Sábado, 7 de diciembre de 2019

Escenarios estaciones

El escenario contiene una mujer: un banco de parque que hierve de sol a mediodía. Ella tiene en la mano un abanico con cuyo soplo logra mover tres hebras del flequillo, intermitente. Está sola, lleva una mochila y un bolso, mira pasar los coches por la calle moviendo la cabeza de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, como diciendo siempre que no. La mujer está ahí todos los días, con el mismo equipaje, con la misma blusa, con el mismo aleteo del abanico. A veces se levanta, gira tres veces sobre el pie derecho, levanta la cabeza hacia el árbol y, después, se vuelve a sentar. Sobre ella pasan las horas y su sombra evoluciona con el día, primero hacia occidente, después hacia el oriente. No bebe nada. No come nada. Mira pasar los coches, se levanta, da tras giros sobre el pie derecho, se vuelve a sentar.

El escenario contiene una mujer: cerca de un banco de parque que hierve de sol a mediodía, un policía en su armadura se acerca hasta ella. Alguien ha llamado, preocupado, porque no sabe qué significa esa presencia. Qué hace en ese lugar durante tantos días. Qué come. Dónde duerme. Acaso tenga algún problema (¿quién no?), acaso esté pensando en lo que sea que imaginan las mentes que se agrietan, acaso quiera gritar, con ayuda de otro cuerpo vivo, la cima de sus enajenaciones. La mujer no se mueve, no tiene miedo del policía. Solo lo mira llegar. Detrás de él, otros tres motorizados. La saludan, ella mueve el abanico. Le hablan, ella saca un papel de su mochila y lo entrega, así, sin apurarse.

El escenario contiene una mujer: ese banco de parque que arde de sol a mediodía. Ella se ha quitado los zapatos y mueve los dedos en la hierba con la mima fruición con la que ahora succiona una botella vacía. Parece que tiene sed. Se pasa una mano por la frente. Con un pañuelo desechable se seca un montón de lágrimas. Después, con un movimiento que abarca la plenitud del brillo de la tarde, recoge la botella y empieza a exprimir el papel de su pañuelo. Parece que salen gotas. Parece que caen gotas en el interior de ese vacío. Algo, de pronto, se ablanda o se humedece. Empuña de nuevo la botella. Bebe.

El escenario contiene una mujer. Hoy ha equivocado los zapatos y lleva cada pie con un color distinto: la zapatilla blanca en el derecho, la zapatilla rosa en el izquierdo. Sigue mirando a lado y lado de la calle, con atención de árbitro, a los coches que pasan. Se levanta y camina —tantea su equilibrio— en dirección al puente. La fuerza le alcanza hasta la mitad: escoge la sombra de un árbol y se tiende cerca de un gorrión. El gorrión no se mueve. Ella abraza su mochila con fuerza y le hace señales perentorias al ave con su dedo índice. Parece decir: no me molestes.

La mujer ya no está. Es domingo y apenas amanece y el escenario se ha olvidado de ella. Una pareja avanza por la calle y, a la altura del banco, ella se sienta. Él ilumina el mapa con una pequeña linterna y, después, se acurruca al lado de la chica para decirle algo al oído. Ella sonríe, se besan. Él mira el reloj y se levanta, la toma de la mano y tira para que ella también se alce. Ella parece cansada, pero él la trata con dulzura, la convence. Entonces se van: dejan el banco a solas. Cuando el sol llega al cénit de ese día, el banco refleja los rayos con furia y abre sus fauces de dragón. Después, se rompe. Queda abierto por la mitad y de su estómago saltan los resortes como si fueran raíces. Un chico está paseando con su perro y se da cuenta: «la re-hostia», dice, sorprendido. En menos de un minuto la zona está llena de curiosos. La escena de un banco de un parque que se rompe porque sí no se ve todos los días. Sobrevuela la zona un gorrioncillo que, diminuto como es, ha recordado aquella historia.

El paisaje contiene una mujer: es un sendero de película de wéstern, adusto de polvo y de sequía. Ella lleva un abanico entre las manos, una mochila hecha jirones le dobla la espalda. No puede parar, pone un pie con ganas de caerse, pero el otro paso la sostiene justo a tiempo. Camina por los campos de Castilla y espera un Rocinante con su Alonso. De vez en cuando, avanza de pueblo en pueblo en autostop porque los tiempos, quién lo duda, han cambiado. Pero ella sabe que alguna vez fue Dulcinea, y también sabe de hechizos, de brebajes y de duendes.

Salamanca, 26 de julio de 2019