Domingo, 25 de agosto de 2019

18 de julio

“Pero no hay olvido ni sueño. Carne viva”.
FEDERICO GARCÍA LORCA, ‘Ciudad sin sueño’, en Poeta en Nueva York, 1930.

Uno no sabe si ese poder sanador que dicen que a veces tiene el olvido, se convertirá en ácido que reabra la herida de la indignación, cuando otro 18 de julio, no más anteayer, aún sin saber de nuestros muertos y sin que este país haya derribado el espeso cortinón de la desmemoria, la fecha haya pasado tan desapercibida en los medios de comunicación como ignorada en las mentes de los mal-educados, crecidos en la ignorancia de lo que significó en este país durante décadas el 18 de julio e incapaces de volver la cabeza.

Si se hubiera hecho justicia... Si los culpables de los crímenes y los cómplices de la sevicia hubiesen sido al menos condenados... Si las lágrimas de los represaliados hubieran sido enjugadas con el bálsamo de la reparación... Si no se hubiese mentido tanto sobre lo que fue y significó la Guerra Civil Española y la dictadura franquista, sobre quiénes fueron sus autores, sus responsables y sus beneficiarios... Si no persistieran todavía, y mandaran como mandan, las castas vencedoras que colonizan la vida española desde aquel 18 de julio en que a fuerza de sangre impusieron sus normas, sus órdenes y sus mentiras... Si los ladrones y los verdugos hubiesen sido descubiertos, juzgados, sentenciados... Si los muertos, honrados; si los vencidos, respetados... Si este país no dependiese tanto todavía de las fuerzas que apoyaron la rebelión contra la legalidad que encabezaron el 18 de julio de 1936 los Franco, Yagüe, Mola, Gomá, Moscardó... Si se hubiese educado, como se debe, en la verdad, elevado en la escuela la claridad, y se hubiese informado a los jóvenes de dónde venimos, quiénes fueron los traidores a la legalidad, qué poderes nos controlan desde hace más de ochenta años y por qué persiste la amenaza y el miedo, por qué no es posible hoy cambiar ciertas insolencias, cuestionar algunas autoridades, acabar con ciertas majestades...; y por qué seguimos encerrados (con un solo juguete, diría Marsé), dando vueltas a una noria interminable de manipulación, mentira, tendenciosidad, conformismo, vagancia mental, indiferencia... silencio. Si todo eso hubiera sucedido, hoy habría sido lógico que el 18 de julio pasase con menos pena y ninguna gloria... Pero no.

Fue festivo el 18 de julio durante cuarenta años; se impuso que el día del inicio de la mayor tragedia que ha sufrido este país se celebrarse por obligación. Había desfiles, comidas campestres, jolgorio dictado... Aunque muchos seguían llorando la fecha que abrió la puerta para el crimen, la persecución, la extorsión, la amenaza, el atraso, el sojuzgamiento de todo un pueblo, la gente celebraba un día oscuro como si fuese un amanecer...  La paga extraordinaria de verano pasó a llamarse oficialmente “del 18 de julio”, tergiversando, como en tantas otras cosas, el sentido de un hecho, como si por decisión del dictador, y porque era “su” 18 de julio, los españoles recibieran graciosamente un regalo... Era tan triste ese día en medio del verano, tan artificial, tan forzado...: evocar las redadas, los fusilamientos, los bombardeos, las sirenas, los pelotones de fusilamiento, los registros... Recordar la infinita barbarie del franquismo, la inquina contra los republicanos, el odio, la tortura y el crimen...

Uno no aspira, lógicamente, a celebración alguna en esa fecha, pero tampoco al olvido total fruto más de la impuesta desmemoria que de la superación. Recordar no es celebrar. Y el silencio es a veces una claudicación. O una renuncia. Anteayer fue 18 de julio, y sigue siéndolo en la cabeza de quienes ni pueden olvidar ni están dispuestos a perdonar a los asesinos de sus mayores, a quienes convirtieron su país en el medroso páramo meapilas que hoy es, a quienes sembraron los hermosos paisajes de la libertad republicana con la pulpa del odio y la injusticia, cubriéndola durante lustros con las espesas capas de la mentira y del olvido.

Es preciso gritar todavía. Es preciso conocernos. Pero anteayer fue 18 de julio y este país maniatado, adormecido y ciego, no abrió la boca.