Miércoles, 23 de octubre de 2019

El futuro anterior

No puedo ocultar una obsesión que me ha perseguido desde mi adolescencia: la Shoah. He leído infinidad de ensayos, testimonios, relatos. He visto infinidad de películas y videos. He visitado alguno de los campos de concentración en donde tuvieron lugar tales acontecimientos. He escuchado la música que se hacía en los Lager y contemplado alguna de sus pinturas, apuntes y esbozos confeccionados por los propios deportados. Todo eso he, de alguna manera, revivido y siempre con un mismo resultado: la más completa conmoción. Temor, desesperanza e ira me suscitan las opiniones mantenidas por demasiadas personas y medios respecto a tales sucesos. Muchas los ignoran o banalizan. Para otras se trata del más sofisticado “victimismo” promovido desde los lobbies judíos norteamericanos (Hollywood). Por fin, otros, considerados bien pensadores, equiparan aquél genocidio, punto por punto, con algunos crímenes contra la humanidad perpetrados en Palestina y Líbano por el gobierno de ultraderechas del Likud en Israel. Estos, con eso de que “una mano lava a la otra”, aluden, perversamente, a un empate, a un recíproco borrado de culpas. La Shoah, es más, mucho más, que la masacre de millones de judíos, gitanos, homosexuales, Testigos de Jehová, enfermos mentales y miembros de otras razas inferiores, es un inconmensurable fracaso ético. Un hito de barbarie en la historia de la humanidad. Los dioses invocados para justificar tales tropelías, y que aún se invocan, eran y siguen siendo, a fin de cuentas, dioses falsos, ídolos crueles. Ídolos al servicio del poder cotidiano y de la selección natural. Llámense “destinos eternos”, “hombres nuevos”, “razones de Estado o del mercado”.

Hasta su muerte Walter Benjamin siempre llevó consigo una acuarela de Paul Klee, el Angelus Novo. Un ángel, de ojos desorbitados y rotas alas desplegadas, cuyo rostro miraba hacia el pasado. El huracán de la causalidad (de la historia), comentaba Benjamin, le arrastra hacia el futuro sin remisión.

No obstante, ese rostro vuelto hacia atrás, hacia lo que fue y hacia lo que pudo haber sido señala, inequívocamente, el devenir de lo que será. El futuro y el pasado se funden así en un presente casi siempre incomprensible. Lo que pudo haber sido, tanta injusticia y desprecio sufrido, debe ser y será, pese a quien pese, redimido y ensalzado (Esta sería la decisiva justificación de nuestra Memoria Histórica).

Lo que ha sido olvidado o no abjurado (el Holocausto) volverá a repetirse de alguna manera. El destino de casi un millón de refugiados que deambulan sin destino por Europa. La represión ejercida desde los gobiernos de la UE sobre ellos y sobre aquellos que les socorren. La confiscación de sus pertenencias. El ascenso de partidos políticos fascistas y, aún peor, de una opinión pública desentendida e incluso tolerante con estas medidas apuntan, por desgracia, hacia ese futuro anterior del que hablábamos.