo insaciable de bienestar que tiende a controlarlo todo. Producir y difundir en abundancia toda clase de bienes para el mercado, pero generando profundas crisis económicas y sociales, desigualdades y pobreza, así como grandes catástrofes ecológicas.  La “era del vacío” se presenta como trituradora de todo elemento ético, cultural, artístico o humano que pueda oscurecer la rentabilidad del dinero, que es un fin en sí mismo.

La historia del capitalismo, nos ha demostrado, que tiene su propia dinámica y siempre nos lleva a procesos de acumulación de capital que se concentra cada vez en menos personas. Hay una relación inseparable entre el capital y la desigualdad. Su desarrollo desbocado nos lleva a desigualdades económicas, sociales y culturales cada vez más agresivas y brutales. El ser humano está desapareciendo del horizonte con sus dramas y sus miedos, siendo ocultado por las estadísticas y las frías cifras. Los mercados financieros son grupos anónimos abstractos, con mucho poder, imposibles de ubicar, fuera del alcance de las instituciones públicas y de los políticos, que han perdido su control (Bauman).

La humanidad nunca ha tenido tanta información como ahora, pero permanece en una “distracción constante”, olvidando nuestra propia dignidad y la dignidad del mundo. Vivimos en un fundamentalismo del crecimiento económico con las falsas creencias para salir del abismo: como que “el crecimiento económico es la única salida para afrontar los retos de la globalización” o “el consumismo es la vía para conseguir la felicidad” (Bauman). Pero en vez de crecer en conciencia y búsqueda de la dignidad, consumimos distracciones y apariencias.

Frente al sentido comunitario y solidario del compartir y la reciprocidad, el capitalismo ha introducido un individualismo feroz y un egoísmo a ultranza; frente a los valores de la honestidad, de la autenticidad y de la trasparencia, el capitalismo defiende, bajo la capa del progreso, la doble moral, la hipocresía, la corrupción, el silencio bancario, los paraísos fiscales o el blanqueo de dinero (Nicolás Castellanos).

Jesús critica esa realidad de acaparar y poseer más de lo necesario, ya que nos hace vivir despreocupados de todos aquellos que nada tienen. La riqueza, nos recordaba Juan Crisóstomo, nos daña, no porque oscurezca nuestra inteligencia, sino porque nos separa de Dios. La esclavitud del dinero nos hace olvidar nuestra condición de hermanos y nos lleva a romper la solidaridad con los otros. Jesús considera una verdadera locura la vida de aquellos terratenientes ricos de su tiempo, obsesionados por almacenar sus cosechas en graneros cada vez más grandes, de consagrar las mejores energías y esfuerzos en adquirir y acumular riquezas. Esos ricos estaban malgastando su vida, ya que estaba vacía y los imposibilitaba para construir el reino de Dios y su justicia.

El ser humano no solo necesita dinero, no solo de pan vive el hombre. Necesita también cultivar el espíritu, conocer la amistad, experimentar el misterio de lo trascendente, agradecer la vida, vivir la solidaridad. Hoy más que nunca es necesario proponer una “cultura samaritana”, promover los valores del amor y la misericordia como servicio prioritario a las víctimas, a los más débiles y más pobres. No se trata de beneficencia, sino de compromiso social y político donde se vivan los valores del Reino de Dios y muestren su carácter humanizante y salvador.  La solidaridad como planteamiento global a todo el sistema injusto en el que estamos inmersos, buscando caminos para mejorar, reformar y defender los derechos más básicos del ser humano.

Pero también, rescatar el Evangelio como anuncio de una vida en abundancia, en plenitud para las personas y para la comunidad, que al mismo tiempo es la experiencia de la abundancia del corazón de Dios. La compasión y la misericordia que buscan la justicia, es la expresión más digna para vivir la experiencia cristiana en la era del nihilismo y de la globalización.