Sábado, 20 de julio de 2019

Volar con los pies en el suelo

Coloco los pies en el suelo y respiro hondo. Pero los pongo con consciencia, no de cualquier manera, ni en tensión, sino obedeciendo a mi mente, haciéndoles pensar y moverse, situándolos en toda su dimensión; como dicen los orientales, para intentar recoger toda la energía chi de la tierra, y para sentir cómo recorre mis plantas, la piel que toca el suelo, mis piernas, las venas, mis huesos... Y respiro hondo, pero no para hacer algo, simplemente para ser, para estar, para sentir, para regarme por dentro con esa energía que tal vez sea la que genera mi propia consciencia, mi sensación de estar aquí, sentada, tecleando el corazón de mi ordenador para regalarnos un rato vivido, sentido, amado, recordado.

Y es que, a menudo, vamos por la vida con las prisas que ésta nos impone, con el ritmo del latido que nos marcan los relojes acelerados por ese tic-tac frenético, y así nos va; así he tenido etapas en las que me veía a mí misma diciendo “perdón”, “disculpe”, porque iba, sin querer, chocándome con las personas que se desplazaban por los pasillos en una tienda, en un supermercado, en la calle... Y sólo en un instante en el que una voz amable me respondió con suavidad: “nada, no se preocupe…” reconocí su timbre, y me di cuenta de lo deprisa que iba, de lo increíblemente rápido que me movía para llegar a cualquier lugar. Ese día, reflexioné y concluí que no era necesaria esa prisa, no tanta ni siempre. E intenté modificarla en la medida que pude, que no era, muchas veces, suficiente.

Yo no concebía, por ejemplo, el sentido de dar un paseo. Y hoy, no sé por qué, he sido consciente de que iba sin importar por dónde y sin importar para qué, sin tener que resolver nada, sin reloj, sin prisa, sin hora… y ha sido buen ejercicio este de vaciar la mente por un rato y solamente ver.

Llevo unos días que me asomo a ver el atardecer. Tengo la enorme suerte de que está tan solo a un paso. Pero la prisa, esa prisa de siglos que he ido acumulando, esa prisa crónica, no me ha dejado ver la puesta de ese sol que me visitaba cada día. Y parar para esto es un regalo. Sobre el cielo alguien coloca de pronto una inmensa cartulina naranja… A veces es un naranja uniforme y limpio… Otras veces es tornasolado… Una seda que desvanece o intensifica este color a su antojo. Brillos amarillos. Remolinos, guirnaldas, sedas… sedas con texturas se colocan en el cielo y lo adornan como una novia india, le ponen henna en la frente, brazaletes y joyas, líneas blancas trazadas magistralmente por personas que se desplazan entre grandes alas, quizás sin saber muy bien a dónde, o sí, de acá para allá… Y yo mientras tanto dejo que mis pies toquen el suelo, y sientan su energía. Y aparece el equilibrio.

La seda de mil tonalidades naranjas crea un fondo a tejados, a montañas, a un enjambre de antenas, a otro enjambre, esta vez de sueños, y mi visión acaricia aquel horizonte al que siempre, aún con los pies en el suelo, se quiere llegar. Allí donde dicen que se asienta el inicio y el final de cada arco iris. También hay un enjambre de montones de nata batida que van poco a poco enmudeciendo, preparados para recibir el ojo abierto de la luna.

Eso hago, casi cada noche. Recibo a esas horas el eterno fluir de cada día, cuando la luna, con su párpado caído (porque la luna a veces tiene mucho sueño) va colocando con calma las estrellas.

Entonces sí que puedo volar con los pies en el suelo.

 

La fotografía es gentileza de José Amador Martín, a quien la agradezco.