Lunes, 16 de septiembre de 2019

El reino de este mundo

Porque, como dice la ínclita representante de la ultraderecha , nuestros hijos no tienen por qué soportar espectáculos desagradables al salir del portal de su casa (digamos desfiles procesionales, rosarios callejeros, besamanos y besapies, bendiciones variadas, juras, consagraciones y otras perlas de la colonización religiosa),tal vez haya llegado ya la hora de solicitar a las administraciones públicas, en nombre de la ciudadanía democrática, del Derecho, de la igualdad y de la Justicia, el nombre y filiación de todas y cada una de las personas que, financiadas con fondos públicos, exentas de impuestos, propietarias de lo ajeno e inmiscuidas en cualquier ámbito social, escolar, institucional, representativo y hasta festivo o de celebración, se dedican a la enseñanza, adoctrinamiento, instrucción y amaestramiento en esa cosa tan etérea, intoxicadora, problemática e inútil como la religión. La católica, especialmente. Quiénes son, con nombres y apellidos, capacitación profesional, mérito y jerarquía, sueldo y otros emolumentos, ventajas, concesiones y comodidades quienes se dedican a maleducar con leyendas abstrusas, equivocar con realidades falsas, manipular los sentimientos, aprovecharse de la ignorancia, sembrar la incultura, enredar con la imposición, engañar a la gente abusando de la inconsciencia y la credulidad, condicionar con la culpa, encandilar con la falsa esperanza, engatusar con la confusión moral, embaucar con premios y cielos transhumanos y, siempre, siempre adoctrinar en pro de sus propios intereses. Cuál es, exactamente, la labor exacta, y qué aportan de novedoso, o siquiera positivo, quienes han querido apropiarse de sentimientos propios de la condición humana como la solidaridad, la compasión, la fraternidad, el amor al prójimo, la bonhomía o la misma condición de bondad, para predicárselos como asignatura, sermón y admonición para la resignación a niños y niñas, estudiantes, mayores, jóvenes, ricos y pobres de toda condición.

Indignaciones hay que ya parecen no escocer, porque forman parte de la antigua llaga de la injusticia y agrandan la cicatriz de la afrenta a los vencidos en la cada día mayor herida del escarnio. Es lo que sucede con el penúltimo episodio de altiva soberbia que exhibe la Iglesia Católica española en sus manifestaciones públicas, y que esta vez ha pretendido lisonjear la figura del dictador Francisco Franco por boca de un tal Renzo Fratini, funcionario cesante del Vaticano que, no fruto de la ignorancia sino de la arbitraria lectura de la historia, ha bruñido, una vez más, la más indigna y sangrienta dictadura que en la memoria de este país aún gotea sangre. Las manifestaciones de este correveidile eclesiástico, que pretenden una equidistancia culposa como la de los vencedores, que dicen que existe en España una controversia con similar número de partidarios a favor y en contra de la dictadura franquista, lo que es radicalmente falso, no hacen sino abundar, por si alguien lo hubiese olvidado, en la reafirmación del apoyo sin fisuras que la Iglesia católica de Roma y de aquí, otorgó al franquismo en la guerra civil, bendiciendo a los vencedores, loando sus criminales hazañas, consagrando a sus caudillos.

Hoy en Valencia, cargos del partido ultraderechista que ensucia las instituciones, piden identificar y fichar a los activistas LGTB que dan charlas escolares sobre tolerancia, integración e igualdad, con el fin, dicen los peticionarios, de “controlar los contenidos exactos de lo que se les da a nuestros menores”, cuando lo que se pretende es acabar con ese tipo de enseñanza y retornar a los tiempos del ocultamiento, el desprecio y la persecución. En Andalucía, secuaces del mismo clan obtienen de la Administración datos personales de quienes trabajan en la atención a las mujeres afectadas por violencia de género, e incluso consiguen cambiar de nombre la violencia machista para que deje ese asuntos de concitar atención especial, sumiéndolo en las estadísticas de la delincuencia general.  Lo peor es que a ambas peticiones, mansamente, acceden representantes institucionales que se dicen demócratas, evidentemente apegados más a su poltrona que, de tenerla, a su talla moral.

Como quiera que las indecentes peticiones institucionales contra el colectivo LGTB y en contra de la protección específica a las mujeres, entroncan directa e ideológicamente (también hediondamente)con los principios “morales” de la Iglesia Católica (negación y persecución de la homosexualidad y de cualquier tipo de realidad u opción personal distinta a lo heterosexual; machismo irredento en el tratamiento a las mujeres en todos y cada uno de los eslabones de representación, consideración, mando, respeto o presencia pública o privada; explícito apoyo clerical al franquismo, del que fue cómplice, y, por tanto, al fascismo totalitario (valga la redundancia) y otras perlas de la intolerancia, la reacción la desigualdad, la injusticia, la exclusión y, en resumen, la ausencia de inteligencia, hora será ya (lo viene siendo desde hace décadas) de plantearse en este país el por qué del trato preferencial, de sumisión y hasta de dependencia que la administración pública, es decir, todos los españoles, tienen, dan o perciben de quienes nos insultan, marginan, desprecian y agreden.

Eso es lo que hace la Iglesia Católica española (franquista, para más señas): predicar milagros de hace dos mil años, resobetear resplandores, luces, ascensiones, resucitados y otras leyendas que no son sino los efectos especiales de la argucia, los argumentos de esoterismos, la hipnosis de transustanciaciones, magias y retruécanos de la quimera: dioses vengativos, palomas santas, vírgenes madres, poderes celestiales, existencias imaginarias y otras formas de lo que ellos llaman la fe y algunos conocemos como el negocio más rentable de la historia de la Humanidad, el que ha causado y causa los mayores desastres y enfrentamientos, injusticias, guerras y sufrimiento humanos, que ya que lleva siglos lucrándose con el humo de la nada y la vana palabrería de lo por venir en un reino muy de este mundo debería tener la decencia de callarse. Por vergüenza.