Miércoles, 17 de julio de 2019

Mil mujeres menos, asesinadas

Doy fe de que hago esta reflexión con profundo y afligido respeto hacia todos, mujeres y varones, políticos y opinadores… con ánimo explícito de no herir a nadie y respetando a todos muy especialmente a las víctimas de esta enorme violencia ejercida mil veces con muchos agravantes desde 2003, año en que comienza oficialmente la cuenta, pero con muchas mujeres más que fueron asesinadas antes de ese año.

He de confesar que desde hace años y años he seguido con atención y con mirada crítica esta herida abierta en la sociedad española; recuerdo cuando seguía cada caso considerando circunstancias, causas y responsabilidades, utilizando sobre todo la lista que al final de cada año y a doble página publicaba El País con detalles precisos de cada asesinato. Y esto cuando apenas había reacción pública ni se llevaba la cuenta de los casos anuales. Recuerdo a finales de los noventa el caso extremo de Ana Orantes que logró cambiar algo en la conciencia colectiva. Desde entonces han ido creciendo cada año a pesar del clamor que se levanta una y otra vez con más fuerza; el año pasado se interrumpió el crecimiento (fueron sólo 47) y este año puede haber también algún descenso.

Creo que todo esto está más o menos claro, pero mi reflexión va más al fondo de los hechos. Me fijo, sólo como ejemplo, en la primera víctima y en la última (escribo a 28 de junio) de esa lista negra de mil asesinadas. La primera, en 1963, Diana Yanet, había llegado de Colombia con una hija de cinco años y acabó separándose de su marido que se había quedado en Colombia mientras ella venía a España para abrir camino. Conoció después a su nueva pareja, un sueco que con alguna ayuda de un francés que vivía con ellos acabó con ella tirándola por la ventana. Los dos fueron condenados, uno por asesinato y el otro por colaboración.

La última víctima fue Ana Lúcia da Silva, que vino de Brasil el año pasado con una hija de 16 años y dejando allá con su marido a sus otros cuatro hijos. Aquí  vivía con su nueva pareja, que había salido de la cárcel condenado por el asesinato de su esposa anterior y que el pasado 13 de junio asesinó a Ana Lúcia y a continuación él mismo incendió la casa y se suicidó. Y más datos “agravantes” que se dan en ambos casos pero que no caben aquí y que no “agravan” el delito sino las circunstancias que lo rodean.

Aseguro, con la documentación adecuada, que en la inmensa mayoría de los mil asesinatos las circunstancias personales, familiares, laborales y sociales son muy similares. Esto da que pensar y da pistas a quien lo piense, supongo.

Sin embargo, y ya he escrito sobre esto hace tiempo, parece que la sociedad española  - ciudadanos, políticos, agentes sociales, creadores de opinión – sólo ve un problema de “machismo” que se ha convertido en el recurso milagroso que lo explica todo. Y esta fácil y cómoda reducción impide ver las causas de fondo y libera de responsabilidades y prevenciones. Se toman medidas legales y policiales, se multiplican las declaraciones y no se abordan ni causas ni responsabilidades. Todos indignados, pero tranquilizados con esa especie de chivo expiatorio, real sin duda pero absolutamente insuficiente y parcial también sin duda alguna.

Para volver a empezar con el próximo caso.

Incluso me atrevo a decir que el objetivo más importante no sería que no hubiera más asesinatos, que ya sería mucho y muy importante, sino que el objetivo debería ser eliminar las causas que llevan a estos desenlaces. El mayor horror no está en las consecuencias sino en sus causas, generadoras de violencia, de dolor y de desequilibrio irracional. Y para verlas y analizarlas basta con repasar las condiciones por las que se llega a estos resultados de muerte y asesinato.

Pero la sociedad que vive del grito del momento, los ciudadanos que nos indignamos según nos lo vayan indicando, los políticos que viven del presente y tienen recorrido corto, etc…, o sea prácticamente todos nos ahorramos el ver para enterarnos, el juzgar para analizar los hechos y el actuar para buscar remedios adecuados. Y así nos va.

Y me repito que no me bastaría con reducir a cero los asesinatos, me seguiría indignando la injusticia bajo la que malvive o malmuere mucha gente entre nosotros, las condiciones de pobreza sin salida que obligan a salir de la propia tierra a buscar lo que sea y como sea, la discriminación social y laboral hacia tantas mujeres de Centroeuropa e Hispanoamérica, la desigualdad de oportunidades reales en dignidad personal y promoción social, el supremacismo masculino que sigue visiblemente instalado en muchas franjas sociales, la casi imposible promoción social y cultural del que llega (y sobre todo de la que llega) de fuera como perdedor y tiene que empezar desde abajo. Y más causas que, casi invisibles para la sociedad en general, son terreno abonado para esta violencia que azota a muchos cada día y que de vez en cuando hasta asesina.

Ahí quedan estas líneas por si sirven de vía para ampliar la visión, el examen y los campos de intervención.