Domingo, 18 de agosto de 2019

Andanzas provinciales 

Nuestro mundo campesino –es bien sabido y hasta cacareado de continuo por los medios de comunicación y autoridades de toda laya– está dejado de la mano de Dios. Ahora, las nuevas autoridades autonómicas –en pareja no de amor, sino de conveniencia, según ellas mismas proclaman– lanzarán el enésimo plan contra la despoblación y el envejecimiento de nuestro mundo rural. Pero dentro de unos años todo habrá ido a peor, con una pérdida de población que se produce a cuentagotas, ante la insensibilidad e indiferencia de todos, y con una comunidad autonómica cada vez más fantasmas.

Ay, si los regeneracionistas y noventayochistas levantaran la cabeza. Se quedarían sorprendidos de que la realidad de Castilla (y de León) es más lamentable que cuando ellos alzaban la voz en pro de la regeneración de España y de que Castilla recuperara el nervio de lo que había sido, sobre todo en el siglo XVI. Y se llevarían todavía una segunda sorpresa y es que, ante la despoblación y atonía en la que vivimos, nadie alce la voz para nada ni por nada, como hicieron ellos en su momento.

Nosotros tratamos de levantar acta, a través de nuestras andanzas rurales, de nuestros trabajos de campo sobre lo que fuera la vida campesina –en sus labores, celebraciones, creencias, tradiciones orales, ritos de paso…– hasta ayer mismo, antes de que comenzara a desintegrarse, debido al éxodo a las ciudades, a otras tierras españolas, europeas e incluso americanas.

Y –hace dos o tres días– nos aventurábamos por tierras salmantinas de Peñaranda, donde la meseta es pura y esencial, las antiguas casas de adobes y los edificios notables y religiosos de ladrillo mudéjar, para seguir hurgando en la memoria campesina, que es la memoria de todos. Y un hombre, ya pasados sus noventa años, nos recitaba el romance de “Los presagios del labrador” y su mujer el de “Mariana Pineda” la heroína que bordara la bandera de la libertad, una enseña simbólica que, pese a traerle funestas consecuencias personales, la convertiría en un personaje admirado y hasta literario, cuando el gran poeta y dramaturgo Federico García Lorca creara su obra teatral sobre la heroína.

Y, de regreso a casa, nos deteníamos en un pueblecito de las dilatadas dehesas salmantinas, tan silenciosas y apacibles, donde, de labios de una anciana, realizábamos una recogida excepcional de romances. Ella y su marido, ya en el umbral de los noventa años ambos, han sido toda la vida criados de los señores de las dehesas, tal como ella nos relataba también, en una historia conmovedora, que puede ser arquetípica y válida para tantas familias humildes de nuestra provincia, que habrán tenido que pasar por experiencias similares.

Es nuestra pequeña contribución en favor de la preservación de la memoria de lo que ha sido nuestro mundo campesino; como un legado para nuestro presente y para el futuro de todos. No vaya a ser que terminemos pensando –como simples e imbéciles– que antes de internet no había nada y que el campo es ese horrible lugar donde los pollos están crudos.