Domingo, 27 de septiembre de 2020

EL BUEN SAMARITANO

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La parábola del buen samaritano es una de las parábolas de Jesús más conocidas, relatada en el Evangelio de Lucas. La parábola es narrada por el propio Jesús a fin de ilustrar que el amor y la misericordia son las virtudes propias del cristiano, por encima de la ley. La fe debe manifestarse por medio de obras concretas. 

Existe un camino que va de Jerusalén a Jericó. Tiene una longitud aproximada de 27 kilómetros y el mismo desciende cerca de 900 metros en esos 27 kilómetros. Era de hecho, un viaje peligroso debido a lo tortuoso y estrecho del camino el cual ofrecía guarida a bandidos y ladrones.

Un hombre había sido asaltado y abandonado, dejado  medio muerto en la cuneta de un camino solitario, necesitaba el auxilio de los demás. El sacerdote y el levita son los dos personajes que primero pasan por delante del herido y  no se detuvieron. Posiblemente, no era por falta de compasión, sino que  era por cumplir la ley que, ya que tenían que oficiar en el Templo, no podían tocar a alguien impuro.

Sin embargo, el samaritano, que pasa  por allí  “tuvo compasión” y se acercó, se aproximó, se hizo prójimo. Movido por su compasión hizo por aquel hombre todo lo que pudo: curó sus heridas, lo vendó, lo montó sobre su cabalgadura, lo llevó a una posada, cuidó de él y pagó todo lo que hiciera falta” (Benedicto XVI).

Los samaritanos eran despreciados por los Judíos porque eran extranjeros, su culto difería del Judaísmo Ortodoxo y contaban con su propia casta sacerdotal. La relación entre ellos y los Judíos era de permanente hostilidad. De acuerdo a la Mishná (Ley Oral Judía) dice: “El que come el pan de los Samaritanos es como uno que come la carne del cerdo.”

 

Los mismos Padres de la Iglesia han identificado al Samaritano con Jesús.  El Dios Samaritano va por los caminos de la vida y sigue estando en todas las situaciones difíciles que el ser humano necesita su ayuda. Jesús es como el samaritano, dispuesto a tocar el herido y a sanarlo desde su raíz, pero esta parábola vale también, para la comunidad cristiana y para cualquier cristiano que se reconoce en el otro y lo atiende. Esta parábola da sentido a la vida humana. Nuestro compromiso diario debe ser hacerse prójimo del otro, ya que eso es lo que ha hecho Dios con nosotros.  Ser prójimo no es el vivir cercano, es, sobre todo,  mostrar el amor hacia aquellos que están en necesidad, quienquiera que sea y donde quiera que se encuentren.