Miércoles, 23 de octubre de 2019

Descanso eterno

“Los seres queridos que perdemos no reposan bajo la tierra, sino que los llevamos en el corazón”

(Alejandro Dumas)

ENTRE PUENTES

DESCANSO ETERNO

 Vengo pasando unas semanas de cierta tristeza. Y, no me falta motivo. Primero la enfermedad, y después, comienza a acechar la muerte, esa traidora sin misericordia, que en unos meses, ha segado la vida, de algún familiar,  y amigos. Me ha recordado que no somos nada, que estamos en sus manos para cuando quiera visitarnos, aunque su visita sea mal recibida. Es la dueña y señora de nuestro destino, quien abre la puerta al vacío del no ser, quien desguazará los órganos de mi cuerpo, como máquina inservible, destinada sin remedio a la descomposición de sus elementos constitutivos, que servirán para fabricar nuevas máquinas. ¡Qué extraño, pero qué real! No debemos olvidar el axioma científico de que “la materia ni se crea ni se destruye, solamente se transforma”. Es decir, que nuestras células morirán, pero los átomos que las conforman seguirán viviendo en otras formaciones naturales del planeta. Morir significa, pues, “desguace” de nuestra  personalidad, que dejará de vivir, pero los átomos que nos dieron vida pasarán a formar parte de otras combinaciones químicas, sean orgánicas o no (una partícula mineral, la pluma de algún gorrión, (¡quién sabe!).

La cantidad global de materia/energía permanece la misma desde el comienzo del universo. Parece difícil de entender, pero, a poco que lo pensemos, es una deducción infantil, a fuer de simple. Cuando nace un nuevo ser no nace de la nada. Está compuesto de células que proceden de otras células. Todo es una cadena, que la muerte se encarga de mantener con vida. Es la suprema paradoja: la muerte es necesaria para que surja la vida. Así entendida, la naturaleza es un todo en cambio perpetuo. Donde antes había un dinosaurio ahora hay un cerebro genial o una humilde violeta. Nada es lo que parece. El ser humano es sólo una pieza del mosaico incomprensible de la vida orgánica.

Sin darnos cuenta, a diario nos hemos ido acostumbrando al rostro de la muerte. Cuando un difunto ha fallecido de muerte natural parece que está simplemente dormido, al menos por unas horas. El sentido de la vista puede engañarnos, pero sabemos que ya no despertará de ese sueño final. A fin de cuentas, tanto el dormir como el morir obedecen a la misma causa: la pérdida de la conciencia. Que en el primer caso es temporal y en el segundo definitiva. Por eso cada mañana, al despertar, podemos acoger con satisfacción la luz que nos devuelve a la vida, es decir, nos “resucita”. En cambio, tras la muerte ya no hay resurrección posible (excepto para la fe).Todo eso que nos cuentan es pura invención para acallar nuestra angustia de “no volver a ser”, de haber conseguido la “quietud” eterna. Porque si algo caracteriza a la vida es la “inquietud”, la actividad, la angustia psíquica de no saber por qué vivo, que periódicamente desaparece durante el sueño y vuelve a aparecer en la vigilia para de nuevo sentir la vida. Sin el descanso físico y psíquico que nos acuna durante el sueño, no podríamos sobrevivir.

Por eso el difunto ya no sueña, ni siente, ni está inquieto por nada. Es el “descanso eterno” del responso cristiano. Para él/ ella todo ha terminado. Pero no para los que lloran su muerte, sin más consuelo que el apagón del olvido. Porque el recuerdo, aunque se vaya borrando, siempre horada nuestra memoria y hurga en la herida del ser perdido. El difunto descansa, pero nosotros no. Cada vez con más insistencia, conforme pasan los años, se nos hace presente nuestra propia desaparición, con la angustia consiguiente, que hace sombríos nuestros momentos de felicidad. Queremos borrar de nuestro archivo cerebral la imagen de la muerte, que nos resulta incómoda y angustia, pero comprendemos que solamente se puede conseguir por algunos instantes, porque el recuerdo siempre vuelve, impidiéndonos ser completamente felices. Porque esa es la condición humana. El castigo de estar vivo es la conciencia de que la visita será odiosa, repugnante y maldita, aunque sea inesperada. (¿Quién no tiene alguna experiencia de la muerte de un ser querido?)

Pero ahora debo luchar contra la angustia. No me basta el consuelo de las religiones, con su promesa de vida eterna. (¡Qué infantilismo!). La esperanza de un futuro celestial sólo puede tener su fundamento en la fe, no en la razón, la cual me dice a todas horas que me olvide del camino aprendido porque es falaz, sólo nieblas y fantasmagorías de la imaginación. Hay una verdad de la fe y una verdad de la razón, ambas incompatibles. Por mi parte, como la muerte me está amargando la vida, procuraré alejarla cuanto pueda de mi mente y vivir la única vida que tengo, eso sí, acorde siempre con mi recta conciencia, que me obliga a cumplir el único mandamiento que conozco: “no hagas a nadie el daño que no quieres te hagan a ti”. Y si sé acompañar este precepto de alegría y amor, de creación honesta, bella y útil, habré cumplido mi destino.- Y en esas estamos amigos-.

 

                               Fermín González Salamancartvaldia.es        (blog taurinerias)