La gata Flora

Sostiene Ernesto que una parte importante de la ciudadanía se cansa de estar bien. Aburridos del confort, y decepcionados con la rutina, buscan en la sociedad lo que no encuentran en sus sueños. De esta forma unos alinean su vida con los valores de la época en la que viven, y así son fascistas convencidos, o nacionalistas acérrimos, o aguerridos comunistas, o entregados demócratas, o enternecidos animalistas de los que lloran y tiran besos a las gallinas que llevan al matadero, o salen a la calles desnudos con ventosas y gomas colgando de los pechos a protestar porque a las vacas lecheras les extraen la leche. Otros se vuelven buenos, buenísimos, óptimos (al menos de cara a los demás), intentando hacerse un hueco en el santoral. También los hay que juegan a la ruleta rusa con su trabajo, con su familia o con su vida sentimental, dedicándose a coleccionar conquistas y pseudo amores. No faltan los que entienden la vida en función del dinero y de los bienes que son capaces de acumular (tanto tienes, tanto vales), o imponiéndose y doblegando voluntades, o intentando perdurar en la memoria colectiva. De todo hay aunque la meta es la misma; disfrutar de lo que la gente entiende como una vida plena (que suele ser la que viven los demás). Defiende Ernesto que estas personas saben muy bien lo que quieren, principalmente lo que tienen otros y ellos no, sin ser conscientes que cuando lo consigan dejará de interesarles, aunque por nada del mundo renunciarán a lo obtenido.