Franco y la Iglesia

Durante mucho tiempo se ha sostenido que los mejores diplomáticos del mundo los producía el Vaticano. Y parece que algo de verdad había en este aserto. Los embajadores del Papa a lo largo del planeta, que reciben el nombre de nuncios apostólicos, se caracterizaban por su prudencia, moderación y sentido común. Hasta tal punto era así que, hasta hace poco tiempo que yo sepa, el nuncio papal era el decano del cuerpo diplomático en la mayoría de las capitales mundiales. Aunque política, su función se veía más bien como de carácter moral y menos implicada en cuestiones inmediatas que la de los embajadores civiles, que defienden los intereses de su Estado en el país de que se trate y representan a sus ciudadanos residentes o transeúntes en ese país, de ahí que los nuncios asumieran ese papel representativo de todos los diplomáticos, pues eran menos conflictivos.

Hasta que llegó Fratini, Renzo Fratini, el nuncio apostólico en España. El arzobispo italiano ya no es nuncio, ha dejado de serlo en estos días, pero se ha despedido con una entrevista explosiva, con una serie de consideraciones sobre el general Franco y el tema de su exhumación. Aunque no ha tardado en pedir perdón diciendo que no se le ha entendido bien y que no quería decir lo que dijo, pero un buen diplomático sabe que solo es dueño de sus silencios y que las palabras, y más si son inadecuadas, las carga el diablo.

¿Cuáles han sido los bombazos del nuncio? El primero, declarar que el Gobierno ha resucitado a Franco, aunque no crea en ella (el Gobierno, claro), y que todo el pifostio tiene un tinte ideológico que echa para atrás. Que Franco está muerto y bien muerto, y qué hacen los políticos en España cuando hay tantos temas importantes de los que ocuparse. Vamos, unas declaraciones propias de un tertuliano de tercera dispuesto a dar leña a troche y moche. En definitiva, el señor nuncio o nuncio en funciones ahora, ha cometido un pecado de lesa majestad en el orbe diplomático: la injerencia en asuntos internos del Estado español.

El segundo bombazo es su toma de posición ante la figura del general Franco. Ahí Fratini mete la pata hasta el corvejón al pronunciarse políticamente sobre el dictador, echando al ruedo según él las diversas hipótesis que se manejan sobre él: desde su condición de líder autoritario, cabeza de un golpe de Estado contra la II República, y responsable último de la gran represión tras el fin de la Guerra Civil, que es la opinión dominante, hasta considerarle responsable de la liberación de un país que podía acabar cayendo en las garras del comunismo estalinista.

Fratini mete la pata, en primer lugar, porque no es quién para opinar sobre esos temas dada su responsabilidad diplomática. Ya no es nuncio, y será sustituido en las próximas semanas por alguien que seguro será más inteligente y docto que él, pero deja una imagen de la Iglesia católica que ningún bien le hace. Claro, aquí echo mi cuarto a espadas para aclarar que el Vaticano es un Estado y que la Iglesia católica va mucho más allá, menos mal.

La exhumación de Franco del Valle de los caídos es de sentido común. Primero, él no dejó indicado que se le enterrara allí, fue su familia quien lo decidió, contraviniendo el sentido de este lugar, destinado a los caídos en nuestra incivil guerra, y Franco no murió en la guerra sino en la cama de un hospital muchos años más tarde. No le corresponde estar allí y lo lógico es que estuviera cerca de los suyos, en la sepultura familiar de El Pardo. Esto tarde o temprano ocurrirá (el Gobierno, torpemente, ha especulado sobre la salida de sus restos, cuando este es un tema jurídico, más complejo de lo que parece), pese al desaguisado que ha montado el prior benedictino de la Abadía del Valle de los caídos, un monje imbuido de planteamientos propios de la extrema derecha y que nada bueno está haciendo con sus extemporáneos posicionamientos, muy lejos de la prudencia del Vaticano cuando se ha pronunciado sobre la cuestión.

¿Que hay que dejar tranquilos a los muertos y que este es un tema artificial? Pues en parte también es verdad, ¿por qué sacarlo entonces al debate político, polarizando innecesariamente al país? Pero no es toda la verdad. En el Valle de los caídos reposan víctimas de la guerra de los dos bandos, aunque los vencidos están allí contra su voluntad, y pese a las impresionantes esculturas de Juan de Ávalos que lo adornan, no es un lugar de reconciliación. Fue el monumento, ideado por el dictador, en homenaje a los que perdieron la vida pero ganaron la Guerra Civil en su bando. Y por lo que a él se refiere, es evidente que es el lugar de peregrinación de los nostálgicos del franquismo. No cumple, por lo tanto, los dos requisitos que a un lugar así podría exigírsele: que fuese el último lugar de reposo de todos los españoles muertos en su salvaje conflagración, la reconciliación no se ve por ningún lado; y que no fuese un mausoleo de exaltación de Francisco Franco, y lo es.

En cuanto al segundo tema, para mí el más escandaloso, el juicio político de Franco que le merece a Fratini, vuelve a colocar, injustamente, a los católicos entre los que justifican la Guerra Civil y exoneran de responsabilidad al máximo líder del llamado alzamiento nacional. Y esto es un despropósito del nuncio: que no lo dijo así expresamente, pero vino a dejarlo caer al plantearlo como una cuestión disputada, cuando no es así, con contadas excepciones. Aquella guerra nunca debió producirse y trajo mucho más mal que bien: cientos de miles de muertos, y sobre todo represión brutal tras su fin, implantación de un régimen político dictatorial en sus comienzos y durante casi cuatro décadas profundamente autoritario, con la consiguiente violación de derechos humanos de todos los españoles.

Quiero recordarle al nuncio Fratini que en 1971 tuvo lugar en Madrid la I Asamblea Conjunta de obispos y sacerdotes, y en ella la mayoría de sus participantes apoyó que la Iglesia (muy condicionada, es verdad, por la ola de asesinatos de curas y monjas, se calcula que unos 8.000) no jugó el papel de reconciliación propio de su misión, y pidió perdón. El acuerdo no se aprobó porque se exigía una mayoría cualificada, superior a la absoluta, pero en el que fue el principal acontecimiento eclesial de la Iglesia en el siglo XX, se dejó bien claro que aquella salvaje guerra, fue un trágico error.

Acabo: Fratini ha demostrado que es un mal diplomático, y para bien de la inmensa mayoría de los católicos que formamos la Iglesia española, vendrá otro mucho mejor. Sus lamentables declaraciones poco tienen que ver con lo que hoy es la Iglesia, que mira la horrenda contienda civil como un acontecimiento histórico del que solo puede salir una lección: la reconciliación de todos los españoles es un valor que por nada puede perderse, y ese objetivo tiene dos pilares insustituibles: la tolerancia y la democracia.

Marta FERREIRA