Lunes, 16 de septiembre de 2019

Melancolías de la memoria 

Una parte de los anhelos europeos de la Ilustración están expresados en las democracias representativas por las que funcionan nuestros países; por la división de poderes, ya clásicas; pero, sobre todo, por el respeto de la voluntad popular, expresada en las urnas.

Nuestro país –por la carencia de ella a lo largo de tantos años– ha de madurar mucho en democracia. Pues, pese a lo que nos envanezcamos de ello, nuestra democracia es inmadura y poco ejemplar en no pocos aspectos. Lo saben en Europa. Nosotros parece que queremos olvidarlo.

Los pactos contra natura de estos días, tras las elecciones municipales y autonómicas, que no respetan la voluntad popular y la violentan, como si nada, son un ejemplo más de lo que decimos, de esa imperfección de nuestra democracia, expresada estos días –sin producir rubor alguno– en las configuraciones de gobiernos municipales, en alguna diputación o en la propia autonomía.

Pero nuestra meditación no quería ir hoy por ahí. Sino por esa melancolía que nos surgió, al encontrarnos en nuestro pueblo –donde se encuentra en una residencia de ancianos– a Emilia, una anciana de un pueblo próximo, que fuera hace años una de nuestras buenas informantes en su conocimiento de un repertorio no pequeño del romancero tradicional y que ahora –debido al alzéimer– no se acuerda de nada e incluso ya no nos reconoce, como no conoce prácticamente a nadie.

Melancolías de la memoria. Cuando hemos conocido a un ser humano en su plenitud, en el dominio y uso de sus facultades, en definitiva, en su edad de oro, verlo en su decrepitud nos vuelve melancólicos. Es esa meditación –tan clásica y tan real– de que todo lo humano es pasajero, de que todo lo que existe en el tiempo está condenado a la extinción.

Pero esa decrepitud de Emilia nos lleva a la decrepitud de nuestra tierra, a su envejecimiento, a su despoblación, a ese quedarse cada día más sin nadie, como indican cifras demoledoras que se hacen públicas periódicamente, pero ante las que nadie parece reaccionar. Las autoridades se ocupan más de ver cómo se mantienen en el poder, aunque sea contra natura, violentando la voluntad popular. Luego hacen las declaraciones pertinentes sobre políticas de fijar población…, pero es mera palabrería, pues llevan años sin hacer en la práctica nada.

Emilia era una extraordinaria informante del romancero tradicional. Conocía una hermosa versión de ese romance titulado “Madre, Francisco no viene”, que –como el de “Los mozos de Monleón”– es, según Ramón Menéndez Pidal, de origen salmantino. Ya no se acuerda de él.

“–Madre, Francisco no viene; / madre, Francisco ya tarda”. Parafraseando el inicio del romance, podríamos decir que la solución a nuestro mejoramiento democrático, a la despoblación y envejecimiento de nuestra tierra no vienen, ya tardan mucho y no se pone remedio a ello.

El alzéimer de Emilia es el alzéimer de todos, de toda nuestra sociedad, de unos políticos que no respetan el sentido del resultado del sufragio depositado en las urnas por la ciudadanía de a pie.