La multitud.

Una amiga me preguntó en que ocupaba mi tiempo de jubilado. Le contesté que a los 78 se tienen pocas aficiones “¿Cuáles? “Preparar ensaladillas rusas, leer, escuchar música y hacerme preguntas “¿Sólo ensaladillas?” “En invierno albóndigas” “¿Y qué lees?” “La novela me aburre, los ensayos sólo si son breves y diarios personales, de los que se publican una vez muerto el escribiente” ¿Y de música? “Casi todo” “¿Qué preguntas te haces?”

Llegamos al punto álgido. Por suerte, mi amiga se había pedido un gin-tonic y así pudo soportar mi inagotable perorata. Le decía, uno comienza a preguntarse acerca de algunas decisiones tomadas, sucesos, logros y fracasos acaecidos a lo largo de la vida y termina haciéndose la gran pregunta: “¿quién coños soy?”

Alguien me decía: “nunca me hago preguntas”. Sentí, debo confesar, una enorme envidia. Más aún, cuando añade: “me tomo las cosas con calma”. Desearía ocupar mi mente en el día a día. Preguntarme, por ejemplo: “¿hay que verter un chorro de vino blanco a la carne picada?” Y no: ¿cómo se pueden pedir veinte años de prisión a la capitana de un barco que salvó la vida a cuarenta y dos náufragos?

Así pues, me voy a comprar una camiseta de algodón de las que llevan impresas una frasecita en inglés, tan a la moda, tan “in”. Una que diga: “take it easy”. Me miraré al espejo y sabré que uno debe evitar los líos, sobre todo los ajenos. Un amigo que se las da de intelectual me hacía la siguiente reflexión: “¿acaso tú puedes arreglar el mundo? ¡No! Pues, ¡hala!, a vivir que son tres días”.

Lo he intentado sin el menor éxito. Me sigo haciendo preguntas de las gordas. Para mí, que algún bisabuelo se las hacía y de él heredé tan perniciosa costumbre.

Con los años me he vuelto desconfiado. No puedo evitar que me interesen más las preguntas, que las respuestas. Malo, malo, si uno se instala en alguna respuesta "definitiva". Hablando con otro amigo le decía: “he leído un libro de un físico cuántico y dice que el tiempo no existe”. Me miró con cierta displicencia, no exenta de ironía, y con el dedo índice de su mano izquierda señaló su reloj de pulsera. Lo malo es que tenía razón viendo el asunto desde la perspectiva de un reloj de pulsera o de péndulo, tanto da. Sin embargo, me dije a toro pasado: “Lo malo es que existen otras muchas perspectivas”. Inciso: “las certidumbres y el sentido común, ¡tan españoles¡, nos han jodido bien la vida”.

Otra anécdota que tiene que ver con las preguntas gordas. En cierta ocasión, un vecino llamó a la puerta y me pidió abrir el capot de mi coche, ya que el gatito de su hijo se había colado dentro. Bajé con el padre y el hijo. El gatito fue rescatado sano y salvo. Durante el operativo el vecino, abogado de profesión, se explayó en alabanzas de su hijo, un niño de nueve o diez años. Una de las loas: “mi hijo quiere ser notario”. Incrédulo: “¿cómo?” Insiste: “desde siempre quiso ser notario” Para reafirmar tal aserto le pregunta a Pepito: “¿dile al señor que quieres ser de mayor?” Pepito jugando con el gatito responde distraído: “¡notario!”

Es posible, que Pepito haya llegado a ser notario o no haya llegado. En el primer caso, se sentirá muy orgulloso de si mismo y contará a sus nietos que en la vida hay que tomar decisiones desde la más tierna edad. En el segundo, quizás arrastre un sentimiento de culpa y desagrado hacia su persona. Me preguntó: ¿Pepito es Pepito o es su padre disfrazado de Pepito? Lo peor que puedes hacer en la vida es creer, a pies juntillas, lo que dice tu carnet de identidad.

Amos Oz, un afamado escritor israelita, en su autobiografía, “Una historia de amor y oscuridad”, escribe: “a veces, tengo la sensación de que, cuando me acuesto, lo hago con una multitud”. Quiere decir, que también en la cama él hace sitio a su bisabuelo. Eso, aunque nos sintamos cabreados los fulanitos: “uno es una multitud” (hasta que se demuestre lo contrario).