Sábado, 7 de diciembre de 2019

Cuba, su cara y cruz 

Uno de mis muchos viajes al extranjero fue a la isla de Cuba hace una década. Feliz recuerdo de todas sus ciudades: La Habana, Trinidad, Santa Clara, Camagüey, Cienfuegos, etc., y el lugar favorito de todos los turistas: Varadero, una reserva ecológica marina.

El hotel  donde estuvimos hospedados seguramente fue de 5 estrellas en los años cincuenta, por entonces le faltaba mantenimiento, y como la mayoría de edificios y viviendas del país, mostraba el deterioro de muchos años, pero la atención al público era excelente, los alimentos muy buenos y abundantes, con barra libre para alegría de los aficionados a las bebidas alcohólicas y con entretenimiento en las piscinas con animadores durante el día y espectáculos en vivo por las noches.

Por supuesto que no renunciamos a un Tour por La Habana vieja como ellos la llaman, con una parada a medio camino en un mirador con puestos de artesanías, recuerdos para turistas, música en vivo con un conjunto tradicional, venta de discos de música, etc. La descripción de los lugares históricos por una  culta y agradable guía, dispuesta a contestar a todas nuestras preguntas siempre que no tuvieran que ver con el régimen político, hizo que conociéramos al detalle la ciudad, los lugares coloniales, los monumentos, las iglesias y los edificios históricos. Sin duda alguna el punto más emotivo para todos fue el estar en la Plaza de la revolución, lugar en donde en una tarima Fidel subía a decir sus elocuentes discursos con el privilegiado don de la palabra que tenía y que hipnotizaba a su pueblo, un pueblo que, al menos en apariencia, lo idolatraba.

—¿¿Qué piensas tú de Fidel Castro? —preguntó el indiscreto que nunca falta en todos los viajes a un chaval de unos doce años.

—¿Pues qué quiere usted que piense? —respondió la mar de ufano— Que es un gran hombre. Y se notaba que idolatrarlo era la asignatura más importante de la enseñanza.  

El Tour incluyó un recorrido por La Habana nueva y una comida en un restaurante tradicional para degustar platos típicos del lugar y una visita a un lugar para comprar los productos propios de la isla: café, puros y ron.

La carretera La Habana Varadero, al contrario que las demás, era inmejorable, de cemento hidráulico, sin un solo bache, pasamos una refinería de petróleo grande y muy bien conservada, una planta termo eléctrica muy grande y en buen estado, así como una Universidad de buena apariencia.

 

Hasta aquí la cara de Cuba, pero el diálogo con la gente nos mostró la cruz. Por las calles de La Habana pululaban muchos mendigos. Al hablar con los cubanos supimos que había mucha pobreza, falta de empleos, carencia de alimentos, por lo que eran racionados y por lo tanto mucha hambre y empleos muy mal pagados. En el hotel descubrimos que llegaba gente con bolsas al restaurante y que los empleados se las llenaban con los restos de alimentos que los comensales dejábamos en los platos o bien habían sobrado en la cocina y que llevaban para alimentar a sus familias. Una camarera nos pidió prendas de ropa interior para sus hijas porque no tenían ni braguitas para cambiarse. Hablando con algunos de los animadores supimos que eran licenciados pero no había trabajo para ejercer sus carreras. Una maestra nos pidió bolsas de plástico —de esas que nos daban en el Corte Inglés, dijo ella— para que sus alumnos llevaran los libros a clase porque ellos no tenían cartera. Quedamos en hablar con todos los españoles que se hospedaban en el hotel para reunirle cuantas más mejor y le pedimos que fuera a recogerlas al día siguiente. Fue, pero no pudo entrar, los cubanos, salvo los empleados, tenían prohibida la entrada a los hoteles, y tuvimos que salir a entregárselas. Nuestra estupenda guía quiso que tomáramos un daiquiri en el Floridita —uno de los dos bares preferidos de Ernest Hemingway—, y nos pidió perdón por esperarnos fuera, porque su sueldo no le permitía acompañar a los turistas. Nos costó convencerla, pero aceptó la invitación. Nosotros podíamos comprar con dólares y en todas las tiendas, ellos sólo podían comprar con pesos cubanos y no en todas las tiendas, aunque para lo que podían comprar, les daba igual.

Han pasado diez años, murió el dictador, pero por lo que cuentan los que visitan la isla Cuba sigue siendo una moneda con la cara para los turistas y la cruz para los cubanos.