De este agua, ¡claro que beberé!

Una de las características que definen al mentiroso es la facilidad con que llega a creerse sus propias mentiras. No participa del mundo de las personas sinceras. La verdad para él es como el agua para el aceite. Al mentiroso compulsivo hay que “entrarle” con reparos, porque será muy difícil que reconozca su defecto. Por regla general, suele hacer de la mentira una forma de vivir en su particular mundo, pero buscando siempre un provecho personal: ansias de poder, situación privilegiada, afán de protagonismo... Lo mismo que el atleta entrena su cuerpo, el mentiroso va moldeando su cerebro a base de pequeñas mentiras, hasta que la “costra” que envuelve su conciencia enmascara cualquier sentimiento de vergüenza por el qué dirán. Las personas de su entorno, una de dos, o le siguen la corriente diciendo a todo amén, o deben ser más inteligentes que él para hacerle ver lo difícil que es engañar a muchos, y muchas veces.

Hoy comienza la sesión de investidura del aspirante Pedro Sánchez a la Presidencia del Gobierno. Si Dios no lo remedia -y con los “lumbreras” que se sientan en la Carrera de San Jerónimo es inútil pensar en soluciones racionales de última hora-, asistiremos a un espectáculo de república bananera. Si en primera o segunda votación alcanzara los votos necesarios, siempre sería a base de hipotecar su futuro a los deseos de populistas e independentistas. Los mismos que prolongan su estancia en la Moncloa se encargarán de pasarle la factura de sus imposibles aspiraciones. Si -como muchos nos tememos- fuera capaz de acceder a esas peticiones, no haría otra cosa que ser consecuente con su obsesión por hacer lo contrario de lo que predica. Sería una felonía, pero engañaría a muy pocos. Si, por el contrario, sigue sin alcanzar la mayoría simple en segunda votación, aún dispondrá de dos meses de “chalaneo” para seguir aferrado a La Moncloa y el Falcon

Cuando Churchill dijo aquello de:la democracia es el peor sistema de gobierno, a excepción de todos los demás que se han inventado”, aún no había tenido ocasión de comprobar cómo en varias democracias contemporáneas se ha podido constatar que, ante la ausencia de gobiernos legalmente establecidos, o con gobiernos ejerciendo “en funciones”, el resultado final del periodo de interinidad mejora con creces la labor de los considerados titulares. Hasta hoy, ya hemos podido valorar la efectividad (¿) del gobierno un tanto provisional de Pedro Sánchez. Para no tentar la suerte ni dar demasiadas facilidades a populistas e independentistas, si no queremos cargar en el debe de los políticos toda la responsabilidad de sus posibles fracasos, debemos cargar con la propia de ejercer nuestra elección sin presiones interesadas, pero con conocimiento de causa.

Soy de esa larga lista de españoles a los que nunca se ha pedido participar en alguna de las encuestas, generalmente cocinadas, con ocasión de campañas electorales o simples estados de opinión. No quiero que pase más tiempo y hoy, aún a riesgo de fallar en los cálculos, me atrevo a pronosticar por dónde van a discurrir los movimientos políticos más inmediatos. En primer lugar, no hace falta ser un iluminado para comprobar la desmedida ambición de poder que ha demostrado Pedro Sánchez en su corta carrera política. A pesar de los frecuentes revolcones que han salpicado sus muchas meteduras de pata, nada ha podido apartarle de su meta: llegar al poder, cueste lo que cueste. Después de saborear las mieles de ese poder durante todo un año, hará lo imposible por no perder la sinecura. Si Pedro Sánchez tuviera muy claro el significado de la palabra democracia, podríamos dormir tranquilos. Nadie, en su sano juicio, estaría dispuesto a sustentar su gobierno ayudado por los enemigos de esa democracia.

Cuando ha llegado el momento de recaudar los apoyos necesarios para la propia investidura, Pedro Sánchez se ha dirigido exclusivamente a partidos populistas, independentistas o filo terroristas. Es decir, los mismos que le llevaron a La Moncloa tras la moción de censura. Sabemos que, por desgracia, en política nada sale gratis y, si obtuvo su apoyo a base de contraprestaciones, hay que admitir que volverán a pasarle factura. ¿Qué le van a pedir a Pedro Sánchez? Es muy sencillo. Todos los independentistas, además de dinero, reclamarán todas las competencias que siguen en manos del poder central y, como final, su derecho de autodeterminación. Pablo Iglesias -que es tan ególatra como Pedro Sánchez- reclamará parcelas de poder. Al principio se atrevió a pormenorizar parcelas determinadas, ahora ya le da lo mismo porque tiene que justificarse ante los suyos -aunque no parece que le importen mucho. En el safari español hay dos leones que tienen sus fauces en la misma presa y ninguno está dispuesto a soltarla. El mayor problema de Pablo es que el propietario del coto es Pedro y está llamando al resto de la manada para hacerle huir con el rabo entre las patas. En un arrebato de generosidad, es muy posible que Pedro esté dispuesto a ofrecer una tajada a la leona consorte para no perder la posibilidad de seguir cazando otros cuatro años.

Para alguien que desconozca la actual situación española y escuche las razones que alega Pedro Sánchez para desconfiar de Pablo Iglesias, lo normal sería aprobar esa conducta por ser la más correcta. Si alguien le explica que esas mismas razones fueron obviadas en la moción de censura y en la constitución de gobierno de varios Ayuntamientos y Comunidades Autónomas, empezaría a dudar. Si, al mismo tiempo, le dicen que la representación parlamentaria con que actualmente cuenta Pedro Sánchez es exactamente la misma que tenía Rajoy cuando Pedro Sánchez contestaba una y otra vez ¡No es no!, es posible que acabe conociendo mejor al personaje.

Pedro Sánchez, reconozcámoslo, quiere gobernar en solitario. Y eso sólo se consigue tapando la boca a quienes se lo permiten; de lo contrario duraría muy poco tiempo en el sillón. Por muy cínico que sea, él lo sabe, y se encargará de mantener bien engrasada esa palanca. Más que nada porque tira con pólvora ajena; con ese dinero que, según su vice, no es de nadie.

Igual que Nerón, después de prender fuego al Estado, echará la culpa a los demás. A los que le “obligaron” a caer en manos de los irresponsables. Eso sí, nunca se le ocurriría pactar con la derecha, porque esos son peores. La realidad es que esa derecha es tan culpable como él por no rebajarse a algo tan frecuente en otras latitudes como es acudir unidos a las elecciones. Si el pueblo nunca se equivoca, hay que admitir que son los políticos los únicos responsables.