Domingo, 25 de octubre de 2020

Por una razón cordial

Nos falta casi totalmente el modo de conocimiento por contemplación, en el que los sentidos quedan sustituidos por el silencio, por la atención, por el estupor, por el amor, por la intuición, por la poesía

B. Pascal

Cuando la razón me dice que no hay finalidad transcendente, la fe me contesta que debe haberla, y como debe haberla la habrá. Porque no consiste tanto la fe, señores, en creer lo que no vemos cuanto en crear lo que no vemos. Solo la fe crea”.

M. Unamuno

Ni el pensamiento débil y postmoderno, el fin de los grandes relatos, la fragmentación de la historia, ni el nihilismo, han conseguido eliminar la pregunta ¿qué somos y adónde vamos en la lucha por la dignidad del hombre? Pero vivimos una mala época para el corazón, gobiernos de hojalata que les importa más la razón instrumental y económica que las personas. Nunca esa razón instrumental puede reemplazar a las grandes utopías del hombre, no podemos perder el centro y la misericordia ante los gritos desesperados de tantos. No podemos claudicar ante los grandes interrogantes del hombre y del mundo, en el fondo de las grandes preguntas siempre late la esperanza (E. Bloch)

Se nos propone una razón que presupone los fines ya dados desde la producción y el beneficio y se preocupa sólo de descubrir los medios más eficaces para realizarlos (Horkheimer). Desde esta realidad el hombre no necesita saber nada, ni preguntarse nada, solo se necesita hombres robots, un animal laborans, idiotas habilidosos que se explotan a sí mismos, sin coacción externa.  Un individuo de rendimiento que se abandona a la libertad obligada o a la libre obligación de maximizar el rendimiento (Byung-Chul Han). El capital en la era de la razón instrumental, persigue el ideal de utilizar la fuerza de trabajo más o menos como utilizan la energía eléctrica o una máquina, poniendo, según convenga, el interruptor en “on o en of” (L. Gallino)

En la era de la ciencia y la tecnología no hay lugar para las grandes preguntas, lo importante es saber como funcionan las máquinas que utilizamos. Una sociedad completamente mecanizada, dedicada a la producción y al consumo, creando un hombre indiferente en “un mundo aparentemente feliz”. Esa primacía de la razón instrumental ha generado un “cierre categorial” que afecta no sólo a la religión, también a la filosofía, a la ética y la metafísica, legitimando sólo los hechos empíricos. Dios ha dejado de ser relevante en una sociedad fuertemente impregnada por la ciencia. Lo sobrenatural se diluye en “el crepúsculo de los ídolos”, en el nihilismo y en el escepticismo que se han instalado como huéspedes privilegiados de nuestra cultura.

Desde la indiferencia de la pregunta y el sentido, apostamos por una razón cordial, una inteligencia sintiente en palabras de Zubiri, que busca en la realidad de las cosas no solo ser conocidas, sino sentidas. Un pensar desde el corazón para poder ver al hombre desde la dignidad, desde la humanidad; sentir el mundo como una casa común; y poder cultivar el silencio interior y la contemplación para descubrir a Dios en su creación. La modernidad es un humanismo, en ella tienen cabida los mitos, los símbolos, las narraciones y las aproximaciones titubeantes esenciales de la vida y la muerte (M. Fraijó). Una razón que permita un devenir continuo entre Atenas y Jerusalén, entre el conocimiento y la poesía, entre la razón y la religión. No hay religión sin alguna base filosófica ni filosofía sin raíces religiosas; cada una vive de su contraria (Unamuno).

Atenas y Jerusalén, son dos posibilidades del existenciario humano, no debemos renunciar al patrimonio de nuestro sentido, sin exclusiones, sino complementando en tensión ambas posibilidades. Sin convicciones absolutas, sin totalidades, se impone el elogio de la condición humilde, del fragmento, aspirando a una universalidad. No consiste en compartirlo todo, sino en compartir con todos, o tal vez con muchos. Desde esta humildad apelamos a una racionalidad simbólica e incluso utópica, comunicativa, narrativa, entre la razón y el corazón.

La ciencia no cubre todos los anhelos del hombre, la religiosidad puede dar un sentido, aunque sea débil, en un desierto ilimitado e indemostrable de nuestra realidad. El elemento religioso, ha sido el proyecto más amplio para reducir el temor y la angustia de la historia, ha sido algo más que un autoengaño o una mera ilusión. Es cierto que lo religioso ha servido para legitimar y justificar formas de poder, de ahí que la ilustración se vio en la necesidad de separar las dos esferas.

Pero el elemento religioso en el hombre, pronto transcendió ese papel instrumental, y ha contribuido a mediar entre los intereses egoístas y el interés general, evitando serias perturbaciones sociales. La religión, engloba visiones y creencias compartidas por los más variados estratos sociales, pero transciende lo social y se proyecta hacia lo infinito. El hombre requiere del sentimiento religioso para hacerse un lugar en el cosmos y entender su propia identidad.

Pero se necesita una religiosidad abierta y ecuménica, que pueda crear espacios de libertad, justicia y solidaridad; cercana a los más pobres y más necesitados; que sepa dialogar con la cultura y las demás ciencias del hombre; que pueda ser símbolo de esperanza y misericordia de una nueva humanidad, cuya carta magna sería el amor y la fraternidad entre todos los hombres.