Domingo, 20 de octubre de 2019

El "día antes" de Donald Trump (2)

 

 

 

Tras la caída del muro de Berlín y del bloque soviético (1989-1991) se cerraron 40 años de Guerra fría y se abrió por un momento la opción de la paz, siguiendo la línea de los acuerdos de desarme de los años 80 y asumiendo los principios de la conferencia de Helsinki de 1992 y, más en general, lo que podríamos llamar el espíritu de Naciones Unidas.

Pero apenas hubo respiro. La Guerra fría no acabó, sino que, como escribe Josep Fontana, tomó otros rumbos. La OTAN, lejos de disolverse como el Pacto de Varsovia, integró nuevos socios y ámbitos de acción. Y EE.UU. actualizó la vieja doctrina del "gran garrote", tratando de aprovechar la coyuntura para ampliar su dominio político y militar. Así, en 1997, el presidente Clinton defendía una vez más el uso unilateral de la fuerza "en caso de riesgo para intereses vitales de EE.UU.", como serían la emergencia de coaliciones regionales hostiles o problemas de acceso a mercados o recursos estratégicos. Madelaine Allbright, su secretaria de Estado, le preguntaba entonces al general Colin Powell: "¿de qué nos sirve tener esa soberbia fuerza militar de la que hablas si no la podemos usar?". Así que, tras las guerras de Yugoslavia y el 11-S, ya en el siglo XXI, vienen las guerras de Afganistán, Irak (2ª), Somalia, Siria, Libia y otras operaciones “contraterroristas”. La mayoría de estas intervenciones en un momento u otro –si no desde el principio– se han dado al margen de las normas internacionales y no han hecho sino empeorar la situación de los pueblos afectados, provocando desolación y centenares de miles de víctimas, la mayoría civiles.

Donald  Trump se precipita por esa vía, ignorando esas normas y acuerdos internacionales difícilmente conseguidos. En estos momentos, EE.UU. tiene unos 290.000 hombres desplegados en 183 países (en el mundo hay 194), sin olvidar sus flotas surcando los siete mares,  sus drones y artilugios espaciales y su centro de alerta y control atómico de Colorado (NORAD), otra vez operativo después de años de clausura (la iniciativa fue de Obama).

En este contexto, el juego con Irán puede ser demasiado peligroso. Se da el caso de que fueron precisamente los EE.UU. quienes auspiciaron el programa nuclear iraní en tiempos del Sah Pahlevi, sin descartar la obtención de plutonio armamentístico. Después de la revolución de los ayatolás de 1979, Francia, Alemania, Rusia y Argentina han participado en ese programa y como resultado, aunque Irán sólo posee un reactor nuclear (y otros dos en construcción), dispone de todas las instalaciones del ciclo atómico, de modo que podría vincular el uso energético con otros militares a corto o medio plazo. Precisamente es lo que la Organización Internacional de la Energía Atómica trató de evitar con los acuerdos de 2015. Según la OIEA (que dicho sea de paso fue creada a iniciativa de EE.UU. con el fin preciso de evitar la proliferación atómica) Irán estaba cumpliendo los límites estipulados en cuanto al enriquecimiento de uranio.

Pero llega el Sr. “América first”, se retira del acuerdo y precisamente ocurre lo que se estaba tratando de evitar: que Irán siga el proceso y reaccione en clave de indignación nacionalista. Para animar la situación se envía un dron al espacio aéreo iraní y aparecen unas raras minas submarinas que explotan por encima de la línea de flotación de los barcos. El petróleo sube, Israel, Arabia y los jeques árabes se ríen.

Las armas están cargadas y solo esperan a que alguien apriete el gatillo.

(¿Continuará?)

(Caricatura: KatonHaqhari, en www.freelance.es)