Lunes, 28 de septiembre de 2020

La Leyenda Negra (y III)

El hermanastro del rey Felipe II, Juan de Austria, que había conseguido vencer a las tropas francesas y a los errantes holandeses financiados por Inglaterra, al enterarse de la muerte a mano airada de su secretario Escobedo recayó en su fatigosa enfermedad y falleció de la firmeza de unas fiebres tifoideas o quizá se tratase de melancolía. Fue el uno de octubre de mil quinientos setenta y ocho.

Antes de entregar el alma a Dios nombró gobernador de los Países Bajos a su sobrino el general Alejandro Farnesio. Desaparecido Juan de Austria sus albaceas comprobaron en la documentación del virtuoso difunto que nunca pensó en utilizar los dineros de Castilla para formar un reino independiente en los Países Bajos y mucho menos en casarse con Isabel I de Inglaterra.

Cuando quedó demostrado hasta la saciedad la absoluta lealtad del príncipe, enviaron los documentos a Madrid y Felipe II, después de estudiarlos, cayó en la cuenta con horror que había sido manipulado por su secretario. Inmediatamente ordenó prenderlo acusándolo de estar implicado en el asesinato de Escobedo.

Antonio Pérez ingresó en prisión y en ella permaneció diez años dilatándose el juicio porque, según algunas fuentes, el rey no quería que se celebrase la vista debido a los secretos que su secretario podía sacar a la luz. En mil quinientos ochenta y nueve Pérez escapó de la cárcel con ayuda externa y se refugió en su tierra natal, Aragón, donde la justicia real no podría actuar contra él porque los fueros aragoneses se lo impedirían. No contaba con los oscuros ecos de la Inquisición que poblaban los reinos.

Felipe II recurrió al Tribunal del Santo Oficio que lo acusó de hereje, lo detuvo y lo puso bajo su custodia. Los aragoneses se amotinaron en Zaragoza, asesinaron al virrey castellano y sacaron de la cárcel de la Inquisición a Pérez. Para algunos miembros de la baja nobleza y amplios sectores de la población urbana era un símbolo de los fueros aragoneses contra el autoritarismo del rey.

A pesar de que contaron con apoyo francés, el ejército de Felipe II sofocó la sublevación y el Justicia Mayor[1] de Aragón, Juan de Lanuza, murió ejecutado. En el alboroto Antonio Pérez huyó a los confines de Europa y se dedicó a infamar cortes, desvelando los supuestos secretos de la ajada Monarquía Hispánica, que fueron el origen de la Leyenda Negra. El rey se reservó el derecho a elegir los virreyes de Aragón, pero respetó los fueros e instituciones tradicionales aragonesas, incluido el cargo de Justicia Mayor, si bien con la potestad de destituirlo. 

 

[1] Importantísima figura política y jurídica aragonesa. Además mediador entre el rey y los estamentos privilegiados –nobleza y clero- tomaba juramento a los reyes, interpretaba las leyes y los fueros, presidía las Cortes en ausencia del rey, etc.