Domingo, 27 de septiembre de 2020

La Leyenda Negra (II)

Las protestas en los Países Bajos comenzaron porque los naturales no querían a Felipe II como rey al considerarlo un extranjero. Para sofocar la revuelta Felipe II envió a los tercios[1] al mando de Fernando Álvarez de Toledo, duque de Alba, jefe del grupo político más intransigente y riguroso de la corte, los llamados “halcones”. El de Alba instituyó a punta de lanza el Tribunal de los Tumultos y reprimió con extrema dureza a los amotinados. Los exiliados en  Inglaterra, liderados por Guillermo de Orange, reanudaron las hostilidades contra los tercios y entre escaramuzas y golpes de mano la pleamar calvinista de sangre y fuego fue ganando posiciones hasta controlar las provincias del norte: Holanda y Zelanda. Felipe II optó por reemplazar al de Alba por el catalán Luis de Requesens, un hombre de su absoluta confianza. Sin embargo los enfrentamientos se detuvieron. Una nueva bancarrota de la Hacienda española impidió el envío de dineros para pagar los ejércitos. La falta de soldada paralizó la contienda y provocó el amotinamiento de las tropas. En esta tensa espera falleció el de Requesens y Felipe II, entendiendo que la opción represiva había fracasado, envío como gobernador a su hermanastro, el vencedor de las Alpujarras y Lepanto. Juan de Austria era el líder del grupo político moderado “las palomas”, defensores en la corte española de la negociación y el diálogo para solucionar los problemas de los Países Bajos. Nada más pisar Flandes Juan admitió las exigencias de los sublevados, devolvió los tercios a Lombardía y juró respetar las leyes y tradiciones flamencas. Los rebeldes del sur le aceptaron y los calvinistas del norte se comprometieron a respetar a los católicos. El enrarecido panorama político flamenco parecía despejarse y el real hermanastro entró en Bruselas aclamado por la multitud. Pacificado el país, Juan de Austria envió a Madrid a su secretario personal, Juan de Escobedo, con el encargo de obtener del rey el plan y los medios para la invasión de Inglaterra. Pensaban influir en la voluntad del monarca por mediación de su secretario Antonio Pérez. La jugada salió a la inversa. Escobedo se encontró que Pérez se había pasado al grupo político de “los halcones” y la influencia que ejercía sobre el rey era contraria a los intereses de Juan de Austria. “Los halcones” estaban disgustados con “las palomas” porque en Flandes habían tenido éxitos donde ellos conocieron fracasos. Algunos autores sostienen que el inquietante Antonio Pérez y “los halcones” entraron en íntima conspiración con los rebeldes flamencos -según parece tenían negocios comunes-, para sembrar dudas y conseguir que se levantasen contra el detestado Juan de Austria. No se tiene plena constancia, mas las exigencias de Guillermo de Orange impidieron nuevos acuerdos y Juan de Austria tuvo que llamar a los tercios que se encontraban en Milán, para apagar sueños y deshacer pesadillas y le encargó a Escobedo que seguía en Madrid, gestionar ante el rey los dineros necesarios para los gastos de la empresa. Antonio Pérez y “los halcones” convencieron a Felipe II de que esos fondos los iba a utilizar su hermanastro para proclamarse rey de los Países Bajos y casarse con Isabel I de Inglaterra. Y para que el desdichado Escobedo no descubriera el doble juego acordaron mandarlo a gozar de Dios en una oscura esquina.

 

[1] Unidades de infantería española famosas en Europa por su resistencia y valor. Fueron invencibles durante 150 años, desde las campañas de Nápoles con el Gran Capitán hasta Rocroi (1643).