Emociones y sentimientos

En estas postrimerías de un mes de julio atípico, con los pueblos inmersos en sus fiestas locales, puedo aseguraros que mí animo se ve abocado a varias sensaciones de nostalgia, recuerdos,  emociones-y muchos sentimientos.

Me encuentro aún sólo en la parcela y me extraña que el señor Manuel no “haiga” venido aún; y yo estoy deseoso de preguntarle ¿Señor Manuel?... ¿Se acuerda usted de cuando en el pueblo se decía “haiga” a la menor oportunidad? Y es que no he podido menos de extrapolarme hasta aquellos tiempos, afortunadamente lejanos (pero ¡ojo! con atisbos de volver como dicen las encuestas sobre Educación actual), en que se hizo popular aquel “cuando haiga venio” dicho sin maldad pero con poco acierto y mucho desconocimiento. Más tarde, el ingenio popular lo “hizo suyo” y traslado ese “haiga” para definir la sorpresa, cuando aparecieron aquellos cochazos americanos, los haigas, que eran de lo más, de lo más del mundo mundial…. 

Y llega el señor Manuel sofocado como siempre y seguramente deseoso de que yo le haga esas preguntas inesperadas o le cuente esas historias, más o menos creíbles, de las que afortunadamente soy “sabedor” y en muchas de ellas protagonista directo. Y hoy no será una excepción; ya que el pasado 26 de julio tuve la gran fortuna de poder estar en el homenaje de un personaje singular y me atrevería a decir… que único. Homenaje que las buenas gentes de mí pueblo adoptivo (a mucha honra) de El Cerro le ofrecían a Don Pedro Calama… sacerdote que ha sido de este extraordinario rincón salmantino durante muchos años.

¿Cree usted en el Destino, señor Manuel?

Ya lo creo. (Con rotundidad manifiesta). Te puedo contar que en mí época de “cuidador de ovejas” o sea pastor; una tarde de fuerte tormenta veraniega me refugie al amparo de una frondosa encina  que estaba en un altozano. Pero dado que había dejado el macuto en el que llevaba la merienda en una tapia cercana, como entonces  me encontraba ágil y podía correr, me acerqué para recogerlo y ponerlo a recaudo. En ese momento un rayo se abatió sobre el árbol donde yo estuve y lo dejo pulverizado… ¡Como para no creer en el Destino!

Me vale la contestación del señor Manuel.   Aunque yo en el tema del homenaje a Don Pedro, un personaje tan singular, quería significar, qué: “Cada ser tiene su espacio vital. Este le da derecho a vivir, pero su existencia sólo puede tener la utilidad que le corresponde de la totalidad de la creación, si él por su parte es capaz de llenar por completo los fines para los cuales ha sido creado.” Y llegados a este punto, puedo asegurar y aseguro, qué: “Don Pedro Calama ha cumplido con creces en su larga vida… todas las premisas que se pedían. Pero añadiendo a la lista muchas más y cada una de ellas mayor ponderada. Y adjuntando muchos recuerdos, emociones y sentimientos…

Muchos sentimientos, señor Manuel, que estoy seguro (pues también los he sentido), que Don Pedro aportó para poder llevar a cabo todas las realidades que ha conseguido en el desempeño de su sacerdocio y en su vida particular; pero tuvo que hacerlo en perfecto binomio estando unido y viviendo en un pueblo, también singular, como lo es El Cerro, sus gentes, sus paisajes increíbles, sus silencios infinitos y sus fuentes inverosímiles… “Sea mi voz una fuente, un manantial de palabras, un surtidor de colores que brote de mí garganta para cantar sentimientos, para cantar la romanza, para cantar en mí tierra la canción que canta el agua. Que mí voz cabalgue al viento, que trepe por las montañas, que pase sobre la vega como el rocío del alba, que suba por los tejados y pase por las ventanas, como un ladrón sin permiso, hasta la esencia del alma, para que pueda narrar las historias no contadas, para que pueda mostrar con mis humildes palabras las raíces escondidas desde donde nace el agua”. (Jacinto FRADES).

Se ha quedado usted de “un aire” señor Manuel, y no me extraña: “Don Pedro Calama, El Cerro, sus buenas gentes, silencios infinitos, paisajes inolvidables, nostalgias, recuerdos, emociones y muchos sentimientos, esencia del alma, raíces escondidas, humildes palabras”… ¡Ahí es nada!... Don Pedro Calama.

Don Pedro ha tenido la suerte de  estar a caballo de dos épocas bien distintas en su sacerdocio. La estricta y de riguroso cumplimiento y prohibiciones. Y la otra, la actual, de libertad excesiva y casi de pasar de todas las limitaciones que tuvimos, Don Pedro, usted señor Manuel y yo.

Eso fue en otro siglo.

Sí, señor Manuel, pero tenía “su aquel” entre lo humano y lo divino. Y ya para terminar quiero contarle que pude sentir la verdadera empatía entre las gentes de El Cerro y Don Pedro durante el trascurso de la misa concelebrada y sobremanera en el sermón final, cuando con voz potente a pesar de sus 91 años de edad se despidió. Allí se palpaba dicha empatía señor Manuel: “Pues uno de los elementos definitorios del ser humano es nuestra capacidad de preocuparnos por los otros”… y en la Iglesia de El Cerro se “tocaba” esa empatía mutua.

Luego vinieron los abrazos, los besos, las placas de reconocimiento en forma de Plaza: De Don Pedro Calama 2019. Otra de agradecimiento por los 60 años de sacerdocio en el pueblo. La placa de las buenas gentes del lugar recordando que él “pasó por allí y dejó su impronta de hombre bueno y cabal en el ejercicio de su sacerdocio”.

Ya lo he dicho antes; Don Pedro Calama y las buenas gentes de El Cerro. Las buenas gentes de El Cerro y Don Pedro Calama… emociones y sentimientos. Ello tuvo lugar y yo tuve la suerte de ser testigo fedatario de ello. Pues eso.