Lunes, 28 de septiembre de 2020

Señor, enséñanos a ser alegres

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Los discípulos le piden a Jesús que les enseñe a orar. Y yo diría que nos enseñe también a ser alegres.

No cabe duda de que el que es capaz de cambiar la tristeza en alegría, ha resucitado, ha pasado a una nueva vida. La risa es una de las grandes fuerzas transformadoras que el Dios de la vida nos ha regalado.

            El evangelio comienza con una inmensa alegría: anuncios, promesas, milagros, llamadas, una continua maravilla. Todo el mundo está trastocado: Isabel, la estéril, da a luz; Zacarías, el incrédulo, profetiza; la Virgen es ahora madre; los pastores charlan con los ángeles; los magos dan todo lo que tienen. Simeón ya no tiene miedo a morir. 

            Cristo nos ha entregado su alegría. Nos ha dicho: Os doy mi gozo. Quiero que tengáis mi propio gozo, y que vuestro gozo sea completo (Jn 15,11). Somos depositarios del gozo de Cristo. El cristiano tiene que vivir en el gozo permanente.

            Debemos guardarnos de la tristeza como de una gran peste. No debe entrar jamás en la mente ni en el corazón. La tristeza nos hunde, nos arrincona, nos frena, nos encierra en nuestro egoísmo. Un Padre de la Iglesia decía: Sólo existe un medio para curarnos de la tristeza: dejar de amarla.

            Hay dos cosas que Cristo reprochó especialmente a sus apóstoles: el temor y la tristeza.

            La sonrisa y el buen humor son grandes dones. Para andar por la vida necesitamos amplias dosis de buen humor. “Necesito humor para seguirte, Señor, para creer en las Bienaventuranzas, para amar y perdonar a todos. Necesito fuertes dosis de buen humor para ser sal, luz, fermento... Dan ganas de no poner ya más sal a la ‘cosa’. Dan ganas de dar un gruñido y marchar. Pero Tú no quieres seguidores gruñones ni entristecidos. No es posible ser buen cristiano sin buen humor. El mal humor no es buen conductor de la Buena Noticia” (Damián Iguacén).