Jueves, 13 de agosto de 2020

De los delitos y las penas

"Sigue obstaculizándose en España la necesaria superación institucional de cierta actitud servil hacia medievalismos, oscurantismos, clericalismos, militarismos y otros “ismos” de la reacción y el miedo"

“Vuestra técnica respiratoria está perfectamente a punto. Gritones falsos patriotas, judíos capitalistas, bufones, marionetas, proletarios, rostros pálidos, francotiradores, fracasados, lacayos, inútiles, fardos, ladillas, meritorios, vergüenza pública, parásitos, caras de rata, vosotros, empollones.”
PETER HANDKE, Insultos al público, 1966.

De nuevo de tapadillo en la prensa, y como si ya nos estuviésemos acostumbrando a la peligrosa papanatería moral de que hace gala este país, vuelve a dejarnos fríos e indiferentes la noticia de que un fiscal pide cárcel para un tuitero por sus comentarios, que en este caso se refieren a que durante las jornadas de intento de rescate, el pasado mes de enero, del niño que cayó en un pozo en Totalán, el tuitero publicó comentarios “ofensivos” y “claramente despreciativos hacia la dramática situación que estaban viviendo el menor y sus progenitores”. La pena que la fiscalía solicita para este comentarista es de 18 meses de cárcel por hacer en una red social comentarios “burlescos” (sic) y “humillantes” realizados durante el rescate del menor Julen Rosellón, además de solicitar que se prohíba al imputado el uso de las redes durante el tiempo de la condena.

La lectura de esos “comentarios” del ahora imputado (que no se reproducirán aquí), realizados en Twitter durante los cinco angustiosos días que duró el fallido rescate del niño malagueño, deleznables y rechazables todos ellos por su desalmada crueldad, pueden en efecto herir la sensibilidad, también cierta instancia de la “tranquilidad”, de millones de personas, o pueden hacer que su autor reciba de la mayor parte de la sociedad el más absoluto desprecio, pero de modo alguno pueden ser motivo de reproche penal ni considerarse delito, porque tanto su contenido como cada una de sus expresiones han de ser consideradas dentro de la libertad de opinión, que es la de expresión, que por mucho que repugne su ejercicio en ciertos individuos, debe estar garantizada con solo las limitaciones lógicas que las leyes contemplan, y no por la ofensa a sentimientos de tipo personal en una situación particular de personas determinadas, como ha sido el caso del malogrado niño Julen, por mucho que la atención mediática que suscitó el caso haga parecer que con el desprecio, mal gusto y hasta mediocridad mental que destilan los comentarios del tuitero mencionado, se está causando algún tipo de mal social generalizado perseguible por la Justicia. Y no es así.

Acostumbrados al rosario de denuncias, y condenas, que en este país se suceden por “delitos” tan evanescentes como las ofensas personales a “sentimientos religiosos”, “los símbolos” o “las costumbres”, propiciadas por los restos del numantinismo moral y la ética particular de unos pocos, sigue obstaculizándose en España la necesaria superación institucional de cierta actitud servil hacia medievalismos, oscurantismos, clericalismos, militarismos y otros “ismos” de la reacción y el miedo. La admisión de la denuncia contra la actividad “burlesca” del necio tuitero en el caso comentado y, sobre todo, la calificación otorgada por la fiscalía, abunda en el peligrosísimo retroceso en libertades que España está experimentando en los últimos años y que, a la vista de ciertos recientes pactos, compromisos de gobernanza y propuestas políticas, irá en aumento asfixiando y taponando los pocos resquicios que van quedando en este país de auténtica libertad y derechos humanos.

Hoy, que en una España institucionalmente amedrentada, adocenada y cobarde, y socialmente indiferente y laxa, sería imposible la publicación de ciertas obras artísticas de punzante crítica o epatante contenido; ahora que entre nosotros es impensable la expresión de muchas ideas vanguardistas o de creación alternativa; en este tiempo barato en que la burla, la mofa y el escarnio ni se entienden, y que se ha vuelto inviable la realización de proyectos rompedores o la existencia de movimientos alternativos culturales o la expresión de ideas de cuestionamiento radical de lo consabido, o que el caramelo de lo “correcto”, “lo que debe ser” y una sensiblería pacata, temblona y de fachada  ha engolosinado, taponado y anulado la capacidad crítica, hoy es preciso defender con más fuerza la libertad de expresión y negarse a admitir como delito lo que no es más que el libre ejercicio de un derecho inalienable. Aunque a veces repugne su expresión.