Miércoles, 17 de julio de 2019

Íñigo Domínguez de Calatayud, in memoriam

Perdona, Íñigo, ya sabes que escribo bajo la tristeza y desde esa profunda admiración que te tengo y que te tuve. Sabes, también, que como un igual te estaría faltando al respeto. Tú eras el director del periódico y el mejor columnista sin discusión. Y bajo otras circunstancias, como maestro de periodistas y peregrino impenitente del diccionario, hubieras sido un gran académico.

Como comprobación del recuerdo, ojeo un libro que me dedicaste de una selección de artículos tuyos y mi visión sigue siendo la misma: se podía estar o no de acuerdo contigo, era lo de menos, lo importante en ti: el fruto de tu gracia como comunicador y, como sabio artesano de la palabra, incansable buceador de una originalidad a la altura de coetáneos como Francisco Umbral, Manuel Alcántara o Jaime Campmany.

Ese libro al que me he referido, otro que tienes por ahí y todos tus artículos gozarán de la atemporalidad y serán un lujo en manos de futuros periodistas.

En mi humildad, una de las mayores satisfacciones que recibí como profesional de las linotipias, por tu escrupulosidad en que no se cometieran erratas -en la linotipia, por una errata había que repetir toda la línea-, fue escucharte “que, a ser posible, fuera este servidor quien te transcribiera los artículos”. Gracias, Íñigo, a veces el reconocimiento vale tanto o más que el dinero, aunque creo que otros compañeros lo harían igual o mejor que yo.

No fueron pocas las veces que, ya jubilado, no perdimos oportunidad de saludarnos por Santa Marta y hablar de nuestras familias, tu gran orgullo. La última vez -no hará ni dos meses- ambos coincidimos en el ambulatorio realizándonos unos análisis. Estabas delgado, siempre lo fuiste, pero nada hacía prever que el tiempo lo tenías tan acotado.

De tu lado humano, a vuelapluma, recuerdo que, un sábado por la tarde, al entrar en el periódico, uno de los niños que esperaban la apertura de Parkitrén, lugar de ocio infantil ya desaparecido, te preguntó qué se hacía allí dentro, y tú, junto a sus padres, pacientemente le llevaste por las distintas secciones de La Gaceta y hasta le hiciste una fotografía para el horóscopo.

Íñigo, nunca te olvidaremos como persona, ni tus artículos, aparentemente nítidos y diáfanos por ser consciente de que iban a ser los más leídos de la ciudad y por tu gran preocupación de que fueran entendidos por todos. Después, analizados por el lector más agudo, este se daba cuenta de su gran profundidad. Hacías fácil ese misterio tan complejo “de lo difícil que es lo fácil”.

Lo sabrás, pero aprovecho para repetir aquello que decía Churchill sobre la concisión: “Yo tardo diez minutos en preparar un discurso de dos horas, pero dos horas para preparar uno de diez minutos”.

Por tu profesionalidad y tu buena costumbre de acudir al diccionario, la segunda opción de Churchill era la tuya, aunque si el tiempo apremiaba, eras de los que echaban un galgo y, sin perder calidad, lo que para el lector eran diez minutos, para ti también eran diez minutos.

D.E.P., compañero, amigo, jefe, Íñigo, Eneco, mi más sentido pésame para tu familia y que la tierra te sea leve, tú.