Domingo, 18 de agosto de 2019

Juan Esquivel de Barahona

El pasado miércoles, se presentaba, en la casa de cultura de Ciudad Rodrigo, la primera entrega de la ‘Opera omnia’ del músico clásico mirobrigense Juan Esquivel de Barahona (c. 1560 – c. 1624); en este caso, el ‘Officium defunctorum’, edición de 1613, a cargo del profesor de la Universidad de Extremadura el musicólogo Francisco Rodilla León, miembro al tiempo del Centro de Estudios Mirobrigenses (CEM).

La producción musical de Esquivel de Barahona es amplia y fue publicada en la época en que el músico viviera. De 1608 son tanto el libro de misas, como el libro de motetes; de 1613, el libro de salmos, himnos, versiones del ‘Magnificat’ y misas; y, de 1623, un año anterior al de su fallecimiento, el libro de canciones para ministriles, fabordones, himnos y motetes.

Tales obras se imprimirían en imprentas de la ciudad de Salamanca, como la del flamento Artus Taberniel, o en la de Francisco de Cea Tesa. Aunque, sobre la de canciones para ministriles, carecemos de noticias de impresión.

Estos gestos que llevan a cabo investigadores como el indicado Francisco Rodilla León, en este caso, –que nos va a ir dando, en sucesivas entregas anuales, el resto de la obra de Esquivel de Barahona–, tienen una gran importancia, ya que suponen la recuperación de ese patrimonio inmaterial, tan valioso y variado en nuestro país, como desconocido, para ponerlo en conocimiento de todos.

Soñamos con que llegue el día –así se lo indicábamos a Francisco Rodilla, tras la presentación del libro– en que la obra de Juan Esquivel de Barahona se grabe –en cualquier casa de cedés de música clásica– y la podamos escuchar todos; como ya ocurre, por ejemplo, con la de otro músico clásico salmantino, el bejarano José Lidón.

La edición de esta primera entrega de la ‘Opera omnia’ de Esquivel de Barahona tiene además otro encanto añadido. En su portada, se reproduce una tabla de Fernando Gallego, la de “El juicio final”, que formó parte del retablo mayor de la catedral de Ciudad Rodrigo, y que, desmontado y apilado en el claustro de la catedral, terminarían comprando los norteamericanos a precio de ganga –otra desgraciada pérdida de nuestro patrimonio–. De hecho, hoy se encuentran tales tablas en Tucson, Arizona, en la ‘Collection of The University of Arizona Museum of Art’.

No debieran pasarnos desapercibidas tales recuperaciones –en este caso, en forma de libro, con sus partituras musicales, rigurosamente realizadas– de nuestro patrimonio. En este caso, patrimonio musicológico, que viene de nuestros fondos de la llamada edad de oro y que llega hasta nosotros gracias a la entrega, dedicación dominio del musicólogo extremeño Francisco Rodilla León.

En más ocasiones de las que se debieran, nuestra sociedad no está atenta y vuelve la espalda a ese tan extraordinario patrimonio cultural que tenemos. Y todo por falta de sensibilidad y valoración del mismo.

Soñamos ya con escuchar alguna grabación de Juan Esquivel de Barahona. Y, sobre todo, en algún concierto musical. Ya que, gracias a este trabajo de rescate, estamos ante la posibilidad de que esto ocurra.