Lunes, 28 de septiembre de 2020

Juana I reina de Castilla la Loca (1504-1555)

A la reina Juana la casaron por poderes sus padres a los catorce años con un flamenco funambulero llamado Felipe, que por Borgoña tenía fama de guapete y follador, y arropándose en su timidez y melancolía la facturaron por barco para Flandes. Acostumbrada a celebrar una única fiesta anual por San Roque, cuando se soltaba la melena y se comía ella sola un cucurucho de almendras garrapiñadas, Juana al llegar descubrió las juergas diarias de aquellas tierras y el amor de la experimentada mano de Felipe, y se enamoró perdidamente de él.

  -¿Quién la puede culpar?

Mas resultó que el tal Felipe además de hermoso y salido era un cabrón, y no porque le pusiera los cuernos a la reina con sus damas, con las mujeres del servicio y con cualquiera que fuera joven y tuviera faldas, sino porque era un maltratador que pegaba a su mujer en público y en privado, con lo que a la reina Juana, entre palizas y amores, se le terminó de ir la cabeza.

Bien conocía doña Isabel el estado mental de su hija, pero una madre es una madre y tras mucho pensar la designó reina heredera alegando la legitimidad dinástica. Para tranquilizar a sus seguidores doña Isabel dejó como regente a su consorte viudo hasta que Carlos, hijo de Juana y del vil tipejo, fuera mayor de edad. El viudo aragonés, que le había faltado tiempo para casarse con una jovencita francesa, aceptó, pero el canalla flamenco tras una tarde de amores convenció a su ultrajada esposa para que vinieran al paraíso a hacerse cargo de la corona, alegando que si tenía que haber un regente… ¿quién mejor que él?

  -Venid conmigo –animó a sus envilecidos amigos de juerga-, que aquella es tierra de jauja y de mujeres hermosas. Además os nombraré obispos, marqueses o más.

  -Nos han contado que en Castilla matan de aburrimiento –alegaron débilmente los rufianes.

  -¡Pero si nosotros llevamos el espectáculo y ellos ponen el sol, la bebida, la comida, y…! –les recordó el sinvergüenza.

Entonces tomaron conciencia de que realmente venían a disfrutar del paraíso, y anticipándose quinientos años a sus paisanos, vinieron a tomar el sol y la luna.

Cuando la reina Juana y el ultrajador desembarcaron en La Coruña, la nobleza de los elegidos, cansados de la fiestas del consorte Fernando en las que sólo se divertía él con la francesa, y sabedores que con ellos llegaba la farándula y el cachondeo, corrieron a apuntarse al show de los flamencos jurando fidelidad a doña Juana y a su ruin consorte. Seriamente decepcionado, Fernando y su joven mujer abandonaron Castilla y se marcharon de luna de miel a Italia.

Sin embargo el miserable maltratador tenía las horas contadas porque una mano anónima le echó unas hierbas ponzoñosa en el botijo real mientras jugaba al frontón una tarde de verano.

  -Beba, su alteza, beba –le animó-, que está fresquita y le he puesto unas hierbas vigorizantes.

El achulado flamenco levantó el botijo, echó la cabeza para atrás y bebió del pitorro un trago largo, largo, que le indispuso al instante y le llevó a la muerte dos días después entre horribles dolores.

  -El beleño es lo que tiene –contó el de las hierbas por tascas y ventas.

La reina Juana enfermó de pura desolación y sin resignarse al fallecimiento de su indigno consorte, ordenó que metieran el cadáver en una urna de cristal y se fue con ella en procesión por los pueblos y ciudades de Castilla para que todos y todas, ellas desde cierta distancia que su Felipe las cautivaba con la mirada, pudieran apreciar lo hermoso que era el flamenco. Las mujeres se lo agradecieron porque con los calores el cuerpo se iba descomponiendo y el olor anticipaba varios kilómetros su llegada a las poblaciones.

Dos o tres correveidiles del servicio de información aragonés que Fernando dejó en Castilla, le fueron con el cuento a Italia de lo que estaba pasando en este reino. Recordando sus tiempos de consorte de la más grande Fernando, que no estaba dispuesto a perderse la luna de miel, mandó recado al cardenal Cisneros nombrándole regente, para que pusiese orden en lo que él llegaba. Tardaron unos meses, pero un buen día aparecieron en el puerto de Valencia, donde Cisneros les fue a buscar con una carroza para ponerle al día y entregarle la regencia, que tras una serie de mamporros a los que el cardenal no pudo resistirse, estaba algo magullada pero en calma. Fernando le agradeció los servicios prestados, tomó en brazos a la regencia, sobornó a su consuegro Maximiliano emperador de Alemania con un arcón de oro para que callase, colocó a la reina Juana en un convento de Tordesillas a bordar manteles de lino y a la cosa del macramé, le dijo a su nieto Carlos que le guardaba el asiento hasta que cumpliese veinte años, y se marchó de gira por Castilla.