Jueves, 13 de agosto de 2020

Necroturismo y poesía

Je m’abandonne à ce brillant espace,

Sur les maisons des morts mon ombre passe

(Paul Valéry. Le cimetière marin).

 

Bien mirado, tiene su lógica que, al acabar una excursión por la Costa da Morte gallega, te lleven a ver un cementerio (el de colores, en Dumbria, A Coruña); sobre todo si en el grupo predominan –predominamos– los jubilados. De entrada, lo interpreté como una insinuación malévola, recordando una anécdota atribuida a Alfred Hitchcock. Se dice que este había ido a un funeral y, al acabar la ceremonia en el cementerio, se encontró con un actor conocido, ya entrado en años, y le dijo:

  •    – Oye, Jimmy, con la edad que tenemos ya casi no vale la pena que volvamos a casa…

(Humor negro inglés, dicen).

Luego me entero de que eso de visitar cementerios viene siendo un trend turístico en los últimos años, hasta el punto de que ha generado el neologismo del título y programas específicos de los operadores.

Y, según paseaba entre muros con nichos policromados, la mayoría vacíos, –la especulación inmobiliaria ha llegado hasta ahí– me di cuenta de que yo venía practicando ese necroturismo desde hace tiempo, sin darme cuenta, pues tengo la costumbre, al llegar a un nuevo núcleo habitado, de recorrer los mercados de abastos, los parques y los cementerios, si están a mano. Me parece que se conoce mejor un sitio si se ve por dónde anda su gente, de qué viven y cómo yacen.

Y, cómo no, me vienen a la memoria algunos cementerios, además del de Soria, donde están algunos de mis mayores, junto al olmo seco y a la tumba de Leonor, en El Espino. Sobre todo recuerdo el de Arenys de Mar y el de Sète (Francia), ambos con sus dos grandes poetas y con la línea del horizonte separando a lo lejos el mar y el firmamento. El mar, el vinoso mar, el viejo mar, el mar color de escroto tenso. El mar, que nos abre simbólicamente la puerta hacia el más allá y hacia el renacimiento. Si allí van a morir los ríos de la vida, de allí también salió el montículo inicial  cuando Yavéh empezó la creación separando las aguas de la tierra. (Los exégetas de la Biblia de Jerusalén especulan diciendo que ese mar era el principio masculino sobre el que flotaba, por decirlo así, un dios más bien femenino, de modo que no se sabe bien quién creó a quién).

Y así se dan la mano simbólicamente la muerte y la vida, el descanso y el movimiento creador.

Como se ve, la visita al tanatorio da pie a meditaciones surtidas.

También a tomar nota de algún epitafio feliz, como este:

Amarte fue sencillo,

olvidarte será imposible.

Te queremos

S. N. T. L.