Miércoles, 23 de octubre de 2019

El no incendio de San Martín

     Fue una desgracia el incendio de la techumbre de la catedral de Notre Dame, en París, hace poco más de dos meses, el 15 de abril, pero han bastado esas pocas semanas para que los franceses, católicos o no, desde el presidente Macron para abajo, pasando por los grandes mecenas del país vecino, hayan comprometido fondos financieros suficientes como para restaurar cinco catedrales…o más.

     Algo similar ocurrió en la Pulchra Leonina, en la catedral de León, vaya, en 1966, el 27 de mayo concretamente. También en este caso la respuesta del Estado y de la sociedad fue fulminante, con perdón de la palabra, pues fue precisamente un rayo el causante de la avería en este caso y no la chispa de una radial, o algo así, como parece que pasó en la Seo parisina.

     En San Martín de Tours, en Salamanca, San Martín de la Plaza o del Mercado, también hubo un incendio en 1854 que devoró el retablo mayor, atribuido a Gregorio Fernández, que debía de ser similar al que actualmente luce esplendoroso en la iglesia parroquial de Calvarrasa de Abajo. También en este caso respondieron las autoridades, los feligreses y la ciudadanía, pero eran otros tiempos y demasiado hicieron con lograr que la iglesia no acabara derrumbándose. De esto hace 165 años, demasiados como para quedar en la memoria histórica de los feligreses, por más longevos que fueran. Por eso he titulado el artículo “el no incendio de San Martín”, porque un no incendio no mete prisa, lo que ha tenido una parte positiva, pues le ha permitido al Estado, o sea, a la Junta de Castilla y León, hacer un estudio mucho más reposado y contrastado, con datos científicos aportados durante más de dos años por los veintitantos sensores instalados por la Fundación Santa María La Real en las partes más sensibles de la iglesia para monitorizar su evolución, hacer un diagnóstico más acertado de las patologías del templo y diseñar una intervención mucho más ajustada a las necesidades, lo menos invasiva posible; y lo más barata posible, que no están los tiempos para tirar los euros públicos.

     Es curioso observar cómo va evolucionando la terminología relacionada con la restauración de los monumentos y el cuidado de los Bienes declarados de Interés Cultural (BIC), que antes eran Monumentos Nacionales, que molaba mucho más. No aprecio gran diferencia terminológica entre las palabras empleadas por mi hematóloga en mis consultas en el Hospital Clínico y el contenido de los informes de historiadores, arqueólogos y arquitectos relacionados con San Martín y su proyecto de restauración. Pero bueno, bendita sea la confusión si en ambos casos conduce a la salud del cuerpo del paciente y de la fábrica de la iglesia.

     En San Martín hay muestras artísticas muy valiosas desde el siglo XII hasta el XXI; puede admirarse también un amplio despliegue tecnológico y cibernético con muchos sensores, pantallas y ordenadores y con una componente no estrictamente material, que quizá sea lo más valioso de todo, el software de análisis de los comportamientos, oscilaciones y movimientos de la fábrica del templo, que está construido con piedras vivas y ahora no me refiero a ninguna metáfora teológica, sino que las piedras se mueven, hablan, protestan, están vivas.

     Toda esta acumulación de tecnología último grito ha tenido un efecto colateral muy deseado por el Consejero de Hacienda: que la restauración presupuestada hace ocho o nueve años –eran tiempos de vacas gordas- haya quedado reducida a poco más de su quinta parte, 108.000,-€ más IVA. Pero este adelgazamiento extremo del presupuesto parece que es, volviendo a la metáfora médica, como la medicina homeopática, capaz de arreglar mucha avería con poca medicina.

     Cierto es -por lo que yo sé, que no es mucho- que esta intervención laparoscópica, que apenas se va a notar desde el exterior y que no va a incomodar a los feligreses -pues no está previsto, en principio, cerrar el templo por obras- permitirá que la estructura del templo quede salvada y asegurada para el futuro. Eso tiene una parte negativa, en estos tiempos en los que “si no sales en el telediario, no existes”: que la decisiva y absolutamente necesaria y urgente intervención que la Junta de Castilla y León va a llevar a cabo en San Martín no la va a ver nadie, a menos que organicemos visitas guiadas a las obras para que un tanto por ciento significativo de la feligresía y la ciudadanía, los que puedan subir a las alturas de los andamios, los tejados y las bóvedas, puedan actuar como testigos de que, efectivamente, no solo se ha intervenido, sino que se ha intervenido a fondo.

     Porque quedarán un montón de cosas por arreglar. Sin ánimo se ser exhaustivos, haré una pequeña lista: limpieza de las manchas de las bóvedas; tratamiento anti carcoma de los retablos; restauración o al menos limpieza de los sepulcros; restauración del baldaquino procesional de madera policromada y plata recuperado recientemente del trastero; restauración del órgano de tubos, que funciona, pero mal; revalorización de “la casa del sacristán”; arreglo general y pintura de las puertas exteriores e interiores; restauración a fondo del reloj de torre, el más antiguo en funcionamiento de la provincia; descubrimiento y visualización de la magnífica escalera realizada por Juan de Álava, actual acceso al coro; sustitución, si procede, de las ventanas de la nave central, o al menos su reparación para asegurar el aislamiento térmico y acústico del templo; reparación de la veleta del unicornio, dañada por una grúa de obra hace años; limpieza, tratamiento y restauración, si procede, del retablo mayor actual y visualización interior del ábside central y del muro oeste del templo, actualmente oculto por el añadido del edificio de la sacristía; limpieza o restauración de pinturas valiosas –cuadros- que hay en diversas partes del templo...

     Vamos a tener que hablar con la diócesis, con los servicios de Cultura y Patrimonio y con mecenas empresariales o particulares para elaborar entre todos, sin escaquearse nadie, un Plan de recuperación y revalorización de este “tesoro escondido” y oculto en el centro de la ciudad que es la iglesia de San Martín de Tours. Y, de paso, a ver si logramos concienciar a los turistas, esos nuevos mecenas democráticos y anónimos, para que colaboren económicamente con una modesta entrada, que están un tanto reticentes.