Miércoles, 17 de julio de 2019

Derecho a retractarse, según Víctor Ilich

Cedo mi columna para difundir este artículo de mi amigo y hermano Víctor Ilich, juez y poeta chileno.

 

DERECHO A RETRACTARSE

Por Víctor Ilich

Conocí la historia de un juez que, saliendo de un local de comida junto a su esposa e hijos, escuchó a alguien que estaba a oscuras y luego de acercarse hacia un haz de luz le dijo: ­­­

––Buenas noches, Sr. Juez.

––Buenas noches ––contestó, mirándolo.

El sujeto, al notar que el juez hizo contacto visual, se acercó un poco más y, extendiendo su mano, le volvió a hablar:

––Me puede dar algo para comer.

El juez miró rápidamente a su familia. Sus hijos observaban la escena, eran testigos de la coherencia o no de su padre, a quienes muchas veces le escucharon decir: “Apártate del mal, haz el bien, busca la paz y síguela”. Así, de tanto escuchar esta frase la repetían como un mantra con la fe de un niño.

Era de noche, pleno invierno, hacía frío. El juez estaba en una localidad distinta de aquella donde ejercía funciones. En un principio siguió de largo, pensando en la protección de su familia y advirtiendo que lo habían reconocido, preguntándose quién será este sujeto. Se devolvió hacia él, sus hijos lo miraban con expectación y finalmente le dio dinero. Al hacerlo, reconoció que podía ser un imputado en situación de calle, no sabía su nombre, no recordaba su causa, lo único cierto es que ese sujeto sabía que él era juez y este solo vio a un hombre con hambre.

Luego de darle algo de dinero, sacó más dinero otra vez y le preguntó si le alcanzaba para comer algo. Le dijo que sí, pero no del lugar de donde ellos habían salido, “ese local es más caro”, dijo aquel hombre hambriento.

Alguien podría escribir sobre esta escena como titular al día siguiente: Juez da dinero a imputado. Parece que dicho de esta forma, la intención es cuestionar el obrar de ese juez o poner en duda su imparcialidad. En el peor de los casos, tratarlo de corrupto.

Otros también podrían sostener que lo que se busca es difamar a ese juez, causar daño a la institucionalidad, siendo la base de cualquier elucubración del porqué, lo que resumirían en una sola palabra: maldad.

Finalmente, ese juez podría terminar excomulgado, trasladado o con un cuaderno de remoción. Han dicho que las posibilidades de la justicia siempre dependen de con qué balanza se juzgue, ya sea con pesos falsos o no. También han dicho que la misericordia triunfa sobre el juicio, que la vida no es blanco o negro, que existen los matices y que los colores dialogan entre si ––basta con conocer a Matisse.

Dicen otros que a los jueces penales siempre les enseñan sobre el principio de inocencia que se traduce en tratar a alguien como inocente hasta que se demuestre lo contrario mediante una sentencia que no admite impugnación alguna. Dicen también que les enseñan a ponderar el contexto, a interpretar la ley con las reglas de la hermenéutica: el arte de interpretar los textos y a ser prudentes, lo que implica considerar un amplio espectro de consecuencias.

Convengamos en algo, el juez de esta historia podría haberse retractado de lo que les decía a sus hijos, para no exponerse y seguir de largo sin asco, haber empezado a hablar de las excepciones como tanto les gusta hablar a los abogados: “Su Señoría, existe la regla general, pero hay un par de excepciones”.

Retractarse es retirar lo dicho o abandonar lo sostenido, lo que parece razonable si se busca la verdad ––y dicen que no hay peor error que hablar de convicción como sinónimo de verdad––. A lo largo de la historia muchos han muerto por defender sus convicciones y lamentablemente muchos más morirán, por eso resulta determinante recobrar el derecho a retractarse, porque podría estar convencido de algo equivocado. Porque si todos los gatos son negros de noche y se echa a todos los gatos al mismo saco, también se corre el riesgo de que pasen gato por liebre. En otras palabras, si estoy equivocado, los frutos lo demostrarán tarde o temprano.

La historia que conocí me hizo recordar el libro Diálogo de conversos, de Roberto Ampuero y Mauricio Rojas, y reflexionar sobre el derecho a retractarse. En el derecho procesal penal es un privilegio que solo tienen algunos. Y es sabido que un privilegio mal empleado deslinda con el abuso.

Para los discípulos de Nietzsche es un alivio que Dios haya muerto, porque sería ––según dicen–– cosa terrible caer en manos de un Dios vivo que aborrece la injusticia, cualquiera sea, que no hace acepción de personas frente a la verdad y que vomita a los tibios. Un Dios así no sé si tendría muchos seguidores en Instagram. Y si realmente alguien tuviera que comparecer ante él, retractarse es una opción que no se podría descartar antes del juicio. Al menos, reconozcamos algo: es una estrategia válida de defensa.